Julio Ortega, critico invitado a la feria del libro.

FOTO LESLIE SEARLES EL COMERCIO
Julio Ortega, critico invitado a la feria del libro. FOTO LESLIE SEARLES EL COMERCIO
Guillermo Niño de Guzmán

A diferencia de otros críticos literarios, Julio Ortega es un grafómano que ha cultivado casi todos los géneros (poesía, teatro, cuento, novela, ensayo, artículo periodístico). A estas alturas, debe de haber superado la vasta producción del polígrafo Luis Alberto Sánchez. Su bibliografía suma más de 120 títulos, incluyendo las ediciones y antologías que ha dedicado a otros escritores. Y, como si eso fuera poco, se ha prodigado como profesor universitario (sobre todo en Austin y Brown) y artífice de coloquios académicos. Ahora, a los 77 años, incursiona en un nuevo género con La comedia literaria. Memoria global de la literatura latinoamericana (Lima, Fondo Editorial de la PUCP y Cátedra Alfonso Reyes del Tecnológico de Monterrey, 2019).

Se trata de un copioso volumen, escrito con nervio y fluidez, que abunda en anécdotas e infidencias. El tono que prevalece es el de un observador perspicaz que, sin embargo, no enjuicia a los autores cuyas intimidades descubre y prefiere escudriñarlos con una media sonrisa, a veces irónica, pero en general benevolente. Hay mucho de comedia en este recuento de situaciones donde campean el orgullo y las vanidades, al igual que las afrentas y mezquindades propias de individuos que, antes que figuras literarias, son seres humanos.

La cantidad de escritores renombrados que aparecen en el libro es asombrosa (¡qué falta hace un índice onomástico!), a tal punto que el lector podría pensar que está frente a un caso clínico de name-dropping. No obstante, los lazos establecidos por el autor son reales. Ortega es un animal literario y ha tenido el olfato y la suerte que se requieren para estar en los lugares precisos y los momentos cruciales (por ejemplo, en Barcelona cuando se gestaba el boom, lo que favoreció su amistad con Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar y Carlos Fuentes). Además, como reza el subtítulo, aspira a plasmar una “memoria global”.

De ahí que opte por recrear sus experiencias de testigo privilegiado de la vida de los otros y no ahonde en su itinerario personal, salvo en los episodios que abordan su niñez y adolescencia en Chimbote. Estos recuerdos hacen vibrar una cuerda entrañable en la medida en que refieren su descubrimiento de la lectura y el surgimiento de su vocación literaria, y uno lamenta que no continúe explotando esa veta íntima.

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La comedia literaria es un libro ambicioso y excede el marco anecdótico, ya que también encierra una visión crítica de la literatura latinoamericana. A mediados de los años noventa, en el ámbito académico, Ortega asumió el rol de pionero de los estudios transatlánticos, entendidos como un diálogo intertextual y multidisciplinario entre las dos orillas. Es decir, se postula una lectura que tome en cuenta la triangulación del español que fluye entre España, América Latina y Estados Unidos. Basado en esa premisa, el scholar peruano ha propuesto un nuevo asedio crítico que incida en la hibridez de una literatura que emerge bajo un horizonte lingüístico signado por el exilio y las migraciones.

Los retratos de escritores que nos ofrece Ortega son espléndidos. Desfilan peruanos, latinoamericanos y españoles, aunque también asoman los estadounidenses Guy Davenport y John Hawkes. Sobresalen sus semblanzas de amigos íntimos como Néstor Sánchez y José Emilio Pacheco. Evoca un encuentro con José María Arguedas en Chimbote que lo pinta de cuerpo entero (el autor de El zorro de arriba y el zorro de abajo buscaba a un patrón de lancha aimara que quería ir a Cajamarca, pues este estaba convencido de que el inca Atahualpa seguía con vida).

Se divierte con la avidez por los premios de Antonio Cisneros. Reconstruye paso a paso una memorable visita de Borges a la Universidad de Austin en 1982. Alude con humor a la rivalidad intelectual entre Emir Rodríguez Monegal y Ángel Rama. Descubre los entretelones de la célebre disputa ente Octavio Paz y Carlos Fuentes (ignorábamos que el poeta había querido reconciliarse con el novelista en vísperas de su muerte).

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Ortega valora mucho la amistad y evita la confrontación. Así, reproduce una carta de Vargas Llosa, quien le agradece un comentario motivado por su obtención del Nobel y le dice que pronto se reunirán para fumar la pipa de la paz, pero se abstiene de revelarnos los intríngulis del distanciamiento.

Asimismo, le echa un capotazo a Alfredo Bryce Echenique, vilipendiado por el escándalo de los plagios cuando le concedieron el Premio FIL. Ortega se muestra compasivo y nos da un testimonio conmovedor de su depresión crónica y su trastorno del sentido de la realidad, con lo que deja entrever su inimputabilidad (un argumento que compartimos y que si hubiera salido a relucir le habría ahorrado tantos denuestos).

Uno de los grandes aciertos de La comedia literaria es la originalidad de su enfoque. Julio Ortega decide quebrar el orden cronológico y se deja arrastrar por la marea de los recuerdos, en una suerte de asociación libre y espontánea que le permite transitar constantemente entre el pasado, el presente y el futuro. Asume el tiempo y la memoria como un continuum de vasos comunicantes, lo que le otorga a su relato una frescura e intensidad notables.

Aquí el poeta, el narrador y el ensayista se dan la mano para celebrar su amor inconmensurable por la literatura.