"¿Está loco Donald Trump?", por Moisés Naím
"¿Está loco Donald Trump?", por Moisés Naím

Llevo años estudiando el poder y a quienes lo tienen o lo han tenido. Mi principal conclusión es que, si bien la esencia del poder –la capacidad de hacer que otros hagan o dejen de hacer algo– no ha cambiado, las maneras de obtenerlo, usarlo y perderlo han sufrido cambios. Otra observación es que la personalidad de los poderosos es tan heterogénea como la humanidad misma.

Los hay solitarios y gregarios, valientes y cobardes, geniales y mediocres. Sin embargo, a pesar de su diversidad, todos tienen dos rasgos en común: son carismáticos y vanidosos.

Según la RAE, carisma es “la capacidad de algunas personas para atraer o fascinar”. Los líderes carismáticos inspiran gran devoción e, inevitablemente, los aplausos y loas inflan su vanidad. Es fácil que la vanidad extrema se convierta en un narcisismo que puede ser patológico. En sus formas más moderadas, este narcisismo es irrelevante. Pero cuando se vuelve más intenso y domina las actuaciones de quienes tienen poder, puede ser muy peligroso. Algunos de los tiranos más sanguinarios de la historia mostraron formas agudas de narcisismo y grandes empresas han fracasado debido a los delirios narcisistas de su dueño, por ejemplo.

La Asociación Psiquiátrica de EE.UU. ha desarrollado criterios para diagnosticar el narcisismo patológico. Lo llama desorden de personalidad narcisista (DPN) y, según las investigaciones, las personas que lo padecen se caracterizan por su persistente megalomanía, la excesiva necesidad de ser admiradas y su falta de empatía. También evidencian gran arrogancia, sentimientos de superioridad y conductas orientadas a la obtención del poder. Sufren de egos muy frágiles, no toleran las críticas y tienden a despreciar a los demás para así reafirmarse. Según el manual de la organización de psiquiatras estadounidenses, quienes sufren de DPN tienen todos o la mayoría de estos síntomas:

-Sentimientos megalómanos y expectativas de que se reconozca su superioridad.
-Fijación en fantasías de poder, éxito, inteligencia y atractivo físico.
-Percepción de ser único, superior y formar parte de grupos de alto estatus.
-Constante necesidad de admiración por parte de los demás.
-Convicción de tener el derecho de ser tratado de manera especial y con obediencia.
-Propensión a explotar a otros y aprovecharse de ellos para beneficio personal.
-Incapacidad  de empatizar con los sentimientos, deseos y necesidades de los demás.
-Intensa envidia de los demás y convicción de que los demás son igualmente envidiosos de él.
-Propensión a actuar de manera  pomposa y arrogante.

Y ahora hablemos de

No hay duda de que el actual presidente de EE.UU. exhibe muchos de estos síntomas. ¿Pero lo inhabilita eso para ocupar uno de los cargos de mayor responsabilidad del planeta? Un grupo de psiquiatras y psicólogos cree que sí. En una carta enviada a “The New York Times” ellos señalan:  

“Las palabras y las acciones del señor Trump demuestran una incapacidad para tolerar puntos de vista diferentes a los suyos, lo cual lo lleva a reaccionar con rabia. Sus palabras y su conducta sugieren una profunda falta de empatía. Individuos así distorsionan la realidad para adaptarla a su estado psicológico, descalificando los hechos y a quienes los transmiten (periodistas y científicos).

En un líder poderoso, estos ataques tenderán a crecer, ya que el mito de su propia grandeza parecerá haberse confirmado. Creemos que la grave inestabilidad emocional evidenciada por los discursos y las acciones del señor Trump lo incapacitan para desempeñarse sin peligro como presidente”.

Esta carta es, por supuesto, muy controvertida. No solo por la posición que toma sobre Trump, sino también porque viola el código de ética de la Asociación Americana de Psiquiatría. Este mantiene que no se puede diagnosticar a nadie –especialmente a una personalidad pública– a distancia.

La evaluación en persona es indispensable. Sin embargo, en la carta los firmantes sostienen: “Este silencio ha llevado a que no hayamos podido ofrecer nuestra experiencia a periodistas y miembros del Congreso preocupados por la situación. Hay demasiado en juego para seguir callando”.

Alexandra Rolde, una de las psiquiatras firmantes, le dijo a la periodista Catherine Caruso que el propósito no era diagnosticar a Trump, sino enfatizar rasgos de su personalidad que les preocupan.

Rolde no cree que se deba hacer un diagnóstico sin examinar al paciente, pero opina que es apropiado hacer ver cómo la salud mental de una persona puede afectar a otros o limitar su capacidad para un desempeño adecuado.

Otros psiquiatras no están de acuerdo: “La mayoría de aficionados que se han metido a hacer diagnósticos se equivocaron al etiquetar al presidente Trump con un desorden de personalidad narcisista. Trump no encaja en los criterios que definen este desorden. Él puede ser un narcisista de categoría mundial, pero eso no lo convierte en enfermo mental. Trump genera severas angustias en otros, pero él no las sufre y, más que penalizado, ha sido recompensado por su megalomanía, egocentrismo y falta de empatía”.

Quien escribe esto es el psiquiatra Allen Francis, director del grupo de trabajo que elaboró la cuarta edición del “Manual diagnóstico y estadístico de desórdenes mentales”. La sorpresa es que el doctor Francis va más allá de su especialidad.

“Los insultos psiquiátricos son una manera equivocada de contrarrestar el ataque de Trump a la democracia. Se puede, y se debe, denunciar su ignorancia, impulsividad y afanes dictatoriales. Pero sus motivaciones psicológicas son demasiado obvias como para tener algún interés, y analizarlas no detendrá su asalto al poder. El antídoto contra una distópica edad oscura trumpiana es político, no psicológico”, asegura.  

Una de las conclusiones del doctor Francis es fácil de compartir y otra menos. La fácil de aceptar es que más importante que la salud mental del presidente es la salud política del país. La capacidad de las instituciones para resistir los intentos de Trump de concentrar el poder es la batalla más importante hoy en EE.UU. Sus resultados tendrán consecuencias mundiales. La otra conclusión es que la estabilidad mental de Trump es irrelevante. No estoy de acuerdo. Trump lleva pocas semanas en la Casa Blanca y su conducta ya es causa de justificada alarma. Los problemas y frustraciones del presidente se van a agudizar. Y eso no es bueno para su salud mental. 

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