Las principales y siempre congestionadas avenidas de Lima, como la Vía Expresa, lucieron vacías varios meses a causa de la inmovilización social obligatoria. Las disposiciones del Ejecutivo solo permitían el desplazamiento de algunos vehículos y personas que realicen trabajos esenciales. (Jesús Saucedo / Archivo)
Las principales y siempre congestionadas avenidas de Lima, como la Vía Expresa, lucieron vacías varios meses a causa de la inmovilización social obligatoria. Las disposiciones del Ejecutivo solo permitían el desplazamiento de algunos vehículos y personas que realicen trabajos esenciales. (Jesús Saucedo / Archivo)
Gladys Pereyra Colchado

Domingo 15 de marzo, 8:06 de la noche en la avenida Javier Prado. Con la radio del auto a todo volumen, Carola Neyra intenta interpretar lo que acaba de escuchar decir a en un Mensaje a la Nación transmitido en todos los medios: se cierran todas las fronteras, se declara inmovilización social, el Perú entra en estado de emergencia por el . Ella, jefa del terminal aéreo en LAP, trata de pensar estrategias rápido mientras explota su chat laboral con preguntas sobre cómo afrontarían la cantidad de pasajeros que intentaría salir de Lima cuanto antes. En cuestión de horas, muchos quedarían atrapados en la cuarentena.

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A 1.012 kilómetros de distancia, en Iquitos, el médico Jimmy Esteves ve en televisión el mismo mensaje y repasa en su mente el equipo disponible en el hospital para enfrentar el virus que pronto llegaría a su ciudad para competir con un dengue más agresivo que los últimos años: 9 ventiladores mecánicos y cero camas libres.

Al mismo tiempo, en un velatorio en Lima, Efraín Antícona, propietario de la Funeraria Amadeus, recibía por mensajes de texto los cambios que se avecinaban. Con 17 años en el rubro, intuía que los cuerpos no tardarían en acumularse si ellos se detenían. “Pensaba cómo extremar los cuidados, sabíamos que en Perú el impacto iba a ser fuerte y nosotros también éramos primera línea”, dice.

Esa noche, mientras el entonces presidente Martín Vizcarra anunciaba las nuevas restricciones para evitar contagios, millones de peruanos apenas asimilaban cómo cambiaría su vida. La pandemia no empezó con ese mensaje, pero se trataba del clímax de semanas de miedo e incertidumbre por un virus que oficialmente tenía nueve días entre nosotros. Fue el fin de la ‘normalidad’ que un año después dejaría 48 mil muertos – sin contar el desfase que duplica la cifra oficial – y una grave crisis económica.

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Suma de eventos

Vizcarra apareció en televisión a las 8 de la noche acompañado de todo el Consejo de Ministros, un representante de la Asamblea Nacional de Gobiernos Regionales y el presidente de la Asociación de Municipalidades del Perú. Para entonces, había 71 casos confirmados de COVID-19 en el Perú y tres días antes la OMS declaró a esta enfermedad como una pandemia. La segunda del siglo, después de la AH1N1 en el año 2009.

“Estamos ante el riesgo de que este virus pueda extenderse en todo nuestro territorio lo que haría más difícil aun enfrentarlo […] Hemos aprobado en el consejo de ministros y de manera unánime un decreto supremo que declara el estado de emergencia nacional por las graves circunstancias que afectan la vida de la Nación a consecuencia del coronavirus”, dijo. Lo siguiente fue enumerar las restricciones que regirían desde esa medianoche: 15 días de aislamiento social obligatorio, cierre de fronteras, suspensión de transporte internacional y la intervención de la Policía Nacional y las Fuerzas Armadas para el cumplimiento de las medidas.

Pero antes de que todo eso sucediera hubo otros cambios menos drásticos, pero bastante significativos a raíz de la confirmación, el 6 de marzo, del primer contagiado en el país. El primero fue las compras compulsivas con cierta obsesión por el papel higiénico y el incremento en el precio de mascarillas, productos de limpieza y protección. Lo segundo, Efraín Antícona lo explica así: “Los guantes que costaban 11 soles pasaron a 85 soles. Las máscaras 3M empezaron a costar 450 soles cuando normalmente el precio era entre 65 y 80 soles. Todo se encareció y eran equipos que necesitábamos para entrar a los mortuorios”.

