Soldados de la 234ª División de Infantería de Estados Unidos abordan un avión hacia Afganistán el 15 de abril de 2011.  (Foto de VYACHESLAV OSELEDKO / AFP).
Soldados de la 234ª División de Infantería de Estados Unidos abordan un avión hacia Afganistán el 15 de abril de 2011. (Foto de VYACHESLAV OSELEDKO / AFP).
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La retirada de implementada por Joe Biden ha sorprendido por su velocidad, pero Washington ya había resuelto hace cuatro años que quería terminar con las “guerras eternas”, optando por centrarse en su competencia tradicional con otras dos grandes potencias, China y Rusia.

La lucha contra grupos terroristas como Al Qaeda y Estado Islámico agotó el sistema de seguridad de Estados Unidos y consumió billones de dólares desde los ataques del 11 de septiembre de 2001.

MIRA: EE.UU. completará el retiro de sus tropas de Afganistán el 31 de agosto, tras 20 años de guerra

El predecesor de Biden, Donald Trump, asumió el cargo en 2017 prometiendo dejar Afganistán, y calificó la guerra en ese país como un “desastre” y un “desperdicio”.

Los conflictos en Afganistán y en Irak se caracterizaron por el despliegue interminable de tropas, los niveles persistentes de violencia y la incapacidad para infligir una derrota concluyente al enemigo.

Para 2020, Trump ya había sentado las bases para un retiro de las tropas estadounidenses de ambos países, dejando solo 2.500 soldados en cada uno.

Biden aceptó ese plan y anunció el jueves que la participación militar estadounidense en Afganistán concluiría el 31 de agosto. “Estamos poniendo fin a la guerra más larga de Estados Unidos”, dijo.

“Estados Unidos no puede permitirse permanecer atado a políticas creadas para hacer frente al mundo de 20 años atrás”.

Los talibanes ganan terreno en Afganistán. (AFP).
Los talibanes ganan terreno en Afganistán. (AFP).

Desafío de Putin y Xi

Los ataques del 11 de septiembre tomaron por sorpresa al sistema de seguridad de Estados Unidos, que desde entonces decidió lanzar su llamada “guerra contra el terrorismo”.

Los aliados de Washington y la OTAN invadieron Afganistán para derrocar al gobierno talibán, que había brindado protección a Al Qaida.

El entonces presidente George W. Bush aprovechó para invadir también Irak con el fin de derrocar a Sadam Husein, apuntando a reformular el mapa político de Medio Oriente y neutralizar una amenaza más amplia.

Los ataques fueron rápidamente exitosos y lograron fracturar a Al Qaida, que se retiró de Afganistán, y deponer a Sadam Husein.

Pero Estados Unidos y sus aliados permanecieron en ambos países por temor a que, si se iban, se volviera a la situación anterior al 11 de septiembre.

A partir de 2013 China pasó a ser el centro de las preocupaciones de Washington, luego de que el nuevo presidente del gigante asiático, Xi Jinping, comenzara a desplegar una política exterior agresiva.

Buscando contrarrestar y superar la fuerza militar estadounidense, China levantó bases armadas en islotes en disputa en el Mar de China Meridional, sumó una base en Yibuti y planificó otras en Asia y Medio Oriente.

Paralelamente, en 2014, el presidente ruso Vladimir Putin envió fuerzas para tomar Crimea, en Ucrania, y apoyó a la insurgencia en el este de ese país.

Dos años después, Moscú organizó una campaña agresiva para influir en las elecciones presidenciales de Estados Unidos.

En el mismo período, el joven líder norcoreano Kim Jong Un se embarcó en un ambicioso plan para desarrollar armas nucleares con misiles que podrían amenazar a Estados Unidos.

La Estrategia de Seguridad Nacional de 2017 de Trump confirmó el giro de la política estadounidense.

“China y Rusia desafían el poder, la influencia y los intereses estadounidenses, intentando erosionar la seguridad y la prosperidad” del país, afirmó el presidente republicano.

“Están decididos a hacer que las economías sean menos libres y menos justas, a acrecentar sus fuerzas armadas y controlar la información y los datos para reprimir a sus propias sociedades y expandir su influencia”, señaló.

El costo de la guerra de Afganistán. (AFP).
El costo de la guerra de Afganistán. (AFP).

Ucrania y Taiwán, los nuevos focos de tensión

La reorientación decidida por Trump, que recordó a la Guerra Fría, dio nuevo impulso a las fuerzas armadas, con la construcción de bombarderos y submarinos de largo alcance más poderosos y una modernización de las armas nucleares.

El Pentágono estableció un Comando Espacial y un Comando Cibernético para hacer frente a China y Rusia.

En marzo pasado, Biden confirmó las prioridades definidas por Trump al divulgar su política de seguridad nacional.

“La distribución del poder en el mundo está cambiando, creando nuevas amenazas. China, en particular, se ha vuelto más desafiante”, aseveró.

“Tanto Pekín como Moscú han invertido mucho en esfuerzos destinados a controlar las fortalezas de Estados Unidos y evitar que defendamos nuestros intereses y los de nuestros aliados en todo el mundo”, agregó.

Ucrania y Taiwán desplazaron a Afganistán e Irak-Siria como focos de conflicto.

Ambos países han recibido recientemente armamento estadounidense avanzado para disuadir, respectivamente, a Rusia y China.

El Pentágono creó a su vez una nueva oficina centrada en China. Buques de guerra estadounidenses navegan regularmente por las aguas que rodean a Taiwán y en el Mar de China Meridional, desafiando implícitamente los reclamos territoriales de China.

En relación a Rusia, Biden ha buscado fortalecer los lazos con los aliados de la OTAN.

La semana pasada, barcos estadounidenses participaron en ejercicios en el Mar Negro, donde las fuerzas rusas estaban realizando sus propias maniobras.

El contraterrorismo no termina con la retirada de Afganistán, pero se lo implementará cada vez más de manera remota, enfatiza el Pentágono. En Afganistán, por ejemplo, donde Al Qaida sigue activo, se operará desde bases y embarcaciones de guerra situadas lejos del país.

“Estamos reposicionando nuestros recursos y adaptando nuestra postura antiterrorista para enfrentar las amenazas allí donde están”, señaló Biden.

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