María del Carmen Yrigoyen

En las 19 hectáreas sobre las que se construyó el , hay 766 monumentos fúnebres y 220 mil cuerpos.  Entre ellos, los de los héroes de la Guerra del Pacífico, los de 37 presidentes y los de 30 escritores. También están los restos de la actriz Micaela Villegas, más conocida como la Perricholi, y de la primera mujer peruana que se recibió de médico, Laura Rodríguez Dulanto.

El cementerio fue inaugurado en mayo de 1808 durante la gestión del Virrey José Fernando de Abascal. "En esa época, venir desde la Plaza de Armas hasta acá tomaba casi 2 horas en coche. No estaba urbanizado. Alrededor había un bosquecillo", cuenta Gubén Chaparro, de 80 años, quien es uno de los guías más antiguos del Presbítero. 

Muchas cosas han cambiado desde entonces. Ahora la Línea 1 del Metro de Lima circula por encima del cementerio. De hecho, hay una estación a pocos pasos de la entrada principal, la que conduce al museo de sitio. Ya no hay bosques, sino apenas un parque pequeño frente a la cuarta puerta del camposanto alrededor del cual se han plantado numerosos comerciantes ambulantes para vender flores y comida.

Adentro son pocas las áreas verdes. Hay algunas palmeras saludables, pero la mayoría de árboles son una suerte de ramificaciones algo resecas, con pocas hojas. Un grupo de gallinazos vuela sobre nuestras cabezas y se posa sobre un pabellón.

En la Beneficencia de Lima afirman que tras muchos años de abandono, la última gestión municipal ha hecho esfuerzos por recuperar este espacio. Más allá de sembrar pasto, un grupo de especialistas acude a diario a restaurar las figuras que han sido dañadas por el tiempo."Antes la gente venía de paseo al Presbítero para admirar la belleza de las esculturas, que fueron encargadas a artistas renombrados", dice el guía. 

Chaparro, que trabaja en este cementerio hace dos décadas, cuenta que el virrey Abascal no permitió que nadie fuera enterrado ahí hasta dos años después de su inauguración, cuando murió una monja llamada María de la Cruz de la Luz. "Un día después de que abriera el cementerio, hubo un accidente y falleció un albañil. Pero el virrey quería que el primer enterrado fuera alguien de apellido rimbombante", dice el guía. 

Los restos de María de la Cruz y de la Luz yacen en el pabellón La Resurrección. A pesar del tiempo transcurrido, su lugar está siempre lleno de flores. "La gente cree que es milagrosa", dice Chaparro.

Otro al que nunca le faltan flores, globos e incluso ropa, es el pequeño Ricardo Esquiell. A este le piden favores laborales. Hay una escultura en su honor a la que visten con capas y coronas. También le dejan placas de agradecimiento. 

“Una vez estaba contando la historia del niño como parte del recorrido y cuando terminé se me acercaron dos señoras muy elegantes. '¡Qué bonito ha hablado usted de Ricardito! Nosotras somos sus familiares', dijo una de ellas. Luego, la otra corrigió: 'fuimos parientes de él'. Y me invitaron a visitarlas para que pudiera revisar algunos documentos y recuerdos de la familia. Con la dirección exacta, fui a verlas dos meses después. Pero el portero del edificio me informó que ambas habían muerto en Francia. Me persigné y me fui", asegura.

En exposición
Entrando por la puerta principal se exhiben dos coches que el cementerio adquirió en 1939. Uno, de color blanco, era la carroza fúnebre en el que trasladaban los ataúdes de las niñas. "Era un servicio para personas de mucho dinero. Las familias menos afortunadas trasladaban a sus muertos en este camión, que era usado, principalmente, para trasladar las indumentarias y herramientas con las que se celebraban los entierros", cuenta Chaparro.

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