El general iraní Qasem Soleimani fue asesinado en un ataque de Estados Unidos en Irak. (AFP / Aamir QURESHI).
El general iraní Qasem Soleimani fue asesinado en un ataque de Estados Unidos en Irak. (AFP / Aamir QURESHI).
/ AAMIR QURESHI
Francisco Carrión

Desde El Cairo

Medio Oriente ha contenido durante esta semana la respiración, alarmado por las consecuencias de la escalada de tensión que desencadenó el ataque con dron estadounidense que segó la vida del general iraní .

El asesinato del hombre que durante dos décadas diseñó y cementó la influencia iraní en la región -desde Irak hasta la franja palestina de Gaza, Líbano o Yemen- ha hecho temer un terremoto de catastróficos resultados para una zona plagada de hogueras. El país más afectado por los acontecimientos es Irak, el suelo sobre el que Estados Unidos lanzó la operación para liquidar al militar a cargo de las Fuerzas Quds (la unidad de la Guardia Revolucionaria Iraní encargada de la intervención exterior a través de sus milicias aliadas).

Durante meses la patria de Sadam Husein trató de evitar quedar enredada en la riña que libran Estados Unidos e Irán pero todos los cálculos terminaron saltando por los aires cuando el ataque de un dron MQ-9 Reaper autorizado por el presidente estadounidense Donald Trump golpeó de lleno un convoy que abandonaba el aeropuerto internacional de Bagdad. A bordo de los dos todoterrenos viajaban el general iraní Qasem Soleimani y su más estrecho colaborador iraquí, Abu Mahdi al Muhandis, “número dos” de “Hashid Shaabi” (Movilización Popular, en árabe), la organización paraguas que agrupa a las milicias chiíes iraquíes sufragadas por Teherán.

Es Irak la que muy probablemente pagará el precio de todo esto. La cuestión, no obstante, es si se trata solo de un asesinato o existe una estrategia más amplia para reorganizar la política iraquí y alejarla de su alineamiento a Irán”, señala a “El Comercio” el analista iraquí Fanar Haddad.

(El Comercio)
(El Comercio)

El fuego cruzado en el que se halla atrapado ahora el país se produce en un momento especialmente delicado. Desde el pasado octubre, una oleada insólita de manifestaciones ha exigido en las calles de Bagdad y las principales ciudades del sur del país el fin del “establishment” que nació tras la invasión estadounidense del país, que benefició a una élite política chií marginada y perseguida en tiempos de Sadam Husein. La falta de servicios públicos, la pobreza, la corrupción rampante y la falta de esperanzas de las generaciones jóvenes -con una desorbitada tasa de desempleo juvenil- alimentaron la indignación colectiva.

Las interferencias constantes de Teherán en los pasillos de Bagdad y el poder ejercido por la constelación de milicias chiíes respaldadas por Irán e integradas en el aparato de seguridad también sirvieron de combustible” para la ira. La represión estatal ha dejado más de 450 muertos y más de 15.000 heridos.

Son protestas sin líder y secundadas por diferentes movimientos y redes que carecen de una visión unitaria pero son abiertamente antisistema”, apunta a este Diario Renad Mansour, analista del Chatham House, un centro de estudios con sede en Londres.

El Gobierno ha tratado de responder a las demandas con reformas de la ley electoral o los partidos políticos pero todo eso resulta insuficiente para los manifestantes. No creo que el Ejecutivo sea capaz de abordar las peticiones sistémicas, estructurales y fundamentales que los ciudadanos iraquíes exigen”, opina el politólogo.

Para tratar de rebajar la implicación iraquí y entre llamadas a tomar represalias contra Estados Unidos de las milicias chiíes, el Gobierno en funciones -el primer ministro dimitió el pasado diciembre pero se mantiene en el cargo a la espera de un arduo consenso parlamentario para designar a su sucesor- ha abrazado la petición del Hemiciclo de preparar la salida del país de las tropas de la coalición internacional que lidera Estados Unidos, forjada en el 2014 para luchar contra el autodenominado Estado Islámico. Una exigencia rechazada por Washington, bajo amenaza de nuevos ataques contra su despliegue militar en el país.

