Juan Pablo León Almenara

El servicio de los alimentadores del Metropolitano nació sin poder alimentar. Nació para hacernos esperar más de 30 minutos por un bus, que al final llega repleto. Y un bus lleno significa tener un contagio seguro y, obviamente, no poder llevar a nadie que esté en silla de ruedas o con alguna otra discapacidad. Encima comenzó cobrando S/0,50 para luego pasar a S/0.70 y hoy cobra S/1.00 para llevarte a la estación, en la que vas a tomar el bus troncal donde terminarás pagando un total de S/2,50 por el servicio completo.

Si no conoces el drama que sufren las personas con discapacidad en los alimentadores, .

El transporte público es la prestación de un servicio que debería llevarte de un lugar a otro en un tiempo determinado. Es todo lo contrario a lo que ocurre con los alimentadores. Aparecen cuando quieren y te recogen cuando hay sitio. No tienen una frecuencia definida. Luego de una larga espera en la que no pasa ningún bus, de pronto llegan seis unidades vacías en fila, en vez de que un programador reparta la flota en períodos específicos para disipar las colas y llevar a más pasajeros de manera eficiente. Flota hay. Lo que nunca existió es frecuencia.

La propia figura del ‘datero’ –de los buses, micros y coasters del transporte tradicional– es mucho más útil que la frecuencia de los alimentadores y del propio servicio troncal del Metropolitano. Los mismos colectivos informales están más organizados para cubrir la demanda insatisfecha de estos. Esto explica por qué alrededor de los paraderos de este servicio siempre hay taxis colectivos, desde la ruta Tungasuca en Lima Norte hasta el paradero del Centro Cívico, en el Cercado. Estos choferes informales saben muy bien que los alimentadores van a dejar botados a sus pasajeros, quienes terminan financiando el servicio ilegal.

En la práctica, los alimentadores parecen haber funcionado ‘de la mano’ con los colectivos informales que jalan pasajeros alrededor de sus paraderos, para cubrir la demanda que aquellos no pueden. Es como si al propio sistema formal le conviniera la aparición del informal, pues sin este último la situación sería insostenible.

Ni qué decir de los domingos: el servicio alimentador es nulo. Antes y durante la pandemia.

¿Por qué no pasan con frecuencia fija, como cualquier otro servicio de transporte del mundo? Es la pregunta que nos hacemos hace años en la campaña de El Comercio. La combi más destartalada pasa por su paradero con mejor coordinación. El propio Metropolitano –ruta troncal– aún tiene decenas de paneles LED, instalados para mostrar el tiempo de llegada de buses, totalmente inoperativos.

Hoy, mientras el servicio de los alimentadores estaba suspendido, el alcalde de Lima, Jorge Muñoz, convocaba a una actividad social en Villa El Salvador: si alguien quisiera ir, no podría, pues no hay alimentadores. Resulta paradójico que ahora paralicen sus servicios, sin previo aviso a sus pasajeros, debido al reconocimiento de la deuda que la MML tiene con ellos por junio y julio, la cual hasta ahora no se paga.

Exigir un buen transporte no es pedir un favor: es un servicio público que tenemos derecho a reclamar. El transporte es la última rueda del coche. El problema es que el propio sistema nos acostumbró a eso. Siempre he creído que si las propias autoridades usaran el transporte que ellos administran, otra sería la historia: ese día cambiaría todo.