Miguel Rubio, director de Yuyachkani, espera llegar al 2021, año del bicentenario, celebrando el medio siglo de su grupo teatral.
Miguel Rubio, director de Yuyachkani, espera llegar al 2021, año del bicentenario, celebrando el medio siglo de su grupo teatral.
Maribel De Paz

Redondo en toda su perfección, un poto acompaña nuestra conversación. Es una escultura de la artista Margarita Caballero: un cuerpo desnudo de mujer en posición fetal, el rostro a tierra, el trasero dirigido al espectador. Hablando sobre el Perú y sus horrores perpetuos, la escultura que adorna la sala del refugio miraflorino de Miguel Rubio pareciera erigirse como una metáfora de esa peruanidad vulnerable que se aproxima calata, quizá doliente, quizá gozosa, al bicentenario. Festejo, memoria y una responsabilidad compartida son los ingredientes que componen el diálogo con Rubio a propósito de la reposición del montaje “Discurso de promoción”, una reflexión sobre los pendientes del Perú republicano de cara al bicentenario.

—¿Se podría decir que este montaje ofrece una visión aún más desencantada del Perú?
Fíjate, Yuyachkani acaba de cumplir 46 años y, dentro de cuatro, con el bicentenario, ojalá cumplamos los 50. Creo que esa persistencia más bien te revela que hay una terquedad, y que hay esperanza, ganas de pensar en el Perú. Y amando el Perú plantear, por ejemplo, esta obra con la premisa de qué es lo que nos debe la República, o sea, ¿de qué estamos hablando, qué celebración estamos esperando? Es sacarse el maquillaje y decir que tenemos pendientes no resueltos. Hay mucha ironía también, porque creo que la manera de vivir el Perú tiene que ser así, con ironía. No queda otra.

—Me hablabas hace un momento de una responsabilidad compartida.
Yo entiendo la dramaturgia como la organización de la acción en un espacio compartido, más que como una narrativa que sucede al frente. Tener una centralidad en el espectador y que este pueda ser parte de la experiencia. Cuando la gente habla de los temas de la obra, pone el acento en los contenidos explícitos, pero para mí la propuesta política parte de un espacio donde todos somos responsables de lo que suceda en esa comunidad efímera que es el teatro. A nivel simbólico es bien interesante. El dramaturgo alemán Heiner Müller decía: “No creo que una historia que tenga pies y cabeza pueda hacerle justicia a la realidad”. Entonces, esta propuesta fragmentada, de retazos de historia, que invita a que el espectador tenga su propia conclusión, creo que va por ahí… El teatro no es literatura, el teatro es una experiencia.

—Has dicho anteriormente que no hay que quedarse en el hecho del dolor, porque quedarse allí implica una nueva victimización.
Es importante cómo procesamos la memoria, y si por memoria entendemos nostalgia, estamos perdidos. Pero si por memoria entendemos cómo el pasado nos ha traído hasta este presente, y si la memoria nos deja lecciones, es distinto. O sea, hay una memoria literal, anecdótica, y hay una memoria ejemplar que nos permite trascender. A veces hay gente con muy buena intención, que vuelve a los acontecimientos dolorosos, pero se quedan ahí, sin sacar enseñanzas. Hay una experiencia que a mí me impresionó muchísimo, por ejemplo: los carnavales de Accomarca que vi en la Plaza de Acho, de la comunidad campesina que viene luchando hace treinta años por justicia, por la masacre que sufrieron. Es una fiesta de color y de música hermosísima, en la que de pronto se detiene la acción y se narra el suceso de la masacre. Los mismos campesinos representan a los militares, cuentan cómo fue la historia, y luego salen de ahí y vuelven al carnaval, o sea, vuelve la fiesta, y la conclusión es seguimos buscando justicia. Entonces, es una experiencia para pedir justicia, no para quedarse en el dolor.

—El grupo ha abordado también en diferentes oportunidades el tema del derecho al enterramiento.
Yo lo sentí muy fuerte cuando hicimos el proceso de “Antígona” con José Watanabe, y convocamos también a mujeres que habían tenido la experiencia de la desaparición, de la ausencia del enterramiento. Y creo que una cosa es verlo en el texto de Sófocles, y otra cosa sentir el testimonio directo de esa persona que no tuvo la posibilidad de despedir y enterrar a su pariente.

