Raphael Bergoeing, presidente Comisión Nacional de Productividad de Chile (Foto: La Segunda)
Raphael Bergoeing, presidente Comisión Nacional de Productividad de Chile (Foto: La Segunda)
Juan Carlos Odar Zagaceta

En conversación con El Comercio, Raphael Bergoeing, presidente de la Comisión Nacional de de , señala que los países deben contar con instituciones fuertes e independientes y con una visión a largo plazo como punto de partida indispensable para alcanzar un crecimiento sostenible y a la par un mayor bienestar social en sus ciudadanos. Asimismo, destaca el rol determinante que asumió la participación femenina en la mejora de la actividad económica chilena.

-¿Qué entendemos por productividad?
Productividad, para llevar la definición al extremo, es hacer más con menos. No con menos trabajadores; de hecho, los países más productivos, que son Estados Unidos y Japón, tienen la tasa de desempleo más baja en el mundo avanzado.


No reemplazan empleo con máquinas, sino que son capaces de generar máquinas y tecnología que ayudan a hacer las cosas mejor, pero luego permiten que las personas desempeñen otras funciones complementarias de esa tecnología, generando más valor agregado, mejores salarios y mejores condiciones de vida trabajando menos horas.

Hablamos de hacer más con menos, con la finalidad de liberar tiempo para el ocio, para la familia, a pesar de estar trabajando con salarios más altos. A diferencia de países como Alemania, Canadá y EE.UU., en América Latina se trabaja más horas y se perciben salarios más bajos.  

-¿Y eso a qué se debe?
No porque no nos esforcemos, es simplemente porque nuestro trabajo –por múltiples razones—genera menos valor agregado en el contexto internacional que el que genera ese mismo trabajo en los países que he mencionado. Ser más productivo hace que el trabajo se dignifique porque se recibe un mayor salario y a pesar de ello, las personas tienen mejor vida porque tienen más tiempo libre.

Los países más productivos incluso invierten menos y destinan más recursos al consumo, que también mejora la calidad de vida. Por lo tanto, un mundo más productivo es un mejor mundo para todos: para las empresas, que pasan a ser más competitivas, para el Estado, que es capaz de entregarle mejor servicio a los ciudadanos, para las personas, que tienen más tiempo libre, para los trabajadores, que tienen salario más alto, para los ambientalistas, que son capaces de generar bienes y servicios que las personas puedan consumir pero al mismo tiempo resguardando de mejor manera los recursos naturales, etc. 

-¿Cómo hacer más productivo a un país?
El problema es que si este mundo es tan ideal por qué entonces los países no se hacen más productivos. Y la explicación es doble. Y ahí quiero contar lo que hemos hecho en Chile, que no es muy original porque es básicamente imitar lo que han hecho otros países más avanzados en estas materias.

Primero, hay un desafío como en todas las cosas, en términos de que hay muchas recetas y no necesariamente sabemos con exactitud cuál funciona en cada lugar. Hay desafíos que tienen que ver por ejemplo con mejorar la calidad de la educación. Este es el principal desafío para las políticas públicas cuando se piensa en hacer reformas que mejoren la productividad, incluso cuando sabemos qué hacer y sabemos que va a ser bueno. 

-¿Pero por qué no lo hacemos?
Por cuatro razones. Primero, porque generalmente mejorar la productividad implica cambiar la manera como estamos haciendo las cosas hoy y los seres humanos somos adversos al cambio. Hemos evolucionado para sobrevivir, no para cambiar; la sobrevivencia depende de no arriesgarse, el cambio implica riesgos. Los humanos tendemos a parar los cambios y tendemos a promover el status quo.

