Renzo Gómez Vega

No hay forma de cómo medirle el pulso a millones de personas, pero gracias al fútbol podemos escuchar un eco inconfundible en cualquier parte del mundo. Hasta el minuto 64, cuando Messi todavía no había sacado el fusil de su pierna izquierda, tras un pase de su socio Di María, se escuchaba un silencio aterrador por lo sonoro en toda Latinoamérica. Nosotros, los peruanos, sabemos de qué silencio se trata. Lo vivimos hace unos meses, nada más, en el repechaje ante Australia. Un silencio furibundo que te desarma y te acuchilla.

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