El sur decide
El sur decide
Jorge Paredes Laos

Después de conocidos los resultados electorales, el historiador Juan Luis Orrego escribió el siguiente tuit: “Otra vez el sur salvó al Perú”. Se refería, obviamente, al masivo apoyo de esta parte del país a la candidatura de Pedro Pablo 
Kuczynski pero también a una historia que viene desde muy atrás. Un pasado que identifica al sur como una de las zonas más efervescentes de la historia nacional, con centros neurálgicos en Puno, Cusco y Arequipa, donde se decidieron capítulos intensos de nuestra historia republicana.   
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En realidad el sur empezó a gravitar desde muy temprano en la vida nacional. Le preguntamos al propio Orrego sobre su curioso mensaje y, con más calma, responde: “Más que salvó al Perú, lo cual puede llevarnos a distintas interpretaciones políticas, la idea era remarcar el protagonismo que aún puede exhibir el sur en la vida nacional. Recordemos que hace 200 años, en tiempos de la Independencia, el peso económico y demográfico del Perú estaba recostado hacia esta zona, con sus dos cabezas de región: Arequipa y Cusco. Los libertadores entendieron que el control de Lima no aseguraba la victoria política sin la incorporación del sur”, escribe por el correo electrónico. 
    En ese entonces, era una región conectada con el Alto Perú y que tenía un peso político y económico preponderante desde el Virreinato, debido a la riqueza de las minas de Potosí y después por el comercio de la lana hacia Europa, actividad que consolidó el puerto de Islay y creó una nueva élite económica regional en los turbulentos inicios de la República. Todo esto iría gestando un sentimiento fuerte de identidad construida en oposición al centralismo limeño. 
“A inicios del siglo XIX —continúa Orrego— los levantamientos de Zela, en Tacna, y de Pumacahua, en Cusco, fueron contra la negativa limeña de aplicar los mandatos de las Cortes de Cádiz. Creo que allí está la base histórica del comportamiento político del sur: identidad regional, rechazo al abuso y al centralismo de Lima y, en general, una demanda para que el Estado resuelva los problemas de la población, como lo quiso Túpac Amaru II en un amplio programa 
de demandas”. 
    Y con el correr del siglo XIX todos estos reclamos se reactualizaron. Basadre identifica ya en 1826 diversas tentativas para crear una “federación provincial” en Puno, Cusco y Arequipa, algo que se acentuará con la creación del Estado Sud-Peruano durante la época de la Confederación Perú-Boliviana (1836-1839), el intento más serio —y también sangriento— por formar una entidad regional y autónoma. 
    Con la explotación del guano, desde mediados del siglo XIX, la riqueza se trasladó a Lima y a otras ciudades de la costa norte; sin embargo, ciudades como el Cusco, Ayacucho y Tacna no dejaron de tener un “peso cultural y simbólico” —como afirma Juan Luis Orrego— por haber sentado las “bases de la peruanidad”. Mientras tanto, Arequipa no perdió nunca esa identidad autónoma y rebelde que hizo que alguna vez se le llamara el León del Sur. 
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Entrado el siglo XX nuevos hechos volverían a poner a esta región en la mira del país. El surgimiento del indigenismo en el Cusco significó una eclosión artística no vista desde la época virreinal. Y luego, con el retorno de Tacna al Perú, se vivió un sentimiento patriótico que bien retrata Jorge Basadre en sus memorias. Si Tacna fue la ciudad cautiva que regresó al seno de la patria, Arequipa se convirtió en la protagonista de las rebeliones democráticas y golpes militares. El pueblo arequipeño fue decisivo en las caídas de Augusto B. Leguía y Manuel A. Odría, en 1931 y 1956, respectivamente.     En el caso de este último, se puede decir que la Ciudad Blanca lo puso y lo sacó del poder. Fue en Arequipa donde el general Odría se levantó para deponer al presidente democrático Luis Bustamante y Rivero —otro ilustre arequipeño— y tiempo después fue esta misma ciudad la que se opuso al régimen dictatorial con violentas protestas, como las sucedidas en el colegio Independencia, en 1950, o las revueltas de diciembre de 1955. 
    Recientemente, el politólogo Alberto Vergara publicó "La danza hostil", un libro que trataba justamente de esta relación —cambiante, conflictiva y a veces coincidente— que ha tenido el sur del país con el Estado central. Le preguntamos cómo analiza el comportamiento de ciudades como Puno, Cusco, Arequipa en estos momentos decisivos de nuestra historia. Lo primero que él advierte  —y se refiere a estas últimas elecciones— es que existen algunos analistas que, “asustados por la pluralidad”, quieren descubrir por qué existen sujetos tan extraños que votan de manera diferente a como ellos esperan. “Entonces se buscan diferencias profundísimas; sin embargo, no se menciona que muchas veces el sur ha votado de manera semejante a Lima. En 1980, por ejemplo, Fernando Belaunde quedó primero en San Isidro y en el Cusco”, afirma. 
    Sin embargo, Vergara no niega que el sur tiene peculiaridades. A diferencia de Bolivia —expresa—, donde lo altoandino se convirtió en un centro político y económico, en el caso peruano esta región quedó reducida a una irremediable periferia. “Y la definición de periferia es que el centro no te presta atención. Para que te oigan, tienes que gritar”, dice. “Pero ese grito no es necesariamente subversivo o autóctono. El sur —y hay que leer "La batalla por Puno", de José Luis Rénique— adopta y adapta en muchos momentos el federalismo, el anarquismo, el socialismo, es decir, elementos vanguardistas y mundiales. En última instancia, la pelea es por la inclusión en el proyecto republicano”, agrega. 
    Según Vergara tanto los gobiernos de Velasco y Fujimori se encargaron de arrasar con las élites políticas, económicas e intelectuales sureñas. Y ante la falta de organizaciones o de representaciones, solo quedan los votos. Una protesta que sucede cada cinco años.