Mariana de Althaus: “Escribí 'Ruido' para entender qué pasó"
Mariana de Althaus: “Escribí 'Ruido' para entender qué pasó"

La talentosa dramaturga y directora teatral Mariana de Althaus repone diez años después de su estreno "Ruido", la historia de una mujer que, en medio de la crisis nacional que se vivió durante el primer gobierno de Alan García, acude a la casa de una desopilante familia de vecinos para pedirles que apaguen la alarma de un auto que no oyen, y termina pasando con ellos la noche, impedida de regresar a su hogar por culpa del toque de queda. Guardando las distancias, la obra parece decirnos que vivimos “condenados” a una especie de eterno retorno. Con un elenco estelarizado por Denise Arregui y Montserrat Brugué, vuelve el 10 de marzo en el teatro del Centro Cultural de la PUCP. Las entradas ya están disponibles en Teleticket.

En el sentido más clásico de la palabra, ¿hay una intención política en volver a montar Ruido en esta coyuntura?
Sí. Siempre hablamos de reponerla porque se había presentado durante solo un mes y tuvo buena acogida, pero mucha gente se quedó con ganas de verla. Por lo menos esa fue la sensación que tuvimos. Y ahora que atravesamos un contexto similar al de esa época resultaba ideal.

Previo a las elecciones…
Así es. Aquella vez tuvimos que elegir entre García y Humala, una situación terrorífica que se vivía con ansiedad, pensando que íbamos a elegir entre el irresponsable que nos había llevado a esa situación tan extrema a la que refiere la obra, y otro que nos podía conducir  a algo igual o peor. El público lo vivía con angustia.  

¿Y qué ha cambiado en estos diez años?
Estamos en una situación parecida, aunque sin García. Pero están Fujimori y Acuña, y la incertidumbre y la preocupación son las mismas, así como la sensación de que nos estamos yendo al vacío, de que no vamos a saber qué hacer el día de las elecciones… de que existe la posibilidad de volver a vivir lo mismo.

En la obra hay una crítica implícita del rol de la clase media limeña durante lo sucedido a fines de los ochenta. ¿Fue deliberada o intuitiva?
Yo escribí "Ruido" para entender qué fue lo que nos pasó, cuáles fueron los mecanismos que nos llevaron a esa ceguera, a esa sordera, pero era inevitable que al hacer esa búsqueda en lo que nos había sucedido como sociedad terminara siendo una autocrítica. Y esta es efectivamente la obra en la que hago una referencia más evidente al contexto social y político en el que se desenvuelven los personajes. Hay un trabajo mayor en lo social y no tanto en lo emocional.

¿Crees que esa actitud de la clase media —que no oye el ruido, que no quiere oírlo— persiste? ¿O percibes cierta evolución?
Creo que hoy somos una sociedad mucho más abierta, más conectada con lo que está pasando, más alerta. Las redes sociales ayudan en ese sentido. Sin embargo, la ceguera y la sordera son muy cómodas y a veces necesarias, digamos, para continuar con una vida llevadera, soportable, en un país donde hay tantas diferencias, injusticia y dolor. Muchas veces nos encontramos, a pesar de saber lo que está sucediendo en todo el Perú, tratando de hacernos los sordos para vivir tranquilamente y no enloquecer. Uno puede estar todo el tiempo protestando, alzando la voz, haciendo activismo, pero esa forma de vivir puede resultar siendo anímicamente muy agotadora.

Como alternar entre el psicoanálisis y la resistencia.
Exacto, todo el tiempo tratando de no estar apartados de lo que está ocurriendo, de no ser indiferentes, pero también de que no nos afecte tanto, de que no entre en nuestra casa, que es lo que hace la familia de "Ruido".

En la obra está el periodista que envía a su esposa a callar el ruido de la alarma porque no puede escribir. ¿Hay un simbolismo en ello, quizá en el papel de la prensa?
Me gusta tu pregunta porque yo no lo había pensado desde ese punto. Lo que me encanta de hacer teatro es que me analizo todo el tiempo. Efectivamente creo que hay un descreimiento hacia todos los discursos, una sensación de desamparo general. La prensa no representa lo confiable, los políticos tampoco, en la familia no hay padre. Se vive en la obra una situación de orfandad, de confusión. Si hay alguna referencia a la prensa de entonces no sería con mucho respeto, durante muchos años no cumplió un rol protector ni fiscalizador.

