Alessandra Miyagi

En medio de la sala todavía en penumbra, una mujer sin rostro, una entre las decenas de espectadores que permanecemos inmóviles en nuestros asientos embargados por la confusión y la consternación más profundas, le pregunta en voz baja a su acompañante: “¿Eso en realidad nos puede pasar?”. La frase avanza sobre nuestras cabezas, todos la oímos pero nadie se atreve a responder nada. Las luces se encienden, las dos protagonistas regresan al escenario para recibir los aplausos del público. Las aplaudimos. Algunos, incluso, se ponen de pie pero nadie sonríe, al menos no con auténtica alegría. Todos podemos sentir todavía una incomodidad extraña reptando entre nuestras butacas, como si las luces no se hubiesen encendido; como si la función no hubiese terminado; como si no estuviésemos viendo a dos actrices saludando, sino a dos personas como nosotros mismos a quienes estuvimos espiando durante 70 minutos de creciente tensión. “Es una obra de teatro, es solo ficción”, pensamos para tranquilizamos. Y, sin embargo, no conseguimos deshacernos de aquella sensación inquietante.
    “En sus obras, Bartlett siempre presenta con bastante crudeza pero, sobre todo, con mucho humor un intenso juego de alto riesgo. Aquí asistimos a un juego de póker corporativo donde las emociones humanas son tratadas como si fuesen estadísticas en una hoja de cálculo”, nos dice Lucho Tuesta, traductor al castellano y director de esta versión de "Contracciones", del dramaturgo inglés Mike Bartlett (Oxford, 1980), que actualmente se viene presentando en el Teatro de Lucía (hasta el 5 de setiembre), con actuaciones de Sandra Bernasconi y Fiorella Pennano. En efecto, "Contracciones", como muchas otras piezas de Bartlett, tiene un componente cómico importante. Hay escenas y diálogos de intenso humor negro provocados por situaciones absurdas. Sin embargo, a medida que avanza la historia, ingresamos sin darnos cuenta a un mundo mucho más sombrío y alarmantemente más próximo de lo que parecía al principio. 
    Emma (Fiorella Pennano), una joven empleada de una poderosa corporación multinacional, es confrontada por la gerente de Recursos Humanos (Sandra Bernasconi), una mujer anónima, fría y brutal de unos 45 años, cuyo único interés radica en el buen rendimiento de la empresa. El conflicto se desata cuando Emma inicia una relación sentimental con Darren, su colega, pues entre las políticas de la firma hay una cláusula que especifica que “Ningún empleado, jefe o gerente de la compañía deberá involucrarse con otro empleado, funcionario o director de la compañía en cualquier tipo de relación, actividad o acto que sea totalmente, en su mayor parte o en parte de una naturaleza que podría ser descrita como sexual o 
romántica, sin notificar a la compañía de dicha relación, actividad o acto”. 
    La cláusula existe para evitar el nepotismo, la competencia desleal y para promover el buen clima laboral; es decir, para cuidar del bienestar emocional de los trabajadores; es decir, para evitar que su productividad disminuya y, con ella, los ingresos de la empresa. En el fondo, descubrimos que esta preocupación paternalista y entrometida  no es sino una fachada para encubrir y proteger los intereses del capitalismo más despiadado que cosifica a las personas y las integra solo en la medida que sean utilitarias a la compañía. “Tenemos la obligación de preocuparnos por todos nuestros empleados”, dice la gerente con una sonrisa cordial pero macabra.
    Su oficina es un espacio exasperantemente funcional, ascético e impersonal. Ahí se suceden las reuniones entre las dos mujeres, se definen minuciosamente la naturaleza de las “relaciones sexuales y románticas” y se discute sobre el futuro de la relación entre Emma y Darren. Escena a escena, asistimos a la degradación progresiva de Emma, quien se ve obligada a someterse a las ridículas imposiciones de la empresa con el fin de mantener su puesto de trabajo. Pero aquella no es la única que se ve envuelta en esta espiral deshumanizante, sino también la propia gerente, inmersa sin remedio en un sistema sediento de dinero que la lleva a asumir el papel de verdugo, tanto de los trabajadores como de sí misma. Desde su panóptico personal, monitorea rigurosamente los movimientos de sus empleados, recaba la información necesaria para manipularlos y se apodera de sus vidas o, mejor dicho, de su energía vital. 


