De la editora central: El cine y su gravedad
De la editora central: El cine y su gravedad
Redacción EC

MARTHA MEIER MIRÓ QUESADA

Desde la noche de los tiempos, el hombre quiso inmortalizar el instante y capturar el movimiento. Prueba de ello es aquel jabalí de ocho patas pintado en el techo de una cueva en penumbras, en Altamira, España. A decir del historiador Román Gubern, esa pintura rupestre, en lo que él llamó la Capilla Sixtina del arte cuaternario, es el más antiguo antecedente del cine, el más remoto testimonio que se conoce del ser humano tratando de crear una imagen en movimiento.

El llamado séptimo arte tiene esta noche su gran competencia en la gala del Óscar. Todos los aspectos de lo que el gran Armando Robles Godoy llamaba el “lenguaje misterioso” serán premiados; los mismos que los creadores, guionistas, protagonistas, maquilladores, fotógrafos, y todo ese gran equipo humano que convierte una película en una inmensa fuente generadora de empleo y aprovechamiento de la creatividad.

Fue el italiano Riccioto Canudo (1879-1923), un crítico del movimiento futurista, quien en 1911 en su “Manifiesto de las siete artes” elevó el naciente cine a la categoría de “artes plásticas en movimiento”. Mucha tinta se ha gastado y gastará tratando de explicar qué es el cine y su función antropológica, social y cultural, pero para el observador profano el asunto es bastante simple. El cine es aquello que lo hace reír, llorar, lo asusta, lo lleva a tiempos pasados, al futuro, al espacio, a las profundidades de los océanos y al mismísimo centro de la Tierra.

El cine finge la realidad, pero mientras uno está sentado en la oscuridad frente a una pantalla, la película es la única realidad que existe y que es capaz de movilizar todos nuestros sentimientos y emociones. Desde el día que un grupo de gente huyó despavorido de la sala creyendo que el ferrocarril –filmado por los hermanos Lumière– se saldría de la pantalla y los arrollaría, el cine se apoderó del espíritu humano. Generación tras generación la fascinación no cesa. En pleno siglo XXI seguimos sobresaltándonos con la imagen de algún monstruo imposible, indignándonos por los latigazos propinados por un amo desalmado a un esclavizado o llorando a mares cuando muere uno de los protagonistas de la película, sabiendo racionalmente que ese actor pronto encarnará a otro personaje.

Y quizá en eso estriba el poder del cine, en  engañarnos una y otra vez, en lograr convertirnos en seres irracionales por lo que dura la película, tan irracionales como para creer que la doctora Ryan Stone (Sandra Bullock) en “Gravity”, del mexicano Alfonso Cuarón, pudo sobrevivir al sinfín de accidentes que le ocurrieron en pleno espacio. Ayayay, si seremos…¡cinéfilos!

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