(Foto: Reuters)
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Redacción EC

Nuestro lector Javier de la Viuda considera que y han llegado a su límite. A pocos días del referéndum catalán, la polarización parece agravarse. En ese sentido, nos escribió la siguiente carta:

Hace pocas semanas, el conductor de un "team building" al que asistí dio la mejor definición de respeto que he visto: “escuchar al otro como si pudiera tener razón”.

Lamentablemente, en España en lo que respecta al problema catalán, esta noción de respeto no solo brilla por su ausencia, sino que me temo tampoco se la espera. Si bien es incuestionable que Cataluña cuenta con elementos propios y diferenciadores en lo histórico, lo cultural y lo lingüístico, lo mire por donde lo mire, no los veo ni tan únicos ni tan diferenciadores como para justificar la independencia de Cataluña del resto de España. Por otra parte, el hipotético desagravio fiscal de Cataluña no deja de estar basado en una hipótesis malévola ya que los impuestos no los pagan los territorios sino las personas físicas y jurídicas y a partir de ahí los Estados reparten la riqueza solidariamente con el fin de promover el progreso económico y social de los ciudadanos. Todo ello, me lleva a la conclusión de que estamos ante un problema cuya causa raíz es enteramente emocional y que, por tanto, no admite a razones.

El ver a gente objetivamente inteligente, viajada y razonable para la mayor parte de los temas, caer vehementemente en las argumentaciones del “y tú más” y el “y tú menos” (“yo soy más demócrata que tú y tú eres menos solidario que yo”) confirma mi triste convicción de que aquí nadie quiere escuchar a nadie (y mucho menos escucharlo como si tuviera razón). Como bien dijo el novelista Arturo Pérez-Reverte hace unos días y como atestiguan las continuas guerras civiles que hemos padecido a lo largo de nuestra historia, los españoles siempre hemos hecho gala de un cainismo sin límites, de una extraordinaria capacidad para encasillar y de una similar incapacidad para respetar y escuchar al que discrepa.

En definitiva, como esto no vamos a ser capaces de arreglarlo nosotros mismos, mi propuesta es que, como en el caso de los divorcios malavenidos, venga alguien a arreglar este tremendo desbarajuste que entre todos hemos montado.

Pidamos a un organismo internacional de prestigio (como puede ser la ONU) nombre un equipo de expertos independientes, presidido por alguien con un incuestionable liderazgo político para que analice y resuelva el lío. Que pasen un año en España y en Cataluña (en menos tiempo es imposible llegar a entender este despropósito) estudiando, analizando y, también, conviviendo con nosotros. Que nos diseccionen para así emitir su diagnóstico sobre si Cataluña está fiscalmente maltratada, si el catalán o el castellano son lenguas perseguidas, si los catalanes están oprimidos por el centralismo de Madrid o si los españoles son perseguidos en Cataluña y si, en definitiva, las diferencias entre Cataluña y España son tan abismales que nos impiden convivir. Les pediría que también emitiesen un juicio técnico-jurídico sobre la legitimidad o no de la Constitución y de las leyes españolas y catalanas así como esclarecer si una Cataluña independiente quedaría dentro o fuera de la Unión Europea y del Euro. Y por último, démosles un año adicional para que planteen una recomendación vinculante para todos (catalanes y resto de españoles) sobre qué debemos hacer: si Cataluña merece una independencia automática y en qué términos y condiciones; sobre si amerita un referéndum aclarando el por qué, dónde, cuándo y cómo debería realizarse; o si se les ocurre otra idea mejor.

Tras darle muchas vueltas creo que es la única posibilidad: nosotros hemos demostrado que somos incapaces de escuchar al otro como si pudiera tener razón pero confío en que al menos seamos capaces de escuchar a alguien independiente que nos diga lo que debemos hacer y nos proteja de nosotros mismos.

Javier de la Viuda

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