Entonces los gobiernos cuando quieren impulsar políticas pro productivas se encuentran con que la ciudadanía, en el corto plazo, lo que asume son costos de estas reformas que pueden ser buenas en el futuro pero que en lo inmediato generan susto. A los gobiernos no les gusta hacer políticas pro productivas porque son resistidas por la ciudadanía, ya que implican costos inmediatos

Segundo, los beneficios no siempre son seguros porque hay cosas que son difíciles o que no funcionan de inmediato. Los beneficios son esperados y a veces no ocurren, y cuando ocurren típicamente superan al gobierno de turno. El gobierno asume los costos hoy y le deja pavimentado el camino al gobierno que viene. Obviamente hay una tendencia a tratar de conseguir los beneficios hoy.

Tercero, las políticas pro productividad, a diferencia de las grandes políticas macroeconómicas son muy chiquititas y muy variadas. No se trata de decir “hagamos que el banco central funcione mejor y sea autónomo”.

No. Aquí se trata da un sinnúmero de pequeñas cosas que son individualmente insignificantes pero que en conjunto explican que no seamos Canadá, por ponerle nombre y apellido. Y por lo tanto, si no hay una gran política, si no hay una bala de plata, para los gobiernos no es muy atractivo impulsar agendas muy complicadas.

Y finalmente, que es tal vez el elemento más complicado, los cambios no solo son resistidos por las personas, sino que muchas veces también pasan por cambiar ciertas políticas que son malas para el país como un todo pero que benefician a un sector particular. Esto pasa en todas partes del mundo. No es un problema de ser un país pobre o rico. Por lo tanto, para que un gobierno sea capaz de impulsar políticas pro productivas tiene que tener una fortaleza institucional y una mirada de largo plazo que es difícil pedir a un ser humano.

-¿Cuál es la salida entonces?
Lo que han hecho los países sobre todo en el mundo anglosajón -que tiene una historia más larga en estas materias- es crear instituciones que tienen por objetivo pensar políticas pro productividad que muchas veces son incómodas en lo inmediato, pero las han sacado del gobierno de turno y las han puesto en el Estado con una visión más de largo plazo, tratando de que no estén sujetas al ciclo político.

Al crear estas instituciones, de alguna manera el gobierno deja la responsabilidad de estos análisis incómodos en una institución técnica que está coordinada con el mismo pero que está pensando en el largo plazo. Y estas comisiones, como la australiana, la neozelandesa o la que se creó en Chile en el 2016, se transforman en organismos técnicos en los que hay nombrado un grupo de representantes en un Directorio por un número fijo de años que no son removidos, salvo que cometan un delito.

Son independientes y autónomos aunque fueron nombrados por un gobierno de turno, tienen financiamiento público, están pensando en políticas públicas y pueden recibir el mandato del gobierno de turno que les exige qué hacer pero que no les puede exigir qué decir. Es una manera que han encontrado los países avanzados de lidiar con esta necesidad de pensar en cosas complicadas, que asustan, que son riesgosas, pero que son necesarias cuando se mira a largo plazo.

-En el Perú lo que complica todo es nuestra informalidad. ¿Por dónde empezar? ¿Buscando una mayor productividad de los informales o buscando formalizarlos?
Creo que hay que hacer las dos cosas al mismo tiempo. El Estado debe hacer su función de la mejor manera posible para que la gente tenga una mejor vida, pero al mismo tiempo tiene que ser capaz de generar las condiciones para que las personas puedan formalizarse. Muchas veces se cree que la informalidad es una manera de evitar ser castigado por la ineficiencia del Estado, pero la verdad es que en el mundo actual un informal tiene mínimas posibilidades de aprovechar los beneficios que genera la comunidad.

Muchas veces la informalidad se da entre los inmigrantes que llegan a los países. La formalización no solo ordena, sino que le da herramientas a las personas para que sean parte del sistema y lo aprovechen para su propio beneficio. A veces uno piensa “yo quiero ser informal para no pagar impuestos” pero la verdad es que contra el no pagar esos impuestos lo que se está poniendo uno es una piedra sobre su cabeza que le impide desarrollar sus propias actividades porque al no ser formal no tiene acceso al crédito, no tiene acceso a contratos para mejores arriendos, no tiene acceso a condiciones que le permitan aprovechar el mercado para su beneficio y desarrollar su emprendimiento.