Las mascarillas se agotaban en tiendas y centros comerciales. (Foto: Piko Tamashiro)
Las mascarillas se agotaban en tiendas y centros comerciales. (Foto: Piko Tamashiro)

El 12 de marzo, por ejemplo, este Diario reportaba que el respirador N95 había pasado de 6 soles a 25 soles, mientras que una mascarilla quirúrgica costaba 2 soles en lugar de los 0,50 céntimos usuales. Los mensajes sobre el uso de estos implementos también eran contradictorios. Mientras algunos especialistas lo sugerían, médicos como Augusto Tarazona, del Colegio Médico del Perú, indicaban que aún era pronto para usar una y que su acaparamiento afectaría a pacientes de cáncer o tuberculosis. Su uso se hizo obligatorio recién el 3 de abril.

Comerciantes frente al hospital Hipólito Unanue (El Agustino) ofrecían mascarillas N95 a S/ 20. También ofrecen artículos 'similares' entre S/10 y S/ 12. (Foto: Rolly Reyna/GEC)
Comerciantes frente al hospital Hipólito Unanue (El Agustino) ofrecían mascarillas N95 a S/ 20. También ofrecen artículos 'similares' entre S/10 y S/ 12. (Foto: Rolly Reyna/GEC)
/ ROLLY REYNA

Un día antes, el Poder Ejecutivo había declarado y dispuesto medidas de aislamiento para que los viajeros de España, Italia, Francia y China. Para Neyra, esos días se podrían resumir en dos palabras: cambios y ansiedad. La información que llegaba a cuentagotas sobre el COVID-19 hizo que el aeropuerto Jorge Chávez cambiara constantemente sus procesos para atender a pasajeros cada vez más preocupados. Empezaron a usar mascarillas, colocaron alcohol en gel y se implementó la toma de temperatura. “Vivíamos entre nuestra ansiedad y la de los pasajeros. Cuando se cerraron los vuelos de Europa y Asia había mucha gente que vieron sus planes frustrados”, cuenta a este Diario.

Carola Neyra en el aeropuerto Jorge Chávez antes del inicio de la cuarentena. (Foto: LAP)
Carola Neyra en el aeropuerto Jorge Chávez antes del inicio de la cuarentena. (Foto: LAP)
Aeropuerto Jorge Chávez cuando empezó la cuarentena. El cierre duró cuatro meses. (Foto: LAP)
Aeropuerto Jorge Chávez cuando empezó la cuarentena. El cierre duró cuatro meses. (Foto: LAP)
/ Johnny Nastri

El 11 de marzo también se suspendieron o aplazaron las clases en todos los colegios públicos, privados y algunas universidades del país, y hasta se hablaba de sancionar penalmente a las personas contagiadas que salgan a la calle. Para evitar aglomeraciones, se prohibieron actividades que congreguen de 300 personas a más. Nada fue suficiente. En cuatro días, los casos positivos pasaron de 17 a 71. Por esa época solo existía un lugar para confirmar casos: el Instituto Nacional de Salud (INS) era el único encargado de realizar las pruebas de laboratorio PCR para detectar el Sars-CoV-2.

Las recomendaciones para quedarse en casa tampoco fueron escuchadas. El sábado anterior al anuncio de cuarentena, líderes evangélicos peruanos y extranjeros se reunieron en el Congreso Iberoamericano por la Vida y la Familia en el hotel Los Delfines del distrito de San Isidro. Más de la mitad del auditorio ubicado en el segundo poso, con sillas para 650 personas, estaba lleno, según pudo confirmar este Diario. Un día antes, afuera de una discoteca de Miraflores, una joven resumió en una frase esa idea equivocada de que el virus no alcanzaría a todos: “Obviamente [el coronavirus llegó al Perú], pero a nosotros nunca”.