Sobre toda una parafernalia escolarizada, la obra "Discurso de promoción" revisa varios episodios de nuestra historia republicana. (Foto: Nancy Chappell)
Sobre toda una parafernalia escolarizada, la obra "Discurso de promoción" revisa varios episodios de nuestra historia republicana. (Foto: Nancy Chappell)

—Que es una forma de restarle humanidad.
Totalmente, el derecho a un lugar de consuelo, donde puedas ir a recordar y ofrendar. Eso tiene un valor importantísimo y creo que en el Perú es central. Como decía Salomón Lerner en el informe final de la CVR: basta que desaparezca una persona para que una comunidad se levante y esté indignada. Y aquí tenemos más de 16 mil desaparecidos. O sea, hay una ley de búsqueda, pero no hay un compromiso real, que tiene que ver con el reconocimiento y el pedir perdón. Los responsables no han pasado por ese proceso. No se trata de que el funcionario de turno del Estado pida perdón, sino de que pidan perdón Abimael Guzmán o Fujimori, que no pide perdón pero manda frazada y pan con queso, y sigue diciendo que es inocente. A mí eso me parece terrible.

—En ese sentido, al perpetuarse el horror a través de la ausencia de los cuerpos, pareciera curioso referirnos en pasado a los años del terror.
Creo que ese haber pasado la página explica mucho de lo que vivimos hoy en el Perú: la impunidad, la violencia, el feminicidio, la esclavitud, la falta de responsabilidad de los funcionarios, de los puentes que se caen, de los jóvenes quemados.

—¿Es un acostumbramiento al horror?
¡Porque no hemos aprendido! Siento que el problema es que como sociedad no hemos tenido duelo, reconocimiento ni proceso. Y el proceso es necesario, indispensable. Se ha querido pasar la página rápidamente, pensando en el crecimiento económico; es decir, un “no miremos”, y en ese no mirar no hemos aprendido a querernos, a cuidarnos, porque no hemos aprendido la lección, que sería una memoria que nos ayuda, una memoria ejemplar, que nos sirva. Y sí, hay esfuerzos, me parece que el Lugar de la Memoria lo es, pero todavía hay muchas heridas. Demasiadas.

—¿Qué dirías que implica, finalmente, ser peruano? ¿Es una experiencia más doliente que gozosa?
Creo que matizada, este es un país de contrastes. Mi lema escénico es pensar que todo es igual a su contrario. O sea, si estoy trabajando algo que tiene mucho humor, le busco el contrario. Buscar la paradoja de la experiencia. Creo que eso nos permite no ser unívocos. Generar pesos, acentos. Yo vivo fascinado por el Perú, a pesar de todo. Este es un país que nos golpea, y no sé si somos 'masocos' [masoquistas], pero para mi oficio, para lo escénico, este país es una delicia por todos los pendientes que hay.

—¿Tenemos derecho a celebrar Fiestas Patrias?
Yo creo que sí, pero no debe ser una fiesta militarizada, una exhibición ridícula de armamento, sino una fiesta cívica con espacio para la reflexión, para hacer un ejercicio crítico de los pendientes, para sacar lo más sano de nosotros.

—Alguna vez dijiste sobre la obra “Antígona” que te permitió reflexionar sobre el hecho de que todos, alguna vez, hemos sentido que no hicimos a tiempo lo que debimos hacer. ¿Qué sientes que debiste hacer antes?
Creo que nosotros hemos sido una comunidad que ha intentado hacer lo que sentíamos que nos tocaba hacer. Cuando no pudimos salir de la casa, seguimos ahí; todavía no teníamos techo ni pared, pero con las esteras seguíamos haciendo obras. Pero uno siempre piensa que no ha hecho lo suficiente, siempre quedan pendientes. Sí, creo que se pudo hacer más.

MÁS INFORMACIÓN
​Lugar: Casa Yuyachkani. Dirección: Jr. Tacna 363, Magdalena del Mar. Fechas: 25 al 29 de julio. Hora: 8 p.m. Reservas: entradas@yuyachkani.org.

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