El verdugo egipcio que tiene el récord mundial de ejecuciones
El verdugo egipcio que tiene el récord mundial de ejecuciones
Francisco Carrión

Nunca antes como ahora los tribunales en habían dictado tal cantidad de condenas de muerte. El país más poblado del mundo árabe tiene el triste honor de haber enviado al cadalso a cientos de personas desde que el golpe de Estado iniciara en julio del 2013 una atroz represión contra cualquier disidencia.

Según la ONU, la febril afición de la judicatura egipcia por las penas capitales “carece de precedente en la historia reciente”. Aunque muchas de las sentencias aún no han superado la primera instancia, el récord ha hecho saltar las alarmas. La organización británica Reprieve calcula que 588 personas han sido condenadas a muerte desde principios del 2014. El 72% de las penas tiene relación con la participación en las protestas políticas que han jalonado la tierra de los faraones desde el derrocamiento del islamista Mohamed Mursi, el primer presidente elegido en las urnas.

Con tal actividad, la profesión de verdugo –el funcionario de la administración penitenciaria encargado de aplicar los fallos– ha vuelto al primer plano. “Lo básico que debe tener un verdugo es buen cuerpo, mente abierta y don de palabra. Debe ser, además, una persona respetuosa, sin antecedentes criminales y que goce de una buena relación con Alá. En este oficio están prohibidos los mujeriegos”, relata a El Comercio Husein Qarni, el egipcio que ocupaba el puesto de ejecutor oficial del Estado hasta que se jubiló hace dos años. Unos diez jóvenes agentes entrenados por él mismo han tomado la posta.

Delitos para la horca

A sus 68 años, presume sin el mínimo rubor de haber ejecutado a 1.070 personas durante las dos décadas que fue ‘ashemaui’, como se llama en Egipto y otros países árabes al verdugo, en honor a uno de sus precursores, el egipcio Ahmed Ashemaui.

“Aparezco en el libro Guinness de los récords. Tengo la cifra más alta de ejecuciones en el mundo”, se ufana. Detallar los delitos que merecieron la horca –el método usado en Egipto para la pena capital– es largo.

Desde el 2008, según varias organizaciones de derechos humanos, las condenas aplicadas remiten a cargos de homicidio, violación, tráfico de drogas y delitos juzgados en tribunales de excepción vinculados con el terrorismo o la seguridad del Estado. “El 20% de las ejecuciones –apunta Husein– correspondía a mujeres. Sus crímenes estaban relacionados con los celos y el adulterio. Por ejemplo, una esposa que urde con su amante el asesinato de su marido o una cuñada desdichada que secuestra a los hijos de su hermano y los termina matando”.

Memorias de un oficio

A pesar de estar retirado, Husein no ha olvidado las largas jornadas laborales y sus viajes por los patíbulos. “Mi lugar de trabajo eran una docena de prisiones donde había una habitación preparada para los ahorcamientos, con un cadalso de madera”, rememora quien poco antes de cumplir su labor tenía acceso a la ficha criminal de los ajusticiados. “Me la daba el comité encargado de arreglar las citas y me servía como acicate para llevar a cabo mi tarea”, admite mientras acepta proporcionar una pormenorizada descripción de los ajusticiamientos. “No sienten demasiado. Es un golpe seco y, después, la muerte. Como si tomaran droga y durmieran para siempre […]. Se suelen llevar a cabo a las 7 a.m., pero la víctima es preparada desde las 3 de la madrugada. En el momento final solo hay funcionarios. No se acepta a más asistentes”, agrega.

Condenas irregulares

Desde el 2013 la soga se ha convertido en una amenaza para la oposición. Entre los cientos de condenados a muerte que esperan en las cárceles egipcias figuran los principales dirigentes de los hoy proscritos Hermanos Musulmanes, como el guía del grupo Mohamed Badía y el ex presidente Mursi.

La sentencia a muerte debe recibir el informe favorable pero no vinculante del muftí, máxima autoridad religiosa del país. Uno de los primeros fallos dictados se aplicó en mayo del 2015 en un proceso marcado por denuncias de irregularidades. Seis presuntos miembros de la filial local del Estado Islámico fueron ahorcados tras ser juzgados en un tribunal militar. Al menos tres de los fallecidos fueron arrestados meses antes de que se cometieran los ataques de los que fueron acusados. Entre ellos, Hani Amer, un programador informático de 32 años detenido en diciembre del 2013 y al que la corte castrense culpó de un tiroteo ocurrido en marzo del 2014. “Presentamos papeles y apelamos el fallo pero no sirvió de nada. Hani terminó en la horca”, señala a este Diario su abogado Ahmed Helmi. “Fue un asesinato político. Mi hermano era coordinador general de la campaña de Hazem Abu Ismail [líder salafista que trató de presentarse a las elecciones del 2012] en las ciudades del Canal de Suez”, comenta Hisham, hermano del ejecutado.

Pese a las denuncias y críticas, Husein –una institución en el barrio de las afueras de El Cairo, donde reside y donde han crecido sus siete hijos– defiende su profesión. “Las primeras tres veces no te sientes bien, pero luego uno se acostumbra. Nunca he tenido problemas para conciliar el sueño”, replica. Y agrega: “Tenía pesadillas en las épocas en las que no había ejecuciones. Mi sueldo era de 16 libras egipcias (2 dólares) y ganaba un extra de 5 libras por cada trabajo. Con 3 ejecuciones al mes doblaba mi salario”.

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