Por lo tanto, es imperativo que el Estado ayude y genere las condiciones para que nadie sea informal. Pero al mismo tiempo es esencial que el Estado entregue servicios de una calidad que permitan que la gente viva mejor y no se transforme solo en un recaudador de impuestos que después se dilapidan en servicios que no tienen ningún impacto real en la comunidad. Las personas más informales son las menos productivas. 

-Ha mencionado la migración. ¿Qué impacto tiene esta sobre la productividad?
El Perú tiene mucho mayor experiencia que Chile en materia de la relevancia que tienen los inmigrantes para contribuir a que el país sea mucho mejor. Las migraciones que llegaron al Perú en los últimos dos siglos han contribuido a que este sea un país rico culturalmente, de una diversidad que por ejemplo le permite tener una de las mejores cocinas del mundo. Esta se ha transformado en una exportación no tradicional tremendamente relevante que ha ayudado a que gente venga a conocer el Perú. 

-Pero, ¿qué pasa con los inmigrantes en una situación como la actual?
Como generalmente ocurre cuando llegan personas de manera desorganizada en cantidades grandes en un período corto de tiempo, generan una tensión natural entre los que viven en el país [al pensar] que estas personas les quiten los trabajos, etc. Pero lo que termina ocurriendo típicamente en la evidencia internacional es lo opuesto: que los migrantes tienen características que les hacen tener un potencial de contribución muy grande al desarrollo de los países.

Primero, para que una persona decida emigrar tiene que tener cierta personalidad que le permita tener la resiliencia, la fuerza, de enfrentar un desafío que genera tanto susto como el dejar todo para ir a otro lugar. Por eso típicamente los inmigrantes son personas que llegan con ciertas características que no son fáciles encontrar y que están acorde a las exigencias del mundo, como estar dispuesto al cambio y a asumir riesgos.

Segundo, típicamente los inmigrantes no llegan a los países de turismo, llegan a tratar de sobrevivir y por lo tanto son personas que terminan participando mucho más activamente en el proceso productivo. No se pueden dar el lujo de no hacerlo. Por lo tanto, terminan participando más en el mercado laboral y ayudando a que la fuerza de trabajo se expanda. Eso genera también condiciones más favorables para que el país siga, al menos durante algún tiempo, creciendo.

Y tercero, eso es evidencia un poco más cualitativa, la diversidad que traen los inmigrantes es tremendamente rica en una economía moderna para generar condiciones lo suficientemente amplias y diversas para que los países sean más resilientes. Los países muy homogéneos tienen serios problemas para enfrentar el cambio. El cambio nos cuesta a todos, pero un poquito menos en países donde hay suficiente diversidad de miradas, de gustos, de intereses.

Estos países se van transformando en lugares más complejos y al mismo tiempo más completos. Los países que tienen esas características han demostrado, de acuerdo a la evidencia internacional, que cuando enfrentan condiciones hostiles se paran más rápido y son capaces de salir más fortalecidos de esas situaciones. Por lo tanto los inmigrantes son un potencial contribuyente, enorme, al desarrollo de los países.

Sin embargo, cuando no están oficialmente participando en el país y son informales terminan siendo víctimas del abuso de mafias que las explotan. Y viven en condiciones infrahumanas, pagando cantidades ridículas por arriendos porque no tienen documentos, porque no están bancarizados, etc. Entonces, es muy importante la inmigración, pero también lo es que esta se dé de una manera formal, para que todos enfrentemos las situaciones comunitarias en las mismas condiciones. 

-Otro tema que incide en la productividad es el de la participación femenina en el mercado laboral.
Cuando uno mira a los países antes y después de la incorporación de la mujer en el mercado laboral, ve también un antes y un después en la capacidad de desarrollo económico. Las mujeres, igual que los inmigrantes por ejemplo, contribuyen a que haya más diversidad en el contexto en el cual se toman decisiones.

