La melódica revolución de Chabuca [CRÓNICA]
La melódica revolución de Chabuca [CRÓNICA]
Fernando González-Olaechea

La voz es honda y suave como una marea mansa que se hace de una playa. En su arrullo las letras bambolean una tras otra, acompañándose, hasta cerrarse en un silencio de final de canción. La voz es . Porque Chabuca Granda es primero una voz. Una voz que canta y cuenta su tiempo en algunas de las composiciones más logradas de la música peruana. 

La imagen que se tiene de ella es la de la cantora de una lejana Lima señorial y elegante. Canciones como “La flor de la canela” y “José Antonio” sirven como sostén para tal figura.

Isabel Granda Larco –Chabuca– nació en Cotabambas, en Apurímac, en los Andes centrales. Este jueves cumpliría 95 años. A los 3 años llegó a Lima y se nutrió de las historias de esa Lima que supo retratar, una Lima que en los 50 –cuando se compuso “La flor de la canela”– empezaba a cambiar con una fuerte migración del campo a la ciudad. Ella supo tomar las imágenes de lo que fue y traducirlas en valses que destacaron por su estilización, aunque sin alejarse de lo que se esperaba de un vals criollo.

Raúl Renato Romero, director del Instituto de Etnomusicología de la Universidad Católica, comenta que aquella primera etapa de la música de Granda está marcada por un acercamiento tradicional a la música popular, aunque ya asoma una inquietud por llevarla más allá. “Ella define los cambios centrales de nuestra música popular en la segunda mitad del siglo XX”, dice. 

Sin embargo, Chabuca Granda no fue solo una evocadora de lo que fue, sino una relatora –poeta dirán los críticos, músicos y poetas; juglar hubo dicho ella sobre sí misma– de su tiempo. El paso fundamental llegaría en 1968, cuando empezó a tocar con el guitarrista Lucho González, un muchacho de 21 años con quien tocó por siete años y junto al que incorporó elementos del jazz y el bossa nova a un género que se caracterizaba por ser más bien estático. Se alejó de la tradición sin renegar de ella, sino con un afán explorador. 

El cambio también se dio en las letras. Chabuca dejó de cantarle a la Lima que había sido y empezó a centrarse en lo que pasaba, el hoy que vivía, guiada por una sensibilidad especial y una infrecuente intuición para la música. Mujer divorciada cuando aún se pensaba que eso era aberrante, con tres hijos y una carrera artística en un medio adverso, era claro que no se satisfacía ni amilanaba con los mandatos de sus días. 

Desde ese momento, algunas de sus canciones fueron sofisticadas letras que podían cantar al amor carnal –“cómo será el gemido y cómo el grito / al escapar mi vida entre la tuya / y / cómo el letargo / al que me entregue / cuando adormezca el sueño entre tus sueños”, “Cardo o ceniza”– y a la memoria de Javier Heraud, joven poeta que en su afán revolucionario murió veinteañero en Madre de Dios –“…las sombras, los silencios, los dolores / lloran aún más hondo al recordarte / haciendo guerra con tus flores buenas”, “Las flores buenas de Javier”–. 

Luego, tomó los ritmos afroperuanos y los colocó en un lugar central de su música, alejándola de los márgenes que ocupaba. Chabuca llevó la música peruana a sus límites, rompiendo sus esquemas dominantes. Su éxito fue inmediato aunque no masivo. Fuera del país, en Argentina, España, México o Venezuela, también se reconoció su fino arte. 

Una falla cardíaca acabó con su vida el 8 de marzo de 1983. Chabuca –ya no su cuerpo, ni su baile, el empeine terso, los ojos azules como el cielo más limpio de Apurímac– es ahora memoria y voz. Una voz persistentemente viva.