El esposo-periodista también es abusivo e infiel. ¿Más intenciones representativas?
Yo escribo de una manera un poco irracional, no me pongo mucho a pensar “tengo que poner esto para que se lea de esta manera”. Pero una vez que la escribí, que ya estaba terminada, entendí que era necesario remarcar que las dos mujeres protagonistas fueron abandonadas porque al final  estaba retratando un mundo huérfano. Sí era necesario que la figura masculina fuera ausente e irresponsable, incluso violenta, porque eso era lo que vivíamos.
      
La imagen masculina está muy deteriorada en la obra. Sin embargo, creo que la crítica mayor recae en la vecina: durante la obra cuenta que ella ha dejado ir al marido, que no ha estado atenta a las señales, dejando morir la relación… Para mí es como una gran autocrítica: no somos tan vigilantes de nuestros dirigentes, no les exigimos cuentas. Incluso ahora nos vamos a “sorprender” de que lleguen de nuevo a la presidencia. No deberíamos distraernos ni un ratito.

Esta es quizá tu pieza menos naturalista; más bien, se desenvuelve en lo absurdo. ¿La intención era reforzar lo anteriormente dicho?

No hubo intención. Todo… se me fue de las manos. La historia es una especie de pesadilla, y así se construyeron los personajes y estos me llevaron por ahí. Hasta entonces el absurdo no era un lenguaje que me entusiasmara demasiado. Y en este nuevo montaje todo es un poco más pesadillesco aún, incluso la escenografía, todo va a ser diferente… Por otro lado, la obra también necesitaba humor.

Eso: lo paradójico es que esta pesadilla tiene mucho humor, ¿no?
Lo que quería era contar una noche de los años ochenta, con apagón, toque de queda y todas esas cosas. Y pensé en una situación muy concreta que era: “una mujer termina encerrada en la casa de los vecinos por el toque de queda; nunca ha estado ahí”. Y el absurdo me permitía eso, contar cosas extremas que sean verosímiles y que todo eso esté acompañado de un gran sentido del humor; si no, es insoportable.

¿Qué tal trabajar con tu gran amiga Denise Arregui haciendo diez años después nuevamente de la vecina?
Lo principal es que ahora podemos entender un montón de cosas que en ese momento no sobre el contexto. Entonces las dos éramos más inocentes y teníamos mucho menos experiencia teatral. Todo lo hacíamos de una manera más intuitiva, ahora somos más conscientes de lo que estamos diciendo. La experiencia de vida en estos años de Denise también le ha ayudado a enriquecer el personaje, haciéndolo más complejo.

Debe ser interesante eso de contarle a una buena parte de la audiencia de este nuevo montaje sobre una época que no ha conocido sino de oídas (y eso).
Bueno, Gabriel [Gonzales, que interpreta a Agustín, el hijo punk de Augusta] no había nacido. Teníamos que explicarle: “Mira, íbamos en las noches a unas discotecas en las que nadie hablaba, todo el mundo bailaba solo contra la pared” [risas] Él no tenía idea de lo que eran los subtes, por ejemplo no conocía a Narcosis. Y traje a Wicho García [voz de la banda] para que le explique cómo fue la movida subterránea de esa época. Nos dio a todos una clase maravillosa. Para mí es súper interesante volver a pensar en lo que nos pasó y en nuestras referencias.

La del estribo
Hace 20 días escribiste tu columna de despedida de Perú.21 contando que pensabas seguir tu propia acción dramática, oyendo tu voz. ¿Cómo lo harás?
Escribiendo lo mío. Hacer columnas te exige estar muy conectado con lo que pasa, obligándote a tener una opinión acerca de todo. Yo no soy de las personas que suelen tener muchas opiniones acerca de las cosas. Tengo más dudas que certezas, y me sirve mucho en mi trabajo trabajar con ellas. Parto más de las preguntas que de los dogmas. Seguiré escribiendo y dando talleres, que disfruto muchísimo.