"La crisis que vive el Perú no es solo económica y sanitaria, sino también institucional". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"La crisis que vive el Perú no es solo económica y sanitaria, sino también institucional". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Alek Brcic Bello

Esta columna empieza con un momento de revelación. Ocurrió hace un par de semanas, en una oficina gubernamental que obligaba a los visitantes a utilizar un protector facial para ingresar a un edificio en el que los funcionarios no estaban sujetos a cumplir con ese requisito.

Ahí, tras esperar media hora bajo un sol atípico de mayo pese a tener una cita pactada, confirmé algo que he sabido toda la vida: la pobrísima institucionalidad peruana está en todos lados. No es que no estuviera seguro de esto desde siempre, pero en ese momento la idea llegó a mí como esas bocanadas de aire y humo que uno aspira mientras espera cruzar la avenida Abancay.

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Al ser atendido, y luego de presentar los documentos que la web oficial señalaba, la persona del otro lado del mostrador me pidió fotocopias que no estaban por ningún lado en la lista de requisitos. No había mala intención en su solicitud, las cosas son así en este país. “Es para estar seguros. Si me equivoco me descuentan”, me confesó el funcionario.

Horas más tarde, mientras seguía la transmisión de un debate en el Congreso, escuché al parlamentario Mariano Yupanqui decir que ellos votan a favor de iniciativas sabiendo que son inconstitucionales. La sensación que tuve fue similar a la de esa mañana. No me sorprendió la poca vergüenza con que lo dijo. Era como si las reglas en verdad no le interesaran.

Luego de eso fue más fácil entender por qué estamos donde estamos en la campaña electoral. Y es que acá los candidatos pueden presentar planes de gobierno incompletos “porque nadie los lee”, documentos que luego dicen que son versiones preliminares o hasta afirmar que los presentan solo para cumplir con un requisito, y eso a nadie parece importarle. Algunos incluso lo justifican diciendo que igual “nadie cumple los planes”.

Con eso, no es raro tampoco que un candidato diga algo en una plaza frente a cientos de personas y luego los integrantes de su partido intenten explicar exactamente lo contrario. Que , por ejemplo, proponga en línea con el ideario de su partido “no más AFP” mientras alguien de su equipo técnico dice “en no se ha hablado de eliminar las AFP”, ya está normalizado. Que la gente no le eche en cara esa contradicción es parte de la indiferencia hacia la política peruana.

Algo similar sucede del otro lado. Acá puede poner como asesor en salud a una persona que negó la eficacia de la vacuna y actuar como si eso nunca hubiese ocurrido. Incluso después de que la Organización Mundial de la Salud señalara lo contrario, en ese partido nadie ha hablado del tema. Es mucho más fácil esconder al que metió la pata que aceptar el error.

El tema es que vivimos ejemplos así todos los días, pero la solución no va a venir de ninguno de los candidatos que compiten en la segunda vuelta. La es solo un reflejo de cómo estamos y lo que venimos construyendo (o destruyendo) desde hace doscientos años.

Y es que la crisis que vive el Perú no es solo económica y sanitaria, sino también institucional. Y esta es quizá la más grave de todas porque nos hemos acostumbrado a ella. Es como si en el fondo todos supiéramos que el Perú es un desorden por donde se le mire, pero qué rico se come, ¿no?

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