La razón por la que las empresas hasta el día de hoy no han incorporado suficientes mujeres o generado las condiciones para que ellas puedan participar por ejemplo en sus directorios es simplemente lo que típicamente hacen los grupos de interés: que los hombres hemos tratado de bloquear esto porque no queremos perder nuestros espacios de poder.

Pero la verdad es que todos los datos muestran de manera inequívoca en el mundo desarrollado y en desarrollo, occidental y oriental, que cuando los espacios de gobernanza de las empresas se alimentan de la opinión de gente que piensa y ve el mundo de manera distinta, son capaces de tomar decisiones mucho más sustentables en el tiempo y terminan teniendo mucho más valorización económica.

Por lo tanto, la incorporación de la mujer al mercado laboral ha sido, afortunadamente, en las últimas décadas una de las fuentes fundamentales de crecimiento económico en América Latina. Y todavía tenemos una brecha que hay que seguir cerrando. En el mundo desarrollado, las mujeres participan mucho más parecidamente a los hombres. 

-¿Qué tan importante ha sido la participación femenina en el mercado laboral chileno?
En Chile todavía hay espacio para que crezca de manera importante la participación femenina, pero 30 años atrás el número, que hoy es 48%, era 28%. Si miramos lo que le pasó a Chile, que creció con bastante fuerza en las últimas décadas, el crecimiento económico más que por productividad –que es lo que va a permitir que sigamos haciéndolo en el futuro-, fue el resultado de dos cosas.

Una, mucha inversión minera. Dos, que más más mujeres entraron al mercado. La incorporación de las mujeres en los últimos 25 años en la economía chilena ha explicado más o menos la mitad de la expansión del producto bruto interno que Chile tuvo entre 1990 y hoy. Eso ha sido tremendamente importante.

Y Chile es hoy un país más rico culturalmente. Pero no podemos pensar que va a seguir aumentando a esas tasas porque las mujeres ya están llegando a tasas de participación más parecidas a las de los hombres. Y por eso Chile cuando se piensa hacia adelante –y Perú está pasando por una situación similar- tiene que pensar otro mecanismo que le permita seguir creciendo. Y ese mecanismo lo tienen los países avanzados, que es mejorar la productividad. 

-¿Hay algún impacto de la organización industrial sobre la productividad?
Es un problema de nuestros países. Son países pequeños y por lo tanto un par de actores exitosos –por la razón correcta: porque fueron capaces, por esfuerzo- rápidamente agarran un tamaño en el mercado que hace que se produzca una concentración que es un peligro. Por otro lado, es un desafío. Porque al concentrar el mercado afecta la competencia, que es una condición absolutamente necesaria para que los países avancen. Cuando uno piensa cómo lograr que Perú, Chile y otros países de la región sigan mejorando, uno básicamente tiene que aceptar que las dos instituciones principales que tiene una democracia como las nuestras deben funcionar bien. Y las dos instituciones son el Estado y el mercado.

Que el Estado funcione bien significa que hay que modernizarlo, por razones de dignidad en el uso de recursos y también por razones de productividad y crecimiento económico. La segunda institución relevante es el mercado. Esto no es un tema de izquierda o derecha.

Que el mercado funcione bien es básicamente una cuestión de competencia. Es la manera como la economía de mercado ha encontrado para generar la presión para que aquellos que han sido exitosos no se queden dormidos en los laureles, no se sientan demasiado cómodos. Eso es algo que claramente ha resultado ser perjudicial para que los países avancen. Lamentablemente, aunque nos asuste, tenemos que cambiar. Y el cambio al mismo tiempo no viene por iniciativa propia, viene forzado por quienes nos están desafiando.

La manera en que te desafíen en una economía de mercado es generando condiciones para que haya suficiente competencia de forma tal que cuando uno se duerme en los laureles viene alguien que lo remueve y le dice “cuidado por dormirte”. Ese es el joven, la joven, que inventa una manera distinta de hacer las cosas. Lo estamos viendo todos los días en el mundo desarrollado con estas nuevas empresas que están revolucionando el transporte como Uber o el alojamiento como Airbnb.