"La burocracia refuerza el problema", por Angus Laurie
"La burocracia refuerza el problema", por Angus Laurie

Junto con el Callao, la población de está acercándose a los 10 millones de habitantes, una cantidad que en sí misma hace difíciles el planeamiento y la gestión del tráfico. Lima tiene además una estructura de gobernanza que hace que esta gestión sea extremamente ineficaz en comparación con otras ciudades de América Latina. Esto exacerba muchas de las problemáticas urbanas y genera mayor congestión e inseguridad, entre otros asuntos. 

Lima y el Callao tienen más de 50 alcaldes. Cada uno controla un territorio distinto, con poderes e intereses contrapuestos. Bajo este sistema fragmentado, hay una enorme diferencia entre los ingresos que recibe cada municipalidad, lo que puede entregar a la población bajo su cargo y la capacidad de su personal administrativo. 

El caso de Santiago de Chile es similar al de Lima, ya que sufre una problemática de fragmentación de gobernanza parecida. Sobre esto, el académico chileno Arturo Orellana Ossandón dijo: “Los procesos de crecimiento y expansión urbana han dibujado una cierta geometría espacial para la gobernabilidad y la gestión […] manifestada en síntomas de segregación, fragmentación y gentrificación que no hacen más que mostrar severas diferencias en el nivel de empoderamiento de las comunas”.

Estas palabras calzan con precisión en el caso limeño, donde los distritos con niveles socioeconómicos más altos implementan políticas de zonificación exclusivas bajo intereses propios, sin tener en cuenta el impacto al nivel de la ciudad. Por ejemplo, en algunos casos exigen tamaños mínimos de departamentos de más de 150 metros cuadrados y un mínimo de tres estacionamientos por departamento en algunas zonas, algo a lo que solamente una ultraélite puede acceder. 

Estas políticas que sistemáticamente excluyen a un gran sector de la población de la zona céntrica de la ciudad también resultan en una exclusión intergeneracional. Los hijos que quieren independizarse no pueden comprar en zonas cercanas a sus padres, no necesariamente por una inflación en el precio por metro cuadrado, sino por el aumento en las áreas disponibles de los departamentos en el mercado.

Por esta razón, los distritos céntricos, como Miraflores, según las últimas proyecciones del INEI, han sufrido una disminución en cuanto al número de su población, convirtiéndose en zonas de uso diurno únicamente. Paradójicamente, estas políticas distritales hacen que Lima pierda densidad en los distritos que justamente tienen un mejor acceso a trabajo, educación y espacio público.

Hace más de 50 años, la ciudad de Curitiba empezó a vincular el planeamiento con el acceso al transporte público y zonas de trabajo. En Lima hacemos lo opuesto, basando el planeamiento en niveles socioeconómicos. En vez de vincular los usos y densidades poblacionales con el transporte, las políticas de los distritos más empoderados tratan de proteger la “residencialidad” bajando la densidad y promoviendo el uso del automóvil, dando como resultado los problemas graves que vemos a diario. 

Por esta razón, en lugar de pensar como una metrópolis, Lima se manifiesta como una ciudad frágil, dividida y fragmentada.

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