(Ilustración: Víctor Aguilar)
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Jorge Paredes Laos

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Un bot es una abreviatura de robot. En términos sencillos son usuarios creados por la inteligencia artificial para interactuar en las redes sociales: simular ser personas reales, enviar solicitudes de amistad, intervenir en discusiones, armar polémicas, posicionar hashtags, regar información, sin importar si es un insulto o un discurso de odio. Ahí los bots juegan en pared con otros especímenes digitales: los troles. Lo importante aquí es influir, marcar tendencia. Claro que ambos —bots y troles— pueden formar parte del mismo ecosistema comprado en paquete por un político, un candidato o candidata para posicionarse en internet, divulgar sus propuestas, generar encuestas favorables y orquestar campañas contra sus adversarios.

¿Pero pueden los bots influir en la opinión pública? Cuando se realizó la consulta independentista en Cataluña, “los bots (…) fueron responsables de una de cada cuatro publicaciones” lanzadas en Twitter, de acuerdo a un estudio del investigador Emilio Ferrara, de la Universidad de California, quien analizó cuatro millones de tuits de un millón de cuentas publicadas en la red social entre el 22 de setiembre y el 3 de octubre de 2017. Tal como lo El País de España— hubo “una campaña de manipulación” para dirigir las acciones de los votantes.

Algo similar ocurrió en el escándalo de la empresa , quien a través de datos de más de 80 millones de usuarios de Facebook para elaboró perfiles de los votantes de Estados Unidos y supo qué contenidos, mensajes y noticias podía circular por las redes para favorecer la candidatura de Donald Trump, algo que es contado en el documental Nada es privado, de Netflix.

“A partir del caso de Cambridge Antalytica estalló el uso instrumental de la inteligencia artificial para promover tendencias de opinión a partir de bases de datos, de bots, y de una programática altamente adelantada para desarrollar mensajes que apelan, sobre todo, al aspecto emocional, al miedo, la indignación, el escándalo”, comenta Raúl Castro, decano de Comunicaciones y Publicidad de la Universidad Científica del Sur. Y no son solo políticos.

Castro recuerda lo sucedido el pasado 1 de marzo con J, el expresidente del Barcelona FC detenido por sospechas de haber contratado una empresa para difamar a través de cuentas falsas en las redes sociales a dirigentes y estrellas del club como Leonel Messi.

¿Cómo operan los bots?

Funcionan a partir de órdenes y algoritmos programados que responden a preguntas o estímulos específicos: el chatbot de un banco que orienta a sus clientes; o los más complejos pueden difundir información a través de cuentas no reales para que esta se convierta en viral. Es decir, operan bajo reglas: si alguien escribe @candidatoX, o un hashtag específico, el bot programado, bajo estos criterios, retuiteará esa información, le dará like o generará un post inmediato. Eso multiplicado por miles en minutos puede volver tendencia cualquier mensaje, hacer que aparezca en el timeline de Facebook, en la lista de noticias de Google o en la web de un diario si algún periodista cae en la trampa y lo publica.

Para los algoritmos de una red social tanto un bot como un ser humano son lo mismo, solo un conjunto de información en una base de datos. Sin embargo, redes como Twitter están afinando sus algoritmos para detectar y eliminar bots: detectar, por ejemplo, si una misma cuenta o un IP envía 100 tuits por minuto o si varias cuentas tuitean mensajes iguales concertadamente o si el mismo mensaje se repite en distintas cuentas.

Cuentas sospechosas

“Por lo visto en Estados Unidos y en otros lugares, yo supongo que este fenómeno ya está entre nosotros, pero todavía no lo percibimos tan claramente”, dice el periodista y analista José Carlos Requena. Sin embargo, hay un hecho particular que llama su atención: “En el actual Congreso se han discutido varios proyectos de ley disparatados en sesiones transmitidas por Facebook Live y en los comentarios aparece un ejército de usuarios que los apoyan y tiran barro a los opositores, y si uno entra a esas cuentas, descubre que tienen cero o muy pocos seguidores, y su actividad se limita únicamente a apoyar determinado proyecto de ley”.

Según Requena “el arqueo (de la influencia de los bots) se hará al final de la campaña”. Ahí se verá si los retuits se traducen en votos. Sin embargo, le preocupa que en un contexto político tan precario como el nuestro, con distanciamiento social, estos fraudes informáticos terminen marcando tendencias electorales.

Para Raúl Castro lo que sí se puede constatar es el alto número de noticias tóxicas que circulan por las redes. “¿Puede esto hacer cambiar el perfil de los intereses? Ese es el debate”, dice. “A veces nos cuesta aceptarlo, pero existe una base social que cree en teorías conspirativas y suele seguir las tendencias que refuerzas sus creencias”, añade. En su opinión, los bots consolidan estas “cámaras de eco” o burbujas provocadas por los algoritmos de las redes sociales y refuerzan gustos o miedos preestablecidos. “Los bots —apunta Castro— revalidan lo que la gente ya cree”. Es decir, consolidan esos núcleos duros que, no es casualidad, encumbran aquí y, en otros lugares, a esos candidatos extremos, ultras y populistas.

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