Ricardo Palma, hace más de un siglo, hizo una crónica de cuando los truenos también confundieron a unos limeños poco acostumbrados al fenómeno. Ilustración: Marcelo Hidalgo para El Comercio.
Ricardo Palma, hace más de un siglo, hizo una crónica de cuando los truenos también confundieron a unos limeños poco acostumbrados al fenómeno. Ilustración: Marcelo Hidalgo para El Comercio.
Enrique Planas

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Los limeños no estamos acostumbrados a mirar al cielo. Acomodados como estamos a su gris velo, color panza de burro como definió el arquitecto y escritor peruano Héctor Velarde, preferimos estar pendientes más bien a los resquemores sísmicos, más o menos el único fenómeno natural que nos inquieta. Conducta que caracteriza a quienes vivimos en tierras donde nunca llueve, como ya lo dijera nuestro célebre tradicionalista, don , en una de sus crónicas.

En efecto, en su relato titulado “Truenos en Lima”, el autor de las “Tradiciones peruanas” anota: “El lunes 31 de diciembre de 1877 los habitantes de Lima gozaron de un espectáculo nuevo para la gente de la generación actual que no ha tomado oportunidad para salir fuera del radio de la ciudad. Desde las cuatro de la tarde empezó la atmósfera a cubrirse de espesas nubes, y a las cinco desprendióse sobre la ciudad una gruesa lluvia, acompañada de relámpagos, seguidos de la detonación de cuatro truenos”.

Rayos y truenos en el cielo de Lima sorprendieron a los habitantes de la ciudad la mañana del lunes.
Rayos y truenos en el cielo de Lima sorprendieron a los habitantes de la ciudad la mañana del lunes.

En su tradición, Palma recordaba que aquel fenómeno resultó aterrador para los vecinos ignorantes en tempestades. “El año se despedía de una manera siniestra”, señaló, para luego hacer memoria de truenos y rayos observados en tiempos coloniales. En su relato, cita la tempestad registrada la noche del 19 de abril de 1803, donde se contó “entre ocho y nueve truenos”. Hipólito Unanue, médico, naturalista, meteorólogo y precursor de la independencia, en su obra sobre el clima de Lima, daba algunos detalles sobre esa particular experiencia que Palma cita a su estilo: “Dice que los relámpagos cruzaron tan prontamente a la ciudad, que iluminaron las habitaciones. Nótese que cesó la lluvia en la sierra y hubo tan abundantes garúas en la costa que las lomas se cubrieron de pasto”. En esa oportunidad, los primeros truenos se produjeron “a legua y cuarto de la ciudad” (alrededor de siete kilómetros), y el último sobre la misma capital. “Tan grande fue la alarma y consternación del pueblo, que al día siguiente hubo procesión de rogativa y penitencia”, escribe Palma.

El escritor limeño también cita añejos estudios como los publicados por Gabriel Moreno en su almanaque de 1804, donde fechaba relámpagos vistos en 1552, 1720 y 1742. Sacando cuentas, para cerrar su crónica el tradicionalista se arriesga en lanzar una conclusión contundente. “La del lunes 31 de diciembre (de 1877) ha sido la quinta tempestad que ha caído sobre Lima en los trescientos cuarenta y dos años que lleva de existencia. Y no se hable más sobre el asunto”.

Ricardo Palma con su esposa Cristina Román, cinco de los hijos de la pareja y Clemente Palma, hijo mayor del escritor.
Ricardo Palma con su esposa Cristina Román, cinco de los hijos de la pareja y Clemente Palma, hijo mayor del escritor.

¿El de hoy por la mañana habrá sido la sexta tempestad en 486 años de la fundación española de la ciudad? Más allá de las poco científicas certezas del tradicionalista, lo cierto es que al reciente fenómeno atmosférico se le suma un muy actual fenómeno de masas: miles de limeños registrando en sus celulares las cargas eléctricas a tierra y, cómo no, divertidos memes que asocian los rayos con el contexto electoral. Y es que el rayo nos fascina al ser uno de los fenómenos más extraordinarios de la naturaleza, electricidad con una potencia de hasta 30 millones de voltios que alcanza temperaturas de hasta 30.000ºC, cinco veces más caliente que la superficie del Sol.

Interpretado en forma de fuego en las culturas antiguas, puede encontrarse representado en simbolismos en la gran mayoría de civilizaciones politeístas, e incluso, existen representaciones mitológicas de su poder destructivo.

En la Lima del siglo XIX pasó a la historia los rayos y truenso registrados la noche vieja de 1877, como cuenta Ricardo Palma.  (Foto: Colección Vladimir Velasquez  -  Proyecto Lima Antigua).
En la Lima del siglo XIX pasó a la historia los rayos y truenso registrados la noche vieja de 1877, como cuenta Ricardo Palma. (Foto: Colección Vladimir Velasquez - Proyecto Lima Antigua).

Por otro lado, la cultura pop ha hecho de los dioses mitológicos de la antigüedad personajes reconocibles en todo el mundo. Solo basta con ver a Thor en las diferentes entregas de “Los Vengadores” de Marvel. Dos milenios antes de ser dibujado por Jack Kirby o caracterizado por Chris Hemsworth (el dios mitológico data desde el inicio de los vikingos en el siglo IV a.C.), Thor fue uno de los dioses principales de la mitología nórdica. También era considerado el dios más poderoso, encargado de proteger a la juventud, al rayo, al fuego y a la arquitectura. Nacido de la unión de Odín con Jörd, siempre es representado junto a su gran martillo, larga melena y barba, cuerpo musculado y debilidad por el vino y salir a romper cabezas en las guerras contra los gigantes.

También dios del rayo, Zeus resulta uno de los dioses principales de la mitología griega. Es conocido como el Padre de los dioses y los hombres luego de acabar con Cronos, su padre, conocido por devorar a sus hijos. Dios de los dioses para la mitología romana, el nombre de Júpiter proviene del compuesto latino dyēus-pəter, que significa “dios padre”, derivada a su vez del sánscrito Dyaus Pita, o Patriarca de los cielos, del germánico Tiwaz y del griego Zeus. En sus representaciones, Júpiter aparece como una luz brillante, aunque también se le relaciona con los truenos, las tormentas y los rayos. En Japón, el dios del trueno es Susanoo, uno de los tres dioses principales de la mitología de la isla, junto con Amaterasu, diosa del Sol y Tsukuyomi, dios de la Luna.

Ya en nuestro continente encontramos al dios azteca del trueno: Tláloc, conocido también como el señor todopoderoso del agua y la fertilidad. Entre los toltecas, Xólotl era la divinidad asignada para la luz, el fuego y el relámpago, representado como una especie de esqueleto con cabeza de perro. En la cultura andina, vinculada al culto de la naturaleza, además del culto al Sol los Incas veneraban en tiempos de sequía a Illapa, el dios del trueno y la lluvia. A él los antiguos peruanos ofrecían peregrinaciones hacia los templos situados en las montañas más altas. Capaz de hacer llover, granizar y tronar con la ayuda de su honda que representaba el trueno, las piedras de Illapa contenían el rayo, y el relámpago era el resplandor de sus vestiduras.

El carácter insólito de semejantes fenómeno, que para habitantes de otras partes del país resulta tan común, devuelven a los limeños sus atávicos temores. Acostumbrados a un clima monótono, uniforme y sin estaciones marcadamente definidas (razón por la cual Francisco Pizarro escogió el valle del Rímac para fundar la Ciudad de los Reyes) olvidamos que vivimos en un planeta siempre cambiante y sorprendente.

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