A sus 61 años, Amanda Gómez Aldana no le tiene miedo a nada. Tanta es su fuerza y determinación que desde marzo del 2020 se viene enfrentando a un enemigo invisible que ataca desde mucho antes del COVID-19 a miles de peruanos: el hambre.
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“Decidimos cocinar en grupo, porque así se aumentan el arroz, las menestras, la carne, y alcanza para llenar un poco el estómago”, dice la mujer que lidera la olla común Los Zapatitos Rotos, instalada en el sector 6 de La Fragata, en San Juan de Lurigancho.
Hoy, la lucha de Amanda y sus compañeras continúa y desde hace algunos meses el alza de precios en varios productos de la canasta básica (ver gráfico) pone en peligro la labor de estas mujeres que cocinan para 20 familias de su comunidad.
“Hemos cambiado totalmente el menú. Ahora preferimos los guisos y los complementamos con arroz o papas. Ya no podemos comprar pollo ni pescado, porque eso se lleva casi todo nuestro presupuesto diario que es de S/60”, dice Amanda, quien explica que los ingresos de la olla común también se han visto afectados porque las familias compran menos platos y hay muchos que no pueden pagar los S/3 que se cobran por ración.
Talía del Pino Gonzales, cofundadora de la Asociación Manos a la Olla, coincide con Amanda en que cada vez la situación de estas comunidades se está volviendo más adversa debido a la falta de donaciones, la mala gestión de los recursos por parte del Gobierno Central y municipios, y sobre todo, por el incremento de precios.
En esa línea, el economista y profesor de la Universidad del Pacífico Jorge Gonzales Izquierdo advierte que hasta que no se estabilice el precio del dólar, que viene incrementando su valor desde mayo, los productos de primera necesidad, medicinas, máquinas, combustible, etc., van a seguir en aumento.
De acuerdo con el especialista, esta alza en los alimentos también se debe a la especulación de precios y al factor climatológico debido a las heladas y lluvias que dañan y retrasan los cultivos.
Divide y vencerás
Otro panorama similar se ve en la olla común El Mirador de la Medalla Milagrosa, que debido a la falta de presupuesto cerró la cocina comunitaria durante toda esta semana. “Nos hemos dedicado a juntar leña y buscar la forma de obtener dinero para los almuerzos de la próxima semana”, cuenta Leonarda Vega Timo, de 38 años, que colabora en la preparación de los 110 platos que alimentan a 45 familias de su comunidad.
Leonarda señala que tampoco recibieron ayuda de víveres por parte de la municipalidad, y que el programa Qali Warma los abastece desde marzo con una canasta que tiene algunas bolsas de arroz, menestras y avena.
“A diario hacemos 25 kilos de arroz, 12 kilos de menestras y, cuando el pollo estaba más barato, preparábamos siete aves. Ahora es un lujo comer carne y la ayuda es insuficiente”, expresa la mujer.
Cerca de allí, la olla Los Jardines subsidia la alimentación de 18 adultos mayores y una de las tres mujeres que cocina, Brígida Roca de la Cruz, construyó en dos días un fogón de leña. “Con esto nos ayudamos para sancochar papas o menestras. Ahora que el gas ha subido y pagamos S/55 por balón, no podemos desperdiciarlo”, explica la mujer que calcula usar un balón de GLP cada tres o cuatro días.
Para Talía del Pino, es necesario que el Gobierno declare el estado de emergencia alimentaria, con la finalidad de que se pueda ayudar económicamente a las más de 2.500 ollas comunes que se han registrado en Lima Metropolitana. Datos de diversas organizaciones señalan que unas 238 mil personas reciben, al menos, una comida al día por parte de las ollas comunes.
“Queremos recursos, equipamientos e infraestructura de forma inmediata. La incertidumbre política, social y económica son algunos de los factores que están agravando la crisis y poniendo en peligro la organización de las ollas comunes, y hay que recordar que en los puntos máximos de necesidad es en donde surgen estas organizaciones colectivas”, explica.
Todas las ollas visitadas necesitan artículos de limpieza, utensilios de cocina, arroz, avena, leche, menestras, fideos, atún y verduras.
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