Redacción EC

JOSÉ MIGUEL SILVA MERINO

Como una de las más grandiosas formas de representar lo nacional, el Neoperuano fue un estilo artístico que nunca estuvo exento de la polémica. Su principal impulsor fue el ex presidente Augusto B. Leguía, ícono - para bien o para mal - de la historia republicana.

Conversamos con Gabriel Ramón Joffré, arqueólogo, historiador y autor del libro El Neoperuano: Arqueología, estilo nacional y paisaje urbano en Lima 1910-1940 (Sequilao Editores/Municipalidad de Lima, 2014).

La publicación recoge diversos ejemplos de cómo se intentó peruanizar espacios de la capital. Las fotografías ayudan a ubicarnos en algunos lugares que hoy no existen más a consecuencia del desarrollo urbano. Finalmente, analiza el conflictivo legado del Neoperuano.

-¿Sería imposible hablar del Neoperuano sin un personaje tan gravitante como Augusto B. Leguía?

Él fue fundamental porque articuló un montón de cosas. Leguía quería usar Lima como una caja de resonancia para su política. Entonces, todo lo que fuera espectáculo le interesaba. Lo que ofrecía el Neoperuano era algo nuevo, un discurso local. ‘Nosotros no somos iguales a lo de otros lados, sino que vamos a agregar algo nuestro’. No fue él quien ideó el estilo pero sí dijo ‘esto vende, vamos por ahí’. Y lo supo usar bien. Fue clave en articular el estilo.

-¿A qué te refieres cuando mencionas el contraste entre ‘pasado colonial’ vs ‘metro cuadrado urbano’?

Cuando estudiamos en el colegio empezamos con la idea de que todo el pasado pre colonial es valioso, que hasta el último huaco es un poquito una síntesis del pasado, que lo representa. Pero a la vez, si se protegiera todo eso, ¿cómo va a crecer la ciudad? Desde chicos tenemos este choque de dos mensajes: el lírico patriótico (algo que es bonito y se debería cuidar) y el concreto relacionado al metro cuadrado (es decir que el piso cuesta mucho). Entonces, si te vuelas una huaca, el dinero que puedes obtener vendiendo ese terreno es muy alto. Eso siempre chocará si no existe una política del Estado fuerte. Lamentablemente, eso no se ha conseguido hasta ahora.

-¿Por qué Tiahuanaco impactó tanto en los intelectuales de la época que trabajaste en tu investigación?

Si miras Sudamérica desde el aire, al centro o en un punto clave sale Bolivia. Esta zona estaba en lo más remoto, como en el corazón, era lo más lejos del mar. Entonces para llegar a este punto había que viajar. En medio de esa altura ver estos monumentos tan impresionantes, tan fuera de serie. Que para mí son más impresionantes que las cosas incas como individualidades. Eso fue impactando paso por paso. Ya desde Cieza de León en el siglo XVI hay referencias hacia quienes lo construyeron, pero eso siguió siendo una incógnita en todo el periodo colonial y especialmente al inicio de la época republicana. Además, se fue transmitiendo, por grabados, luego a través de la fotografía. Se generó este (impacto). Luego esto fue reforzado con rituales patrióticos, como el de los argentinos. Cuando ellos quieren celebrar el primer aniversario de la Revolución del 25 de Mayo la celebran en Tiahuanaco. Ya entonces era potente el sitio.

-¿Por qué eso se ha perdido esta admiración?

Porque no nos conviene. Ese es el dilema del nacionalismo peruano. Es tan rígido que no puede imaginar que sus raíces estén fuera. Quiere que hasta las raíces estén dentro del Perú. Es lo mismo que pasó con Chavín y lo que pasa ahora con Caral. La idea es que somos el centro de todo. Es como que ahora no estamos bien pero en el pasado hemos sido los campeones mundiales. Tiahuanaco rompe con todo eso porque está en Bolivia. ¿Cómo hacer para decir ‘nosotros somos los mejores pero en realidad venimos de Bolivia’? Se debería aceptar tranquilamente pero por el nacionalismo rígido y mal entendido que tenemos eso no se sigue.

-¿Se puede hablar de diferentes patrones en la elección de monumentos para la ‘vieja Lima’ y la ‘nueva Lima’?

