Oscar Wilde y Albert Camus.
Oscar Wilde y Albert Camus.
Fernando Ampuero

Oscar Wilde se tomó las cosas en broma, si exceptuamos los últimos cinco años de su vida, en los que fue víctima de la intolerancia victoriana. Perdió en esos años fama y fortuna; perdió también la libertad, cuando lo procesaron y condenaron a trabajos forzados; por último –y esto representó un gran perjuicio para la humanidad–, perdió la encantadora frivolidad con la que solía afilar su ironía. Y así, tras salir de la cárcel, no soportó que lo señalaran como un paria y huyó de Londres y se exilió en París, llevando por todo equipaje la pesadumbre de haber participado en “una fiesta con panteras”.

Pronto los parisinos quedaron sorprendidos. No habían acogido al excéntrico provocador, cuyos relámpagos de ingenio hacían las delicias de los salones mundanos, sino tan solo a un dandi melancólico. Wilde escribió entonces dos obras que fueron el reverso de sus lúdicas y chispeantes comedias sobre la clase alta británica: De profundis, despechada carta a Lord Alfred Douglas, su amante homosexual, en la que desnudó la hondura de su sufrimiento, y el poema Balada de la cárcel de Reading, deslumbrante exaltación del amor y sus penurias. Estas obras, que serían su último legado, sirvieron para que un escritor de las antípodas, Albert Camus, se conmoviera.

Wilde murió en 1900 y Camus nació en 1913. Fueron autores geniales unidos fugazmente por el siglo XX; y ambos, de hecho, consiguieron cautivar a su auditorio y a sus lectores. Wilde, helenista exquisito, encarnó el fulgor del epigrama, el culto del arte por el arte. Camus, tan serio como se lo impusieran los duros años de su infancia, fue un humanista: predicó los valores de la libertad y la justicia. Al primero, se lo tildó de decadente; al segundo, de existencialista y profeta del absurdo, etiquetas que rechazó.

(Ilustración: Víctor Aguilar)
(Ilustración: Víctor Aguilar)

Supuestamente, Camus leyó a Wilde con fastidio e incluso desdén. Se mostraba impermeable a su sentido del humor. Ninguna de las sutilezas, ninguna de las brillantes e irreverentes frases de aquel “héroe de las fiestas vacías”, lo hacía sonreír. En su artículo El artista en prisión, Camus (con la mirada frontal del pied noire argelino que llevó siempre en su corazón), acepta solamente al Wilde de las agonías, aquel que en De Profundis y la Balada de la cárcel de Reading descubre el dolor y la compasión. Y, claro está, lo acepta para celebrarlo y decirnos que ahí se halla el poeta que “merece ternura y admiración”, porque la creación artística solo tiene mérito si se le da “sentido al sufrimiento”; y luego, para refrendar su teoría, agrega: “La belleza surge entre los escombros de la injusticia y el mal”… Al otro Wilde –el de las simpáticas comedias, el de Dorian Gray y los cuentos El ruiseñor y la rosa o El príncipe feliz– no lo ve. Apenas lo caricaturiza: “Cenar todos los días en el ‘Savoy’ no exige forzosamente genialidad, ni siquiera aristocracia, sino solo fortuna”; o, con mayor desprecio, lo banaliza al extremo del ridículo: “La única felicidad que Wilde conocía era ‘vestirse con el sastre de moda’…”.

Para los devotos del poeta irlandés, Camus resulta injusto. Sin embargo, el propio Wilde le da la razón: “Mi error – dice en De Profundis – fue confinarme exclusivamente entre los árboles del lado asoleado del jardín y rehuir el otro lado por sus sombras y oscuridad”.



Wilde murió en 1900 y Camus nació en 1913. Fueron autores geniales unidos fugazmente por el siglo XX; y ambos, de hecho, consiguieron cautivar a su auditorio y a sus lectores.

De profundis, escribe Camus, es “uno de los libros más bellos que haya nacido del sufrimiento de un hombre”. En sus páginas se ha esfumado la prédica hedonista de Wilde: “Amarse a sí mismo es el comienzo de un idilio que durará toda la vida”. Y, por si esto no bastara, emerge un Wilde etéreo, que en breve entregará una obra maestra, su Balada de la cárcel de Reading, donde el poeta, y “gran señor echado a la chusma”, se identifica con sus hermanos del presidio como prójimo solidario y compasivo.

¿Todos somos culpables de algo? ¿Todos, en algún momento, somos víctimas de las pasiones humanas? Durante su reclusión en Reading, Wilde quedó terriblemente impactado por la ejecución de un reo. Era un hombre de treinta años. Se trataba de Charles T. Wooldridge, soldado de la Guardia Real de Caballería. Wilde lo veía en las rondas del patio de paseo, y de ahí provienen las primeras estrofas de su balada:

No tenía ya chaqueta roja/ como es el vino y es la sangre; / y sangre y vino eran sus manos/ cuando le hallaron el cadáver/ de la pobre mujer que amaba/, y a la que dio muerte el infame”, “Andaba él entre los presos/ con traje gris y con gorrilla: / Parecía feliz su paso. / Mas nunca antes vi en la vida/ un hombre que, tan intensamente, / mirara así la luz del día”,Jamás he visto ningún hombre/ mirar así, con tal mirada, / ese toldillo de turquesas / que los reclusos llaman cielo”.

Charles T. Wooldridge murió en la horca, mientras entre los “muros construidos con ladrillos de infamia” resonaban gritos “que brotaron de todas las celdas de Reading para aplacar el grito del prisionero que unos hombres de frac estaban colgando”.

Dolido testigo de las miserias que padecen muchos seres humanos, Wilde encabalga la estrofa que ninguno de sus lectores olvida: “Y sin embargo – ¡sépanlo todos! –/ los hombres matan lo que aman: / Unos con miradas de odio / con palabras mimosas otros; / el cobarde con un beso/ el hombre valiente con una espada”.

(En la segunda década del siglo XXI, estos versos no serían bien recibidos. El atroz crimen de Wooldridge, llamado hoy feminicidio, ya no despierta compasión).

Albert Camus. (Foto: Getty Images)
Albert Camus. (Foto: Getty Images)

Como el poema de Wilde, El extranjero, novela de Albert Camus, es también una obra dedicada a la ejecución; su personaje, Meursault, termina en el cadalso. La muerte es la triste solución a la que recurre la sociedad cuando algo nos repugna.

En Reflexiones sobre la guillotina, Camus, quien consideraba nociva e inútil la pena capital, asevera: “No se cortan las cabezas únicamente para castigar a sus dueños, sino para intimidar, mediante una ejemplaridad espantosa, a los que pudieran sentirse tentados de imitarles. La sociedad no se venga, sólo quiere prevenir”. Wilde, por su parte, fustiga la falsa moral religiosa, que le niega consuelo al condenado: “El Capellán no se arrodilla/ junto a la tumba de un maldito/, ni lo bendice con la Cruz/ que dio el Señor a los perdidos; / ¡pero este hombre era uno/ de los que vino a salvar Cristo!”.

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