Cepal rebajó a 2,8% estimación de crecimiento para Perú en 2014
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Hoy día, en el ámbito internacional, se considera al Perú como un destacado ejemplo de modelo económico. Esto contrasta significativamente con la percepción que tenemos los peruanos acerca de nuestro propio entorno. Solo basta participar en el extranjero, en cualquier evento donde se analice el desempeño económico del Perú, para que uno se dé cuenta de esta realidad.

En el frente internacional, por ejemplo, nos consideran la economía latinoamericana de mayor éxito de la región junto con la de Chile. Se remarca que en la última década, el crecimiento promedio anual del Perú ha sido de los más altos, acompañado por una de las tasas de inflación más bajas, menor vulnerabilidad externa, mayor disponibilidad de reservas internacionales netas, destacable ahorro fiscal, muy buena percepción de riesgo soberano y la continua reducción de la pobreza aun en etapas de crisis internacional.

En contraste, la percepción interna es radicalmente distinta. Todos los años somos testigos de cómo se proyectan escenarios, si no catastróficos, de crisis abierta. La verdad, esas proyecciones nunca se cumplen. Adicionalmente, se habla recurrentemente de la llegada de la recesión, de los peligros de alejarnos tangencialmente de la meta de inflación, de la volatilidad de nuestro frente cambiario, de la amenaza de brechas fiscales poco responsables y de la desaceleración en la lucha contra la pobreza. Se exagera y se destaca lo negativo y solo lo negativo.

Hay espacio para la crítica, por supuesto, y cuando esta es ajena al interés político es bienvenida. Nadie podría aseverar que la orientación de la política económica ha sido de lo mejor. Nadie pone en tela de juicio los problemas derivados de la informalidad, de la escasa productividad, de la inoperancia del Estado, de la inseguridad y corrupción como trabas para el proceso de una eficiente asignación de recursos. Todo esto es cierto, pero ni siquiera ello justifica el excesivo ruido y pesimismo al interior de nuestro empresariado.

Es necesario, pues, encontrar un punto intermedio que nos acerque de manera más razonable a la realidad. Nuestros empresarios no deben definir su percepción del clima de inversión a partir de proyecciones cortoplacistas del PBI, que no se cumplen, distantes de la objetividad y que, muchas veces, comprometen intereses creados. Existe un mejor referente: la preferencia empresarial por el Perú entre sus pares del exterior.

Cuando se observe en el mercado un interés creciente por invertir en el Perú por parte de capital chileno, colombiano o mexicano, esa será la mejor señal de que las cosas no están del todo mal en el país. Adicionalmente, si ello va de la mano de un reordenamiento parcial de la inversión pública, un reacomodo progresivo de esquemas como el de las APP, de una alta capacidad de financiamiento de la reconstrucción en el frente estatal, entonces las cosas no irán mal. Por último, si ello se suma a los buenos vientos de nuestros términos de intercambio y precios de los minerales, entonces será que los vientos estarán a nuestro favor.

Claro está, no faltará quien, por razones políticas del peor nivel, le argumentará que nada está dicho, que todo es oscuro. Muchas veces se ahuyenta al empresario nacional para generar espacio a la competencia. Debemos tener cuidado. Mucho cuidado. Más allá del pesimismo está una decisión proactiva, inteligente y correcta.

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