(Foto: Reuters)
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Francisco Carrión

Atrincherada en la habitación de un hotel del aeropuerto de Bangkok, llegó a pensar en el suicidio.

A principios de año esta joven saudita, de 18 años, tomó un avión hacia Tailandia aprovechando unas vacaciones familiares en Kuwait. El país asiático solo debía ser una escala en su tránsito hacia Australia pero las autoridades le requisaron el pasaporte y los tribunales resolvieron su regreso forzoso a .

Su huida parecía entonces condenada al fracaso. Al Qunun, sin embargo, no se doblegó. Se amotinó en el hotel y comenzó a narrar las razones de su fuga con la ayuda de su perfil de Twitter. La atención mediática que en cuestión de horas concitó su relato obligó a intervenir al Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (Acnur), que le otorgó estatus de refugiada y gestionó su asilo. La semana pasada aterrizó en Canadá, arropada a su llegada por la ministra de Exteriores canadiense que la consideró una “nueva y valiente ciudadana” del país.

Contactada por El Comercio, Rahaf rehúsa hablar. A partir de ahora, quiere concentrar sus energías en aprender inglés y adaptarse a su nuevo hábitat, lejos del infierno familiar que la hizo escapar. “Quiero ser independiente, viajar y tomar mis propias decisiones en mi educación, mi carrera y con quién y cuándo casarme. Hasta ahora no tenía ningún poder de decisión”, relató al tomar tierra en su país de acogida.

“Ha sentido mucho miedo. Sabía que la ONU la estaba ayudando pero consideraba que, mientras siguiera en Tailandia, corría peligro. La embajada saudita podía hacer lo que quisiera”, comenta a este diario la también saudita Shahad al Muhaimid, una de sus amigas y apoyos más estrechos durante estos siete días de angustia. Shahad, de 19 años, protagonizó hace dos una huida similar.

Durante unas vacaciones familiares en Turquía, logró cruzar hasta Georgia y viajar desde allí hasta Suecia. “Hay muchos casos similares. El Gobierno saudita no nos ayuda y no existe una ley que proteja a las mujeres que son víctimas de la violencia”, narra. “Rahaf se animó cuando vio que yo lo había conseguido. Mi vida en Suecia es hermosa. Estoy estudiando para completar el instituto y aprender sueco. Estoy feliz porque trabajo y puedo hacer lo que quiero sin tener que obtener el permiso de un tutor. Aún me resulta increíble”.

El drama de Rahaf, que durante días mantuvo en vilo a la comunidad internacional, ha mostrado con crudeza la situación de la población femenina saudita, condenada a vivir en un estado de eterna infancia. En los últimos años las mujeres del reino ultraconservador han logrado ciertos avances como colocarse por fin al volante, después de que entrara en vigor un decreto real el pasado junio; acceder a los estadios o aparecer como presentadoras en los principales informativos de la televisión estatal.

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Pero las limitaciones reunidas en torno al sistema de tutela masculina, permanecen y su retirada es una reivindicación histórica. Las sauditas no pueden viajar al extranjero, someterse a una intervención quirúrgica, casarse, alquilar un apartamento, matricular a sus hijos en un colegio, abrir una cuenta bancaria o viajar sin el permiso de un “mahram” (tutor varón) ya sea progenitor, cónyuge, hermano o incluso vástago.

“Las mujeres tienen más conciencia que los hombres. Les preocupan asuntos completamente diferentes como el derecho a la educación o a trabajar, el entretenimiento o la posibilidad de vestirse a su gusto y ser verdaderamente las que toman decisiones sobre su vida. Anhelamos decidir nuestro destino y recuperar derechos que nos fueron arrebatados”, señala a este diario una de las responsables de Nsawya FM, una radio feminista que comenzó a operar hace unos meses para quebrar el silencio sobre las discriminaciones que padecen las sauditas.

La activista evita proporcionar su nombre por miedo a represalias. En los últimos años, las féminas del reino han comenzado a rebelarse. El ingenio ha protagonizado sus protestas: desde fotografiarse al volante de un coche cuando estaba prohibido hasta exigir el fin de la tutela a golpe de música o denunciar la obligación de lucir la “abaya” -la túnica holgada y larga que deben colocarse encima de su ropa habitual- enfundándose el vestido al revés.

El régimen, que lidera “de facto” el príncipe heredero Mohamed bin Salman, ha respondido a las reclamaciones con represión. Al menos nueve mujeres activistas permanecen desde mayo en prisión y sus rostros han aparecido en prensa señaladas como traidoras. Entre las detenidas, figuran algunas de las pioneras que en 1990 desafiaron las prohibiciones circulando con los coches de sus parientes por las arterias del país.

“Son las verdaderas campeonas del derecho a conducir y se enfrentan a lo que podrían ser largos encarcelamientos”, advierte a este diario Hiba Zayadin, investigadora de Human Rights Watch. Varias han denunciado, además, haber sufrido vejaciones y abusos durante su cautiverio.

A pesar de los anuncios y de la necesidad obligada de impulsar el empleo femenino en un país adicto al petróleo, la cuna del “wahabismo” -una radical interpretación del islam que ha armado el ideario de organizaciones como Al Qaeda o el autodenominado Estado Islámico- ha demostrado que el aperturismo está plagado de obstáculos. Rahaf, que sueña con ayudar a otras compatriotas a romper las cadenas, le ha puesto rostro a las ansias de libertad.

“Es una chica a la que le encanta el contacto con la gente. Es inteligente. Cuando se propone algo, lo consigue. Justo como ha sucedido ahora. Quiere ir a la universidad y socorrer a otras sauditas que están en su misma situación”, apunta Shahad.