Elogio de la lengua francesa
Elogio de la lengua francesa
Redacción EC

Durante mucho tiempo creí que uno elegía su lengua. Entonces, soñaba con hablar ruso, náhuatl, egipcio. Soñaba con escribir en inglés, la lengua más poética, la más suave, la más sonora. Para cumplir mejor este sueño, había comenzado a aprender de memoria el diccionario, y recitaba largas listas de palabras.
    Después comprendí que me equivocaba. Uno no elige su lengua. La lengua francesa, por ser mi lengua materna, era una fatalidad, una absoluta necesidad. Esta lengua me había recubierto, me había envuelto, se hallaba en el fondo de mis entrañas. No tenía nada que ver con conocer un diccionario, era mi lengua, es decir, mi carne y sangre, los nervios, la linfa, el deseo y la memoria, la cólera, el amor, lo que mis ojos habían visto primero, lo que mi piel había sentido, lo que había degustado y comido, lo que había respirado. Las palabras no eran las de una lista, eran cosas, seres vivos. Eran ásperas, suaves, ligeras, fugaces y desconcertantes, decepcionantes a veces, tramposamente empalagosas, terribles, a menudo resonantes como cascos vacíos, pero también danzantes, embriagadoras, las palabras del día, del goce, del júbilo, y que incluso juegan con la muerte.
    Era la lengua francesa. Mi lengua. Mi persona, mi nombre, en cierto modo. Sin saberlo, sin quererlo, me daba su belleza, su dulzura. En mí se encontraban todos los sonidos retenidos desde la primera infancia, los sonidos humedecidos, las “r” guturales, las nasales, los sonidos que hacen estirar los labios hacia fuera (y que permiten a los demás reconocer desde lejos a quien habla francés).
    Para mí que soy un isleño, un descendiente de bretones que emigraron a la isla Mauricio, alguien de una orilla del mar que mira pasar los cargueros, que vagabundea por los puertos, alguien que no tiene tierra, que no se arraiga en una comarca, como un hombre que camina a lo largo de un bulevar y que no puede ser ni de un barrio ni de una ciudad, sino de todos los barrios y todas las ciudades, la lengua francesa es mi único país, el único lugar donde vivo. No la lengua que oigo, ni aquella con la que se escriben los libros, sino la lengua que habla en el fondo de mí, a veces incluso sin palabras, apenas un movimiento instintivo, algo que tiembla, que perturba, que atraviesa, que coloca las piedras.
   
La lengua francesa, tan bella, tan dúctil, tan flexible.