Mientras tanto, los caso seguían creciendo. Para el 18 de marzo eran 145. Ese día se ampliaron las restricciones a una inmovilización social obligatoria o toque de queda nacional. Hasta ese momento, no había reportes oficiales de fallecidos por COVID-1 . El jueves 19 de marzo todo cambió. Ese día, se reportaron tres muertes por COVID-19 y desde entonces no se ha parado de contar muertos por decenas cada día.

Durante el estado de emergencia, la PNP y las Fuerzas Armadas supervisaron la aplicación de la inmovilización social obligatoria.  Primera noche de toque de queda dejó 139 personas detenidas en Lima y 14 en el Callao. (César Grados / Archivo)
Durante el estado de emergencia, la PNP y las Fuerzas Armadas supervisaron la aplicación de la inmovilización social obligatoria. Primera noche de toque de queda dejó 139 personas detenidas en Lima y 14 en el Callao. (César Grados / Archivo)

El país al que llegó el virus

Cuando se confirmó el primer caso de COVID-19, el país ya sufría por un sistema de salud deficiente. Según datos del Minsa, hasta el 2019 contábamos con 51.781 camas hospitalarias para total en el país, equivalente a 1,6 por cada mil habitantes. Respecto a Unidades de Cuidados Intensivos (UCI), un de mayo pasado pone en números la brecha frente a otros países: Perú tenía apenas con 2,12 médicos intensivistas por cada 100 mil habitantes, frente a los 17,27 que tenía Uruguay, primero en la lista. En camas de cuidados intensivos, nuestro país registraba 2.58 por 100 mil habitantes y Uruguay, nuevamente a la cabeza, 20,15. En ventiladores mecánicos la diferencia era igual de acentuada respecto al país mejor ubicado de la región: 5 por cada 100 mil habitantes ante los 24,85 de Brasil.

Recursos para UCI en países de Sudamérica (OMS)
Recursos para UCI en países de Sudamérica (OMS)

Todo esto mientras se enfrentaban otras enfermedades endémicas. Jimmy Esteves, hoy jefe del Servicio de Emergencia del Hospital III Iquitos de EsSalud Loreto, explica que antes de la pandemia su región atendía casos de dengue más agresivos que en años anteriores. “En el ‘denguetorio’ y en un área acondicionado teníamos a 36 pacientes. Eran niños y adultos hospitalizados por dengue grave o con signos de alarma. Los casos en el 2020 eran más complicados que los que solíamos recibir”, explica a El Comercio.

Para tener una idea de las principales preocupaciones hospitalarias en el país antes de la pandemia, hasta el 2019, las principales causas de morbilidad por hospitalización eran el embarazo terminado en aborto y las enfermedades de apéndice, mientras que la neumonía tenía el mayor porcentaje (10,6%) de muertes en estos establecimientos, seguida de “otras enfermedades pulmonares intersticiales con fibrosis” (5,1%) y cirrosis del hígado (4,8%).

Por eso, cuando Esteves se enteró del COVID-19, su primera impresión fue la incredulidad. “Estábamos más preocupados por el dengue, la malaria, la chikungunya. Al inicio fue un poco escéptico sobre qué tan grave podía ser después de haber vivido la pandemia de AH1N1. Yo mismo estuve hospitalizado por esa enfermedad en el 2014, pero la mortalidad era bajísima”, cuenta.

Al día siguiente del anuncio de la cuarentena, se confirmó el primer caso en la región. Se trataba de un paciente que un colega suyo del SAMU había atendido días antes. Dicho médico y todo su equipo resultaron contagiados.

“No estábamos preparados, no había medicamentos, equipos de protección personal. De 21 médicos en el área de emergencia, quedamos 8 y el resto se enfermó. Varios compañeros murieron en nuestras manos”, narra. Él mismo estuvo internado seis días en el hospital por COVID-19 con el 40% de los pulmones dañados. Fue en enero, luego de atender a pacientes 10 meses sin descanso, incluido el tiempo que dirigió el hospital blanco de Essalud implementado en el pico más alto de muertes. “Contagié a mi esposa, a mis hijas, fue un mes terrible”, dice. El 2 de febrero, sin embargo, regresó al trabajo para seguir luchando contra el virus.

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El ministro Óscar Ugarte indicó que nuestro país se guiará sobre lo que señale la Organización Mundial de la Salud (OMS).


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