Llegaron a mandarse al diablo por sus discrepancias iniciales sobre el personaje, pero al final asumió el reto que le propuso su amigo y director Joel Calero: interpretar a un tipo con ideales revolucionarios en “La última tarde”, película peruana que empieza cuando Ramón y Laura (Katerina D’Onofrio) se vuelven a ver después de 19 años para firmar sus papeles de divorcio.¿Qué pasó con ellos? ¿Qué misterios esconde el paso del tiempo? Ellos tendrán una larga charla mientras caminan por las calles de Barranco. Pero más que hacer catarsis, Laura y Ramón parecen estar entrampados en sus memorias, pasiones y sentimientos encontrados.

¿Cuál fue tu primera reacción cuando Calero te comentó sobre este personaje que tuvo militancia en el terrorismo?

Negativa. No dije: “Qué paja”. Soy de una generación ochentera. Fui con la patada en alto hacia Ramón, a pesar de que reconozco –y esto no es algo de lo que me sienta orgulloso– que viví el terrorismo en una burbuja. ¿Dónde estuvimos esos estudiantes de la Facultad de Derecho de la Universidad de Lima? Tampoco recuerdo haber participado activamente en las manifestaciones contra el fujimontesinismo. Hoy me siento mucho más político que en aquella época. 

¿Dudaste en aceptar el papel? 

Sí. Tuve discusiones muy fuertes con Joel. Le pedía que el personaje tuviera una cuota de arrepentimiento. Él se negaba. Siempre le digo con cariño a Joel: “Eres un cholo necio y testarudo”. Ese rigor y esa necedad hacen que sus proyectos salgan adelante. Pero, con respecto a Ramón, él no lo quería cambiar. Hubo una grieta: yo podía dejar pasar el proyecto o él escogía a otro actor. Pero también sabía que había algo paja en ese guion. Un ejercicio de este tipo –una película de cerca de 1 hora y 20 minutos que se sostiene en dos protagonistas y sus diálogos–no llega así nomás a las manos de un actor. 

Hasta que cambiaste tu acercamiento al personaje. 

Me dije: “¿Qué pasa con este revolucionario?”. Lo que me ayudó fue llevarlo a una revolución personal o interna. Este es un tipo que no está bien con la vida. ¿Qué cosa quiere? ¿Qué le hace falta? Nada. Él nunca va a estar bien. Ramón es un tipo que, sin revolución, no está bien. Por ahí lo agarré. 

Luego Calero te hizo llegar el libro “Los rendidos”, de José Carlos Agüero [hijo de dos senderistas ejecutados extrajudicialmente]. 

Tras esta y otras lecturas, humanicé a Ramón y a los terroristas. A estas alturas del partido, ni siquiera los juzgo. Creo que tomaron una opción, creyeron en algo, lucharon por él, se equivocaron… Fue lo que fue. El cine me ha hecho una mejor persona al permitirme profundizar en los temas, trabajar en ellos y darles otra dimensión, así como me hizo conseguir otros niveles de verdad en la actuación. En el cine no se puede mentir. Gracias a ello he aprendido muchas cosas, a diferencia de ese muchacho que flotaba sobre esta ciudad. 

¿Por qué ese Lucho Cáceres de 20 años era más desapegado hacia lo que pasaba en la sociedad y en la política?

Soy hijo único. Creo que tengo un egoísmo particular. No es algo de lo que me enorgullezca.

¿Un egoísmo que te ensimismaba?

Tal vez. Sin entrar en detalles de mi infancia y adolescencia, crecí como un tarzancito, haciendo lo que quería. En esas épocas buscaba la satisfacción personal y pasarla bien. De mi promoción de Derecho en la universidad entraron más de 20 de mi colegio.

Seguía el chongo

La universidad seguía siendo el colegio. Ahora el Derecho está más vivo en mí que cuando lo estudié.

¿Cuándo comienzas a tomar la actuación en serio, no como un hobby o por seguir a una chica?

Creo que quise ser actor desde siempre. Actué desde el colegio. También compartía mucho con mi padre el gusto por el cine. Podía seguir películas que otros niños no aguantaban. Y te soy honesto, lo que menos me atrajo de la actuación fueron las chicas o la popularidad, pues creo haberla tenido sin actuar. Más adelante, sentía la necesidad vital de actuar porque vivía frustrado como abogado. No me apasionaba la carrera y no iba a ser un buen profesional.

Empezaste a hacer cine con “Cielo oscuro”, la primera película de Calero, hace cerca de 8 años. ¿Fue un punto de inflexión?

Fue uno de varios. A algunos les parecerá aberrante, pero entrar a trabajar como modelo en el programa de Gisela Valcárcel fue un punto de inflexión. Definitivamente. Quería que se me conociera no para que me pidieran un autógrafo, sino para entrar al ‘star system’ criollo y generar oportunidades de trabajo. También fueron importantes Tito Salas —él me dio la chance de actuar en mi primera obra de teatro— y la serie “1.000 oficios”. Pero, en el aspecto personal, sí siento que el cine me ha dado otra cosa. Además, yo ya había perdido la esperanza de hacer cine.

¿Sientes que en el cine te has reinventado?

Es algo que ya venía buscando. Cuando salí de la serie “Así es la vida” en el 2005, tuve como norte reinventarme. Trabajé en producciones de Michelle Alexander, estuve en “Los jotitas”, me ondulé el pelo para parecerme a J. J. Oré, estuve en “La Gran Sangre”, me dejé una gran barba, me fui a Miami, trabajé en una serie para Universal, hice un papel antagónico… Es una responsabilidad de los artistas reinventarse, si no te quedas ahí, haciendo el mismo personaje.

Además de su aspecto lúdico, ¿con la actuación haces catarsis o expulsas los demonios?

Bueno, con Ramón he exorcizado ciertas cosas. Tal vez no sea mi principal objetivo al enfrentarme a un personaje, pero sí buscó papeles que me exijan. Me enorgullezco de poder escoger mis personajes en un medio tan difícil y complicado. Cada vez siento que me entrego más a un trabajo de dirección al 100%. Chambeo día a día para ser un actor dúctil. 

Tráiler de  “La última tarde”, película de Joel Calero. (Video: YouTube)