Desde el 1 de octubre pasado, las plazas de Bagdad y del sur de Irak están ocupadas por miles de personas que piden el fin del sistema político puesto en marcha por Washington y actualmente infiltrado por Teherán. (Foto: AFP)
Desde el 1 de octubre pasado, las plazas de Bagdad y del sur de Irak están ocupadas por miles de personas que piden el fin del sistema político puesto en marcha por Washington y actualmente infiltrado por Teherán. (Foto: AFP)
/ HAIDAR HAMDANI

Las milicias chií no podrán hacer mucho contra los estadounidenses en Irak porque no cuentan ya con el apoyo que tuvieron, especialmente tras el asesinato de manifestantes”, explica a este diario Kamal Chomani, investigador del Instituto Tahrir para la Política de Oriente Medio.

Cualquier ataque contra las fuerzas estadounidenses podría desestabilizar aún al país cuya responsabilidad de salvaguardar recae en las fuerzas de seguridad en las que están integradas y, lo más importante, las tropas americanas no están ya en las calles sino en unas bases bien protegidas. No obstante, se producirán ataques a pequeña escala contra intereses, compañías y fuerzas estadounidenses”, pronostica el analista.

La rivalidad con Arabia Saudita

La inestabilidad ya perpetua que Irak ha vivido desde el 2003 planea también por el resto de la región. Las petromonarquías del golfo Pérsico, con Arabia Saudita a la cabeza, han celebrado con discreción la muerte del militar que expandió la influencia iraní por los países vecinos, conscientes de que sus territorios pueden convertirse en escenario de las represalias de Teherán.

Arabia Saudita, como otras monarquías del golfo Pérsico, se ha dado cuenta de que es el más probable blanco de un ataque iraní. De ahí que estén profundamente preocupados por la escalada estadounidense”, declara a este Diario David Roberts, profesor de la escuela de estudios de seguridad del King’s College de Londres.

La preocupación explica el mutismo con el que el reino ultraconservador ha manejado la crisis desde que surgieran las primeras noticias del óbito de Soleimani. Riad ha aprendido el alto precio de elevar la hostilidad hacia Teherán, su archienemigo. El pasado setiembre el ataque con drones y misiles contra dos de sus refinerías, de cuya autoría el reino responsabiliza a su vecino iraní, obligó a suspender el 5 por ciento de la producción total del reino y a retrasar la oferta pública de la petrolera estatal Aramco, la empresa más rentable del planeta.

Instalaciones de la petrolera saudí Aramco sufrieron un ataque del 14 de setiembre pasado. (Foto: Reuters)
Instalaciones de la petrolera saudí Aramco sufrieron un ataque del 14 de setiembre pasado. (Foto: Reuters)
/ Hamad I Mohammed

Los saudíes tienen una buena razón para estar inquietos. La infraestructura petrolera saudí junto a al comercio de crudo en general se hallan en los puestos más altos de la lista de probables objetivos de Irán”, reconoce a este diario Jim Krane, analista del sector energético en Oriente Próximo de la universidad estadounidense de Rice.

Los saudíes han alentado públicamente la línea dura adoptada por la administración Trump contra Irán; los ataques a instalaciones de energía no causan normalmente bajas humanas pero concitan una atención planetaria; y una agresión de esas características puede provocar que los precios del crudo escalen hasta su pico más alto, lo que dañaría la economía global e incluso la popularidad de Trump”, alega el académico.

En el último lustro, Riad ha abanderado una política inusualmente agresiva en la región tratando, con escaso éxito, de contrarrestar precisamente la influencia iraní en la región, cementada por la red de fuerzas aliadas locales forjada por Soleimani. La campaña saudí de bombardeos en la paupérrima Yemen y las escaramuzas entre el grupo rebelde chií de los hutíes -apadrinado por los Ayatolás- y las milicias financiadas por Arabia Saudí y Emiratos han segado más de 90.000 vidas y propagado el cólera y la hambruna en la que la ONU considera la mayor crisis humanitaria del mundo.

Las monarquías del golfo tratarán de bajar la temperatura en Washington y Teherán”, pronostica Roberts. Una estrategia que este sábado ha perdido a su principal adalid, el sultán Qabús de Omán, el país que ha actuado como “casco azul” regional y que logró urdir el hoy roto pacto nuclear entre Irán y Occidente.