Historiadores Carmen McEvoy y Gustavo Montoya, autores del libro “Patrias andinas, patrias citadinas”. (Fotos: Lino Chipana / Captura de pantalla)
Historiadores Carmen McEvoy y Gustavo Montoya, autores del libro “Patrias andinas, patrias citadinas”. (Fotos: Lino Chipana / Captura de pantalla)
Carmen McEvoyGustavo Montoya

El teniente José Segundo Roca, testigo de la primera campaña del general Álvarez de Arenales en la sierra central, escribió un diario titulado Relación histórica de la primera campaña del general Arenales en la sierra del Perú en 1820. El valioso testimonio del tucumano, quien participó como joven oficial de granaderos en la incursión del ejército libertador en los Andes del Perú, recoge el día a día de sus compañeros de armas en su recorrido por los diferentes pueblos, donde la reacción entusiasta ante la llegada de “los patrianos”, sorprendió a su autor y a quienes lo acompañaron. Las élites y los sectores populares en Ica, Huamanga, Huancayo, Jauja, Tarma y Cerro de Pasco, recibieron a la Expedición Libertadora con inocultables muestras de patriotismo. En Ica, por ejemplo, la entrada a la ciudad fue descrita como brillante. Y ese espíritu libertario fue comprobado nuevamente por Roca al llegar a Huamanga. Ahí “la municipalidad, los vecinos notables de la ciudad, y algunos miles de habitantes de todas las clases de la sociedad”, salieron a recibirlos abarrotando “más de 15 o 20 cuadras de los suburbios”, lo que impedía “la marcha de la columna” rebelde. El desborde “patriano” no fue una mera ilusión óptica. Desde el lado realista, el coronel Andrés García Camba escribió que “la fuerza moral” de los expedicionarios había penetrado el espíritu público del Perú y de ahí la “propensión” de la mayor parte de su población a un “sistema revolucionario”, resultaba ya imposible de contener.

En la independencia del Perú, denominado por Simón Bolívar “el nudo del imperio”, se superponen tiempos, anhelos y una serie de escenarios geográficos en los que no está ausente la ignota Amazonía. Todo ello mientras el azar, al que cual refirió Jorge Basadre en su magnífico libro El azar en la historia y sus límites (1973), sobrevolaba un mundo donde la contingencia abrió infinitas posibilidades, algunas incluso inimaginables para los participantes de una gesta que imbricó lo local, lo nacional y lo continental. Por otro lado, la aceleración del tiempo histórico sirvió de marco para una coyuntura revolucionaria que en el Perú hunde sus raíces en el estallido rebelde cuzqueño de 1814, con reverberaciones de la gran rebelión de Túpac Amaru II, en 1780. La superposición temporal —y espacial—, obliga por ello a ensayar una mirada histórica que abarque, no solo la política continental, en la cual el general Álvarez de Arenales y el comandante Roca serán ejemplo certero, sino también la microhistoria de un sinnúmero de pueblos y de personajes aún desconocidos, pero cuya participación permite dar cuenta de las esperanzas y sueños de miles de peruanos de la costa, sierra y selva. En efecto, fue en esta etapa revolucionaria, incierta, pero también fundante, donde las tramas y desarrollos de la historia local, nacional, regional, y hasta global, se entretejieron en un tapiz complejo y único, en el devenir de la emancipación americana.

Grafica de Víctor Aguilar Rúa.
Grafica de Víctor Aguilar Rúa.

Antes del ingreso del general San Martín a Lima, y de la formal proclamación de la independencia en julio de 1821, el panorama político y militar en el territorio peruano presentaba un cuadro de precariedad militar, incertidumbre política y temores sociales pero también de esperanza en torno a un nuevo orden. Ciertamente, ‘construir república’ no fue un quehacer menor. En el Perú que recibió con viandas y flores a los patrianos, no primaba, como muy bien sabemos tan solo la incertidumbre, sino también la ilusión y la esperanza frente a un futuro que se percibía como prometedor. Es por ello que la instauración de “buenos gobiernos republicanos” se convirtió en la tarea más importante, luego de la caída del Protectorado, en 1822. El objetivo era resolver el urgente problema de la representación política y de la gobernabilidad de una república que, cabe recordarlo, no abordó directamente los flagelos de la esclavitud y de la servidumbre indígena. Respecto de la primera, San Martín declaró la libertad de vientres, y sobre la segunda, los miembros del Congreso Constituyente prometieron combatir la explotación multisecular en la Carta a los indios del Perú, enviada en quechua a las denominadas “provincias del interior” a las que se les prometió igualdad ante la ley. Por otro lado, y en una línea de pensamiento que muestra el “constructivismo republicano”, el congresista Xavier Luna Pizarro subrayó que, la “sublime empresa” de establecer una república, era un desafío tremendo, debido a lo “forzoso” que era “acordar opiniones”, en un mundo caracterizado por la heterogeneidad. El sacrificio del bien individual “en aras del verdadero bien nacional”, colisionaba contra el “desastroso principio del interés personal”. Una afirmación que suena muy familiar a doscientos años de inaugurado el primer congreso peruano y es por ello que nos debemos una reflexión sobre la trayectoria del republicanismo auroral. Un concepto que, vale recordarlo, surgió en medio de un intenso debate de ideas en Lima y otras ciudades pero también bajo la sombra de golpes militares, conspiraciones, e intensas luchas por un poder siempre frágil y siempre efímero, y por ello, sumamente difícil de preservar.

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