(Ilustración: Víctor Aguilar)
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Franklin Ibáñez

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Las coincidencias entre Adam Smith y Karl Marx frecuentemente pasan soslayadas. Cito una de ellas: las personas deben trabajar y esforzarse por el bien propio y el colectivo. En el sentido común, se ha asentado la creencia de que el capitalismo compensa al laborioso. Habrá que añadir que las bases teóricas del socialismo no conducen a la distribución de riqueza entre haraganes improductivos.

En cambio, pertenece a la esencia del populismo repartir entre los pobres para ganar su lealtad política al margen de su real empeño. Al populista le interesa establecer una relación de clientela y distracción, y no sacar al pobre de su estado. El populismo, como la dictadura o la corrupción, es compatible tanto con la derecha como con la izquierda. “Pan y circo” —cerveza y fútbol— ofrecían algunos emperadores romanos para contentar al pueblo. En los 90, recibíamos a Laura Bozzo y sus dádivas. Según una visión amplia o estrecha de populismo, y sus amores o fobias personales, cite usted a Trump o Bolsonaro por la derecha, o a Fernández y Maduro por la izquierda.

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Volvamos al fondo. ¿Quien se esfuerza triunfa? Sí y no. En una reciente publicación, Los números de la felicidad en dos Perúes (E. Vásquez y otros), se estudió a casi mil jefes de hogar de los cinco distritos más pobres y los más ricos del Perú. Dos resultados asombran. Primero, los más pobres trabajan casi 20 horas semanales más que los ricos. Tal hallazgo contradice un expandido mito: los más pobres son holgazanes ¡Falso! El segundo punto se infiere del anterior: ese mayor esfuerzo en horas de trabajo no se refleja en mejores condiciones de vida. Si laboran más, ¿por qué siguen siendo pobres? ¡Por muchos factores! Pero no por su pereza, pues los caracteriza más bien el empeño.

Posibilidades de desarrollo

El filósofo John Rawls acuñó el concepto de estructura básica de la sociedad. Tal estructura representa la interacción entre las principales instituciones sociales —la familia, el mercado, los medios de comunicación, entre otras—, que establecen las posibilidades de desarrollo personal. Por ejemplo, una familia patriarcal, un mercado concertado o una cultura racista afectan las oportunidades de las mujeres, los competidores libres o las personas estigmatizadas racialmente, de modo que tienen menos posibilidades de éxito. Su esfuerzo individual rinde poco si las estructuras se mantienen injustas. Además, la clase social en la que se nace, el sexo, los talentos naturales —inteligencia, fuerza, etc.— obedecen al azar; no, a la justicia. En cambio, sí compete a la justicia cómo estructuramos la sociedad en que esas diferencias operan y que, de hecho, posibilitan que unos triunfen más que otros.

Michael Sandel publicó recientemente La tiranía del mérito. Critica allí la retórica del ascenso social en Estados Unidos: ya no es “tierra de oportunidades” para quien trabaja duro. Se supone que la movilidad ascendente era la respuesta a la desigualdad social. Sin embargo, la movilidad social es pequeña. Quienes subieron se mantienen arriba junto con sus descendientes. Más bien, la desigualdad se estira. Por ejemplo, mientras las mejores universidades retiraron sus “barreras” raciales, sexuales y otras, a la vez, promovieron el ingreso de los ricos (que pagaron mejor educación previa y, por tanto, están mejor preparados). Y, si no eran académicamente destacados, sabotearon al sistema para ingresar mediante donaciones por la puerta de atrás.

Ni Marx ni Smith harían de la meritocracia un principio absoluto para la distribución social. Tampoco nosotros deberíamos. No se trata de deshacernos de ella, sino de encontrarle su justo lugar. Gran parte del “éxito” está en nuestras manos y otra gigante, en las estructuras sociales. Dejemos de estigmatizar a los pobres como perdedores.

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