El investigador y lingüista Bruce Mannheim empezó a estudiar el quechua a fines de los años 70, cuando se instaló en el Cusco. Ahora vive entre Estados Unidos y la Ciudad Imperial, donde pasa en promedio tres meses cada año. (Foto: El Comercio)
El investigador y lingüista Bruce Mannheim empezó a estudiar el quechua a fines de los años 70, cuando se instaló en el Cusco. Ahora vive entre Estados Unidos y la Ciudad Imperial, donde pasa en promedio tres meses cada año. (Foto: El Comercio)
Juan Carlos Fangacio Arakaki

Cuenta Bruce Mannheim, investigador estadounidense con doctorados en lingüística y antropología, y uno de los principales conocedores del quechua en la actualidad, que su interés por el esta lengua surgió en el City College de Nueva York, donde una de sus profesoras tocaba dos o tres veces a la semana música peruana. “Eran unos huaynitos de Los Errantes de Chuquibamba, justamente de aquí de Arequipa”, dice Mannheim, que pasó por la Ciudad Blanca como invitado del . y de la Embajada de EE.UU.

“Luego de escuchar esa música me conseguí de unos amigos otros discos y así me fui interesando más y más. Siempre quería leer en quechua. Ya más adelante me di cuenta de que ningún profesor o institución tenía interés por la investigación”, agrega. Y así, hacia fines de los años 70, se instaló en el Cusco. Ahora vive entre Estados Unidos y la Ciudad Imperial, donde pasa en promedio tres meses cada año.

-Se habla más quechua en Lima que en varias provincias peruanas. Y sin embargo, es un dato que no muchos conocen. ¿Será un dato que se trata de esconder?

No creo que nadie busque ocultarlo por motivos necios. Lo que sí noto es que, al discutir los idiomas nacionales, se suelen repetir los mismos argumentos de antes. Muchos de los debates de hoy en día sobre la escritura del quechua realmente son de la época de Leguía. Repetimos y repetimos y no investigamos. La ideología lingüística de la época de Leguía afirma, por ejemplo, que hay que normalizar el quechua para todas las regiones, y que la manera de normalizarlo es usar el habla de las élites provincianas, y que más bien hay que tratar los idiomas indígenas como idiomas de transición en la educación, pero para llevar a la gente a hablar castellano y solamente castellano. Esa es una ideología que existió en el siglo XX y continúa ahora en el XXI.

-¿La situación de riesgo del quechua es mayor en comparación con otras lenguas indígenas?

Me parece que hay una pérdida del quechua que va más allá que muchos idiomas de la Amazonía, incluso. Y no es difícil saber por qué. La pérdida del quechua se origina con la clase terrateniente, que aprendía el quechua a su manera. Ellos hablaba quechua, pero de una forma diferente a la de los peones. Y entonces ese es el quechua que hablan hoy los trabajadores de ONG, de programas de salud, etc. Todos los que intentan establecer contacto con las comunidades. En su lenguaje se pueden ver diferencias de semántica, de pragmática y de fonología. Por eso surge un problema bastante fuerte: si uno quiere mantener el idioma quechua, tiene que mantenerlo como tal, el quechua de comunidad. Y en la mayor parte de los contextos oficiales eso no se entiende.

-¿Es verdad eso de que el quechua es una lengua solidaria, que piensa más en el otro?

No, no. Eso viene de una entrevista que di en Cochabamba hace años y me entendieron mal.

-Bueno, es el momento de aclararlo...

Sí, a ver. Todos los idiomas funcionan con una estructura cognitiva que se llama marco de referencia. Y todavía se está tratando de comprender qué influencia tiene el marco de referencia en la estructura gramatical del idioma. No lo sabemos a ciencia cierta. El punto es que, hace unos años, Joshua Shapero hizo un trabajo en Huaraz para determinar si el marco de referencia de las personas estaba basado en el yo (egocéntrico) o en todo el acto del habla (alocéntrico). Esa es la distinción. Y descubrió que la mayor parte de la gente que pastorea hablaba con un marco de referencia alocéntrico, con el acto del habla en totalidad. Eso implica una relación con el espacio físico distinto al del otro. La mayor parte de quechuahablantes hablaban con un marco de referencia alocéntrico y la mayoría de hispanohablantes lo hacían con el egocéntrico. Pero hay un cruce entre los dos. Y no tiene nada que ver con la moral ni con pensar más en el otro. Es una cuestión técnica.

-Claro, parecía un discurso que romantizaba el lenguaje...

¡Así es! (risas). Mucha gente me escribió después de aparecido ese artículo diciéndome “bien dicho”, “así somos los quechuahablantes”, cosas así. Pero en realidad a mí no me gusta romantizar nada. ¡Soy un científico!

-Finalmente, ¿le parece que existe un uso del quechua superficial, turístico, exótico? Por ejemplo, el de las empresas que le ponen nombres quechuas a sus marcas.

De hecho que sí. Y eso es una extensión del quechua del terrateniente del que hablaba antes. En muchos casos, los traductores que han inventado marcas en quechua lo han hecho con muy poco conocimiento del idioma. Si caminas por Cusco, ves afiches con palabras en quechua por todas partes, Tumi, Kuna… pero no tienen ningún sentido. Y se toma como un honor al idioma, pero no lo es. Es todo lo contrario, un desprecio tremendo.

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