“El hombre de negro”, de MVLl, se puede leer en la web de Letras Libres: shorturl.at/hFR34.
“El hombre de negro”, de MVLl, se puede leer en la web de Letras Libres: shorturl.at/hFR34.
Guillermo Niño de Guzmán

A los 83 años, cuando la vida impone sosiego, Mario Vargas Llosa se empeña en seguir rebelándose y desafiando sus límites. Prueba de ello es el sorprendente lanzamiento de su cuento “”, que ha publicado la revista Letras Libres. No exageramos si decimos que se trata de un acontecimiento, pues hacía seis décadas que no retomaba el género, desde su libro inaugural, Los jefes, en 1959.

” representa la vuelta a uno de sus primeros amores. Vargas Llosa era apenas un adolescente cuando incursionó en las tablas con La huida del Inca, que se montó en Piura en 1952, año en el que también comenzó a difundir relatos, poemas y artículos a través del diario La Industria. Eran los tanteos iniciales de un autor en su fase de aprendiz, textos embrionarios e irregulares que aún provocan su sonrojo. Sin embargo, los esbozos narrativos delatan a un muchacho con una imaginación viva y desbordante, fascinado por el viejo arte de contar historias.

De regreso en Lima, en 1953, Vargas Llosa ingresó a la Universidad de San Marcos para estudiar Letras y Derecho. A esas alturas, ya alentaba una vocación irrefrenable y se había lanzado a pergeñar sus primeros cuentos. A este periodo pertenece “El callejón”, un relato que nunca quiso recoger en libro (y que no figura en su bibliografía oficial), sin duda por sus ostensibles carencias. Vargas Llosa era un autor precoz –tenía 17 años–, pero la narrativa suele exigir un mayor recorrido vital y experiencia en el oficio. No obstante, habrá que señalar que “El callejón” revela una tentativa por apartarse de la norma en tanto el propio vecindario se convierte en el narrador de la historia; es decir, se le da una categoría de personaje (un recurso novedoso que, curiosamente, había probado en “Habla el estadio”, un artículo que publicó en La Industria). El cuento apareció en Turismo, una revista limeña que salía eventualmente y en la que Vargas Llosa se desempeñó un par de años como redactor principal.

Mario Vargas Llosa durante la lectura del cuento "Fochito y la Luna".
Mario Vargas Llosa durante la lectura del cuento "Fochito y la Luna".

Pese a las dificultades que afrontaba en su vida privada (se había casado con su tía Julia Urquidi, lo que había suscitado un escándalo familiar) y laboral (llegó a tener siete trabajos simultáneos), Vargas Llosa continuó escribiendo febrilmente. Su entrega al género breve le daría una gran satisfacción. A fines de 1957, su relato “Arreglo de cuentas” (más tarde rebautizado como “El desafío”) ganó un concurso promovido por La Revue Française, una revista francesa de arte y viajes. El premio era un viaje a Paris con todos los gastos pagados durante quince días. Uno puede imaginarse el increíble gozo que debió experimentar el joven escritor al pisar la ciudad de sus ensueños literarios. No consiguió ver a su admirado Sartre, pero tuvo la osadía de esperar a Camus a la salida del teatro donde ensayaba una de sus piezas. Según refirió, le “infligió” un ejemplar de Literatura, la pequeña revista que había sacado en Lima junto con Luis Loayza y Abelardo Oquendo, y se asombró cuando lo oyó hablar un buen español (su madre provenía de una familia originaria de Menorca).

En 1959, Vargas Llosa obtuvo una beca que le permitió trasladarse a Madrid. Allí sus cuentos le depararon otra gratificante sorpresa, pues se alzó con el premio Leopoldo Alas. Bajo el sello de la editorial Rocas de Barcelona, se publicó Los jefes, el libro ganador. El delgado volumen reunía cinco relatos (agregaría uno más en las ediciones subsiguientes) y estaba firmado por un escueto Mario Vargas. Siempre le guardó especial cariño, aunque ha asegurado que solo rescataría el impecable “Día domingo”. “Ahí empezó mi vida de escritor, al menos oficialmente –comentaría al respecto–. Creo que es un libro donde se ve una personalidad en proceso de formarse. Los jefes es un pequeño microcosmos de lo que vendrían a ser el resto de mis libros”.

Portada de Los jefes
Portada de Los jefes

¿Por qué abandonó el cuento luego de este auspicioso debut? Como diría el olvidado Mujica Lainez, es una cuestión de aliento. Vargas Llosa siempre ambicionó contar historias más extensas y complejas. Era un novelista nato, dotado con una visión de gran envergadura y la energía y constancia necesarias para desarrollar proyectos a largo plazo. Por tanto, los márgenes del relato corto le resultaban estrechos. En todo caso, al entrar en el nuevo siglo, parecería que ha vuelto a coquetear con el género. ¿No era el capítulo inicial de Travesuras de la niña mala (2006), aquel titulado “Las chilenitas”, un cuento redondo?

Y ahora nos deslumbra con “”, un relato perfecto que marca su primera incursión en un territorio fantástico. Si bien la intriga parte de una situación vivida e incluye como personaje a la actriz Aitana Sánchez Gijón, Vargas Llosa se vale de una sutileza extrema para trastornar la esfera de la realidad. Además, el cuento encierra una interesantísima reflexión sobre el simulacro de la ficción y su paradójica capacidad para llegar al fondo de la verdad. “El hombre de negro” es el gesto prodigioso de un viejo maestro que mantiene intactas sus facultades y sabe cómo sacar un as de la manga para encandilar a sus lectores.