Sé un líder; no jefe. (Foto: iStock)
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Inés Temple

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Esta crisis nos ha dado la oportunidad de volver a aprender varias de las lecciones que creímos ya bien aprendidas. Volví a aprender que toda situación puede –y debe– ser siempre vista desde distintas perspectivas. Que ver las distintas perspectivas de una situación cambia profundamente nuestro entendimiento sobre la realidad y sobre lo que viene. El problema es que a veces estamos tan metidos en nuestro propio desánimo o sufrimiento que solos no podemos ver esas otras perspectivas que están allí, mirándonos desde lejos. Por eso, muchas veces necesitamos que alguien más nos ayude a verlas para tener una mejor lectura de la realidad y poder actuar proactiva y responsablemente.

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Así, muchas veces nos toca a nosotros ayudar a que otras personas vean distintas perspectivas a lo que están viviendo, sintiendo o pensando. Pero eso debemos hacerlo siempre con cariño, paciencia y generosidad ya que ver otras perspectivas muchas veces rompe con paradigmas o creencias muy instaladas en las personas. Y esas rupturas no siempre son fáciles, ni bienvenidas, pero sí amplían la visión, enriquecen la experiencia y, fundamentalmente, encienden la chispa que genera los cambios de actitud y las transformaciones relevantes.

A esos cambios de perspectiva que generan esas transformaciones de actitud, a esa energía movilizadora, yo los llamo el poder de rebotar.

Rebotar no es lo mismo que resiliencia, que es la capacidad de adaptarse positivamente a situaciones adversas. Rebotar es mucho más que sobrevivir una situación. Tiene que ver con conseguir ver nuestra situación desde otra perspectiva para regresar de situaciones duras o difíciles y hacerlo con más bríos. Es ponerse de pie con otro espíritu y volver ganador, con más fuerza, con más ganas, con más energía para lograr mejores resultados que antes.

Saber que podemos rebotar –que rebotaré – es una creencia liberadora que ha contribuido varias veces a generar en mí el punto de inflexión de la recuperación. Es la creencia que me ha impulsado a retomar mis metas u objetivos con renovados ánimos. Me ha motivado, me ha inspirado para levantarme sin importar qué tan dura sentí la caída o el empujón.

¿Por qué rebotar funciona? Creo que es porque cuando uno se cae aprende, se fortalece. Cada dolor enseña, cada fracaso nos deja lecciones, nos hace madurar. Nos obliga a ordenar prioridades, a definir mejor lo que queremos y cómo lo queremos. A pensar en salidas o soluciones. A evaluar creativamente opciones y necesidades. Y a sacarnos el equipaje extra que ya no sirve. En otras palabras, las caídas nos preparan para regresar a la batalla mejor equipados, con las ideas más claras, el espíritu fortalecido y las alas más grandes para volar más alto. Caer nos hace más sabios, rebotar nos hace triunfadores.

La pandemia nos ha traído a todos nuestra cuota de pérdidas y sabemos bien cómo se sienten y cómo duelen. Pero quizá estamos ya en el punto de inflexión listos para ver otras perspectivas y cambiar de actitud: para desde abajo levantar la cabeza y mirar para arriba, hacia lo alto y preguntarnos con una sonrisa: y ahora que rebotaremos ¿hasta dónde llegaremos esta vez?

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