Incluso cuando ya era conocido como un destacado poeta en 1915, César Vallejo todavía se ganaba la vida como profesor de primero de primaria en el Colegio Nacional San Juan de Trujillo. (Foto: El Comercio)
Incluso cuando ya era conocido como un destacado poeta en 1915, César Vallejo todavía se ganaba la vida como profesor de primero de primaria en el Colegio Nacional San Juan de Trujillo. (Foto: El Comercio)
Czar Gutiérrez

“Ya no es cuestión de colegios sino de buen sentido. ¿Sabe Ud. quién es el profesor de primer año de San Juan? ¿Lo sabe Ud.? Pues ese que se dice poeta, ese , un hombre a quien le falta un tornillo”. La cita es de Ciro Alegría en el libro de memorias cuyo capítulo central está dedicado a ese enigmático profesor de historia, geografía, religión, matemáticas, lectura y canto al que le faltaba un tornillo. “Magro, cetrino, casi hierático, me pareció un árbol deshojado. Su traje era oscuro como su piel oscura. Por primera vez vi el intenso brillo de sus ojos cuando se inclinó a preguntarme, con una tierna atención, mi nombre. (...) Bajo la abundosa melena negra, su faz mostraba líneas duras y definidas. La nariz era enérgica y el mentón más enérgico todavía, sobresalía en la parte inferior como una quilla. Sus ojos oscuros, -no recuerdo si eran grises o negros- brillaban como si hubiera lágrimas en ellos”.

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En efecto, era 1915 cuando el ya conocido poeta (1892–1938) se ganaba la vida como profesor de primero de primaria en el Colegio Nacional San Juan de Trujillo. Maestro titulado, antes había enseñado en Ambo, Huánuco, en el Centro Escolar 241 de Trujillo y después lo haría en los Colegios Barrós y Guadalupe de Lima. Ciertamente, no sería nuestra única gloria literaria que abrazó la carrera magisterial: (1911-1969), docente graduado en San Marcos, ejerció la profesión en el Colegio Mateo Pumacahua de Sicuani, en el Alfonso Ugarte y el Guadalupe antes de convertirse en el legendario catedrático universitario que decidió partir físicamente de este mundo desde uno de los ambientes de la Universidad Agraria del Perú.

Y como si su obra literaria no fuese ya invaluable, el andahuaylino dejó un legado ensayístico que profundiza en los problemas de la educación peruana a partir de su problemática mestiza y en un entorno plagado de contradicciones que no termina de construirse espiritualmente. Desde el análisis de los juegos del niño andino, su entrenamiento biológico irregular y sus diferencias con sus pares citadinos, hasta la formación de las vocaciones a partir de revistas literarias que terminaron siendo verdaderos semilleros. He ahí, por ejemplo, a su pupilo Blas Aguilar, considerado el poeta capital de Canchis.

Antes de convertirse en catedrático, José María Arguedas ejerció la profesión de maestro en el Colegio Mateo Pumacahua de Sicuani, en el Alfonso Ugarte y el Guadalupe. (Foto: Baldomero Pestana. Fondo Riva-Agüero. AHRA-IRA-PUCP )
Antes de convertirse en catedrático, José María Arguedas ejerció la profesión de maestro en el Colegio Mateo Pumacahua de Sicuani, en el Alfonso Ugarte y el Guadalupe. (Foto: Baldomero Pestana. Fondo Riva-Agüero. AHRA-IRA-PUCP )

ABRIENDO HORIZONTES

Como capital para el desarrollo de la educación peruana sería la labor desplegada por el maestro puneño José Antonio Encinas (1888 - 1954), educador de raza. Egresado en la primera promoción de normalistas, también doctor en letras y jurisprudencia, rector de San Marcos y senador de la República, Encinas fue el cerebro creador de verdaderas doctrinas educativas, piedra angular en el cumplimiento de la función social de la escuela y los nuevos horizontes formativos. Es más, llevó a la práctica sus postulados innovadores al fundar en 1933 el Colegio Dalton sobre los cimientos doctrinarios de la pedagoga norteamericana Helen Parskhunst. Contemporánea de Encinas fue Mercedes Indacochea (1889 - 1959), preceptora normalista nacida en Huacho y pionera magisterial desde los 15 años de edad.

Y remontando un poco más, será posible encontrar verdaderos ejemplos de nobleza espiritual como los de Juana Alarco de Dammert (1842 - 1932), considerada la gran benefactora de la educación nacional. O la de Elvira García y García (1862 - 1951), que entregó su vida a la educación peruana desde que se hizo preceptora a los 18 años. Como temprano fue el despertar intelectual de Raúl Porras Barrenechea (1897 - 1960), que empezaría como profesor de los colegios Anglo-Peruano y Raimondi. No menos intensa seria la luz que derrame Luis Jaime Cisneros (1921 - 2011), que empieza estudiando filología y medicina en Buenos Aires y sería doctor en Literatura en San Marcos antes de guiar los pasos de muchas generaciones de pensadores, empezando por Mario Vargas Llosa.

Luis Jaime Cisneros, uno de los maestros más ilustres que tuvo el Perú en los últimos tiempos. (Foto: Cecilia Larrabure/El Comercio)
Luis Jaime Cisneros, uno de los maestros más ilustres que tuvo el Perú en los últimos tiempos. (Foto: Cecilia Larrabure/El Comercio)
/ CECILIA LARRABURE

Y si hablamos del enriquecimiento de nuestra lengua hablada, el lingüista, crítico literario y pedagogo José Jiménez Borja (1901 - 1982) estudió las modalidades de nuestro español. De prosa coloquial y siguiendo los pasos de su maestro de primaria, Ciro Alegría (1909 - 1967) fue otro de nuestros escritores que ejerció el magisterio, si bien de manera periódica en las Universidades de Columbia y de Puerto Rico. Como el filósofo, director de la Biblioteca Nacional y ministro de educación Carlos Cueto Fernandini (1913 - 1968) o el filósofo Luis Felipe Alarco (1913 - 2005), discípulo de Heidegger y Hartmann que elevaría a Cusco y Machu Picchu como patrimonios culturales de la humanidad.

En fin, el Perú puede estar orgulloso de haber sido la cuna de una pléyade de hombres y mujeres que entregaron su vida al cultivo del alma. Actividad que encontraría tierra fértil en Constantino Carvallo (1953 - 2018), pedagogo, filósofo, escritor, crítico de cine y entrañable director fundador del Colegio Los Reyes Rojos, donde ensayaría algunos revulsivos en la educación moderna. Como para saludar respetuosamente a quienes ponen en funcionamiento la curiosidad, el conocimiento y la sabiduría de sus pupilos. Porque, como decía el poeta Yeats, ser maestro no es llenar el vacío sino encender el fuego.

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