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“Desde que terminé la universidad, me encantaba la idea de hacer teatro, sin importar el rol que desempeñara en la producción. Más tarde, me di cuenta de que me gustaba dirigir, pero eventualmente me incliné por la escritura. Me fascina crear desde cero una pieza en la cual todos puedan colaborar”, nos cuenta Bartlett desde su hogar en Inglaterra. Su primera pieza teatral la estrenó, con tan solo 22 años, a mediados de agosto del 2002, en pleno verano escocés, en el Festival Fringe de Edimburgo —un encuentro alternativo de artes escénicas—. No hay mayor información sobre "Love at Last" (2002), la cual aparentemente solo fue representada en esa ocasión; sin embargo, desde aquel momento, Bartlett iniciaría una frenética actividad creativa que lo llevaría a producir, en menos de 15 años, cuatro guiones para series de televisión —entre ellas Doctor Foster, que fue la serie más vista de Gran Bretaña del 2015; y el cuarto capítulo de la décima temporada de "Doctor Who"—, siete radionovelas y 20 obras de teatro, muchas de las cuales han sido representadas con éxito de taquilla y de crítica en decenas de países. 
    “Su éxito radica en que sus obras son tan universales como las de Shakespeare. 
Al igual que el Bardo en su tiempo, Bartlett escribe historias contemporáneas, provocadoras, modernas y humanas que tienen relevancia dentro del contexto político, social y cultural del momento”, nos explica Tuesta. 
    Mikhail Page, traductor y director, quien puso en escena "Love, Love, Love" y "Cock" —en el 2015 y a principios de este año, respectivamente—, dos de las obras más aclamadas del inglés, coincide con esta opinión y agrega: “Bartlett entiende los tiempos en los que vive. A través de sus piezas, cuestiona las convenciones de su sociedad y tiene una gran habilidad de hablar sobre los temas actuales bajo formas nuevas. Es un autor arriesgado y crítico, que entiende que el verdadero teatro está siempre en constante cambio”. 
    Pese a que Bartlett ha sido reconocido con importantes premios —como la beca de residencia del Royal Court Theatre en 2007, por "My Child;" o el Laurence Olivier Award en tres ocasiones, por "Cock" (2009), "Bull" (2013), "King Charles III" (2014)—,  la información que se puede conseguir sobre él en Internet es escasa: ni un detalle personal, ninguna anécdota que nos deje entrever su temperamento; incluso, son pocas las fotografías disponibles. La respuesta a este aparente anonimato nos la da el propio Bartlett por correo electrónico: “No creo que conocer mis circunstancias y experiencias personales aporte nada a mi trabajo creativo. De hecho, creo que eso puede reducir el disfrute del espectáculo teatral. Cuando el público ve una obra mía, no quiero que esté pensando en mí, sino en los personajes, en lo que les sucede a ellos”, reflexiona. 
    Así, son sus obras las que hablan por él y nos muestran la terrible lucidez de su mente. Aunque todas ellas son muy distintas entre sí, podemos rastrear elementos comunes: el mencionado humor negro, la presencia de personajes inadaptados e individualistas que se dejan conducir por sus impulsos más primitivos, la búsqueda de identidad, la alienación que provoca el poder o las falencias del orden social, además del manejo de diálogos precisos. “Cada palabra, signo de puntuación y pausa tiene un significado y un peso que el autor ha elegido cuidadosamente”, interviene Tuesta.  
    “Cuando escribo me concentro más en contar la historia y no soy consciente de los temas que estoy desarrollando”, explica Bartlett. “Ciertamente creo que el capitalismo, cuando es dejado sin límites ni restricciones, conduce a un trato inhumano. 
La idea de civilización es, finalmente, un fino velo que esconde nuestras tendencias animales. Por ejemplo, el resurgimiento de los nacionalismos en Europa es una reacción al temor. Pero es una reacción que, lejos de solucionar los problemas, los agrava en la medida que más países se alejan unos de otros. Es un círculo vicioso. Me apena mucho, por ejemplo, la separación de Gran Bretaña de la Unión Europea, y me temo que sea solo un síntoma de un problema mayor: la falta de confianza en los políticos, en los expertos y en todas las autoridades”.
    Quienes vemos las obras de Bartlett  pasamos de la risa a la incertidumbre, de la ironía al estupor. Sus obras, disfrazadas de comedia, son un abrupto choque emocional e ideológico, trampas mortales cuidadosamente diseñadas para sacarnos de una zona de ilusoria seguridad y llevarnos al abismo de la reflexión.