La ‘vieja Lima’, o sea dentro dce las murallas, ya estaba copada simbólicamente. Cada gran familia, los ‘señorones del Perú’ querían una estatua que represente a alguien de su familia o a algún pariente distante o a algún héroe criollo. Ya no había espacio en el Centro de Lima. Por lo tanto, estos nuevos héroes – reivindicados en la época de Leguía – cualquier tipo de héroe indígena, indio o no blanco, ya no tenía espacio en el centro. Por eso hablo del caso de José Olaya, que podría ser la excepción. Pero parece que el monumento es reciente. Entonces tampoco rompe la regla. Castilla, que es un caso límite, tampoco tuvo un monumento acorde a su envergadura. Tremendo personaje que recién ahora tiene su espacio en la Plaza Castilla. Yo diría que sí, esta cuestión de copamiento simbólico de la ‘vieja Lima’ hace que los otros salgan a la periferia.

-Con motivo del centenario de la Independencia hubo una serie de regalos al país. ¿Qué buscaban estos países  al enviarnos estos presentes?

¿Por qué tú regalas cosas?

-Agradecimiento, quizás.

Por cariño también. No es que todos seamos utilitarios también y regalamos para tener más conexiones. Creo que un regalo implica un montón de cosas. La gente se fija a veces solo en el tema del poder.

-Eran países que estuvieron unidos al Perú en algún momento de la historia.

O simplemente gente que vivió acá y le gustó. Creo que es una combinación de cosas. En el caso de Japón, uno nota que hay un interés por ‘mira, queremos quedar bien’. El problema es que hay muchas lecturas para el mismo objeto. Un representante de la colonia japonesa no dirá lo mismo que un funcionario del Gobierno de Estados Unidos.  En muchos de los casos se buscó agradecer al Perú pero también decir algo como ‘agradecemos pero mira cómo lo estamos haciendo’. No es lo mismo que te regalen un lapicero cualquiera a uno de marca. 

El monumento a Manco Cápac fue polémico desde su instalación hace casi 100 años. (Foto: Richard Hirano/El Comercio - 2009)

El monumento a Manco Cápac fue polémico desde su instalación hace casi 100 años. (Foto: Richard Hirano/El Comercio - 2009)

-¿Por qué el Monumento a Manco Cápac fue uno de lo que más controversia generó?

Manco Cápac no es un héroe, es uno de los fundadores de la Nación. Es mítico, nadie ha probado que exista. Es una figura fundacional pero tiene una fuerte carga étnica. Es decir, no es un blanco, es un indio o indígena. Entonces, fíjate en la cantidad de niveles que hay con ese objeto, que es nuevo para la ciudad. Fue el primer Inca que iba a ser homenajeado. Antes se quiso hacer lo propio con Huayna Cápac, pero no porque sea considerado un héroe total, sino porque sus huesos supuestamente fueron encontrados en San Andrés. En el caso de Manco Cápac sí se le quiso homenajear como alguien importante para todos, como San Martín o Bolívar. Pero ojo, estos dos son extranjeros. Sin embargo, yo no creo que los nikkei tuvieran la intención de crear esa controversia. Ellos querían dar algo que simbólicamente jugara entre Perú y Japón. Ya luego se dio un efecto bola de nieve. No estaba planeada (la polémica). Ya en la práctica hubo una serie de choques y el monumento se fue trasladando desde el centro hacia La Victoria.

-Y ahí está el detalle del monumento a Manco Cápac señalando a Huatica.

Claro. Siempre se habla de “oh rescatemos Lima Milenaria” y yo creo que Huatica es el mejor símbolo de Lima Milenaria porque ha sido construido en la época pre colonial, aprovechado en la colonial y que incluso en la época republicana siguió siendo usado. Entonces es un tremendo símbolo que siempre fue relegado. Esto, además, coincide con el nombre del prostíbulo.

-¿El Parque de la Reserva puede ser considerado como la obra final del Neoperuano en el Oncenio?

El Neoperuano continuó. Pero sí, se trata de la obra más ampulosa. Y se dio en un momento de decadencia. Me suena como a que el régimen de Leguía no podía estar peor pero él sigue insistiendo en este boato, en estas ceremonias incaicas. El parque marca el inicio del fin. Hasta ahora es el mejor parque de Lima.

El Parque de la Reserva tras ser restaurado en el año 2000. (Foto: Mayu Mohanna/El Comercio)

El Parque de la Reserva tras ser restaurado en el año 2000. (Foto: Mayu Mohanna/El Comercio)

-¿Se puede hablar de una impronta que haya dejado Leguía en la cultura peruana?

En los libros de historia se le señala como fundador del Perú moderno. En los aspectos simbólicos yo creo que es el fundador de esta retórica que no se hace problemas con escoger un periodo. Durante mucho tiempo hubo polémica, por ejemplo, de indigenistas vs. hispanistas. Leguía aceptaba a todos. Sabía muy bien cómo jugar con los símbolos y las jerarquías. No cuestionaba nada pero a la vez ‘le daba bola a todos’. Es una estrategia muy buena.