José Carlos Picón

La representación de una ciudad no solo requiere de inventiva. También de compromiso. Un compromiso serio y dedicado con sus antagonismos y sus facetas más dóciles, con su monstruosidad babélica y el remezón de sus peores alergias. Francisco Guerra García egresó de la Facultad de Arte de la Católica a inicios de los noventa y ya tenía clara su visión de respirar la urbe que en los años 40 nacía de la eclosión de un desborde —sí, el de Matos Mar— , de asimilarla, y de articularla en soportes que aguantaran su sudor, el óleo, el acrílico, incluso la acuarela. La primera representación de aquella construcción arquitectónica emergente con identidad, pues, relucía en cartón bajo la pasta, bajo la violencia del óleo: microbuses, carretillas de comida, heladeros, avisos de neón, peatones anónimos.
 
Lo de Guerra García pulula a través del expresionismo, tan en boga en su época de estudiante. Por cierto barroquismo urbano con reminiscencias de cultura andina (ahí se ven, en sus retratos pictóricos de Lima periférica, la imaginería y el retablo en dos dimensiones). Y como el artista también reconoce, reedita a su antecedente no tan remoto, uno de los más ilustres intérpretes plásticos de la capital en la Colonia, su tocayo Pancho Fierro. Se suman en la sala, además, distintos rostros de la metrópoli tajeadas por el pasmo de las combis y los alaridos de los sistemas de producción y socialización mundana. Pero a todo color. Llama la atención una serie que enfatiza la figura del “Gigante de Chambi”, desligado de su mendicidad y convertido, gradualmente, en un peatón en Gamarra, un personaje pop, en el propio ‘Cholo’ Sotil o en un individuo salido del submarino amarillo de los Beatles. Y esa es la propuesta híbrida que trae Pancho Guerra García. 

—Esta exposición reúne parte de tu trabajo realizado a lo largo de 20 años. 
Así es, una parte. No es una muestra antológica. Pongo cosas representativas y que tienen un valor sentimental. He pedido a mis amigos, incluso, que me presten mis cuadros. El pintor tiene que pintar, mostrar y vender. Hemos perdido ese chip de la venta. Uno vive de su trabajo en una empresa o para uno mismo.

—En tu pintura el tema recurrente es Lima. En ese sentido rescatas cierta estética de la ciudad, no solo la tradicional sino la caótica. 
Me gusta retratar Lima y que esa urbe se maquille y se mejore. La mezcla y el caos se convierten en algo bonito. El tráfico infernal de Lima se convierte en algo estéticamente bello. Trato de tamizar lo horroroso de Lima. 

—¿Consideras que lo caótico guarda una estética?
Yo soy caótico. Esa estética es la de los encajonamientos. Como en el mundo de los micros y las combis. Están atorados. Yo pinto ese atoramiento. Trato de no sufrir con la complejidad que puede dar una ciudad como Lima. Ahora, yo soy un hombre de a pie, soy un peatón y camino por la ciudad. Esta te da imágenes y cosas que ocurren. Te brinda metáforas, historias y anécdotas. En Lima solemos renegar y tener quejas por cada cosa que está mal o sale mal. Es un poco incoherente y contradictorio. Me quejo, pero la pinto.

—¿Es una relación de amor-odio?
No me gusta hablar de odio. Es amor-distancia, una relación complicada. 

—Las contradicciones son registradas. 
Sí. Me encanta escuchar cuando alguien ve mis cuadros y dice “eso ya no existe”. Como es el caso de “La Cachina”. Lo que hago es registrar momentos de la urbe. A manera de anécdota, te cuento que me dieron la tarea de ilustrar la portada para la edición de los 20 años de “Desborde popular” de Matos Mar, quien acaba de fallecer. Fue publicado por el Congreso e incluyó un collage de mis pinturas en la carátula. Tuve la ocasión de irme con Matos a Lima norte y visitar centros comerciales, vimos las barriadas ahora convertidas en emporios comerciales. “Era cierto lo que yo intuía”, decía el maestro. Terminamos almorzando en el Cordano. 

—Estás en constante trabajo de campo.
Me movilizo porque realizo labores de asesoría con empresarios y microempresarios de Gamarra, o de algunos negocios; por ejemplo, en la punta del cerro en Chorrillos y entierro los zapatos en la arena. Los sábados me voy a trabajar a Ventanilla y siempre tomo apuntes en un cuaderno, una libreta. Esto para mí es básico. Mi insumo principal es la ciudad y me cuesta salir de esta. Me sumerjo y saco íconos de ella: el Señor de los Milagros, Sarita Colonia y el gigante de Chambi. Lo mismo para Gamarra, La Parada, La Cachina. Pero, ojo, los presento de manera diferente. 

—Retratar Lima trae consigo ciertos riesgos.
Hay que tomar ciertas precauciones [ríe]. La gente que dibuja es temida. Quienes toman apuntes son peligrosos para el ‘establishment’. 

—El pintor es un observador.
Así es. Y hay que enseñar a observar a las nuevas generaciones. 

—¿A qué suena Lima?
Suena a ruido, a fracturas. Es una superposición de elementos que se juntan en desorden, en caos. Así es su cultura, la nuestra, eso es lo que llevo al soporte. Es un poco la música con la que vivimos día a día. 

MÁS INFORMACIÓN
Lugar: Centro Cultural El Olivar de la Municipalidad de San Isidro. Dirección: Calle La República 455. Día y hora: Inauguración, mañana, 7:30 p.m. 

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