(Foto: Reuters)
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Farid Kahhat

Analista internacional

fkahhat@comercio.com.pe

El gobierno de culpa de la crisis económica en  a un entorno internacional adverso y a la herencia del gobierno de Cristina Fernández.

Es cierto que el entorno internacional no es particularmente favorable para las economías emergentes. Pero parte de ese entorno adverso incluye cambios que, como el alza de las tasas de interés en Estados Unidos, se han dado de manera anunciada y gradual. Por eso, a diferencia del peso argentino, su impacto sobre la cotización de otras monedas de la región ha sido, hasta ahora, menor.

En cuanto al oneroso legado de Cristina Fernández, este no solo es real, sino que además sus síntomas permanecieron ocultos hasta el cambio de mando. Si bien la emisión de moneda del Banco Central propició una mayor inflación, permitió postergar la necesidad de afrontar el déficit fiscal. El déficit en balanza comercial, de otro lado, se mantuvo a raya a través del control de las importaciones y del tipo de cambio. Y la inflación no reveló su verdadera dimensión debido a los controles de precios y a la manipulación de las estadísticas oficiales.

Pero los votantes de Macri parecían coincidir con ese diagnóstico, razón por la cual la primera recesión durante su gobierno no afectó de manera dramática su respaldo en las encuestas. El problema es que, a casi tres años del inicio de su gestión, esos votantes esperaban cosechar los primeros frutos de la nueva política económica, no entrar nuevamente en recesión.

Por lo demás, Macri parece siempre dispuesto a culpar a alguien más por los problemas del país: ahora que ya no puede culpar a la herencia económica de Cristina Fernández, culpa en parte por la recesión a otros componentes de su legado (como la incertidumbre que generan los denominados Cuadernos de la Corrupción) o a las sequías (que, cuando menos hasta julio, no habían tenido mayor efecto sobre las exportaciones).

No es solo que siempre encuentre algo o alguien a quien culpar por los problemas, es que además no los enfrenta del modo esperado por los inversionistas privados (que consideraban a Macri uno de los suyos).

Primero pospuso parte de los ajustes monetario y fiscal ofrecidos, alegando que podrían costarle escaños en las elecciones parlamentarias de medio término. Tras los avances de su coalición en esas elecciones, la nueva excusa fueron las elecciones presidenciales del 2019. Cuando comenzó la vertiginosa devaluación del peso, mintió al declarar que ya había arribado a un entendimiento con el FMI para adelantar los desembolsos del crédito acordado con esa entidad.

En parte para compensar por los incumplimientos pasados, el Banco Central adoptó las tasas de interés más elevadas a escala mundial (60%). La idea es, presumo, enviar (ahora sí) una señal clara e inequívoca a los inversionistas privados sobre el rumbo futuro de la política económica.

Pero cuando se llega a esos niveles, la diferencia entre una respuesta firme (que busca inspirar confianza) y una propiciada por el pánico (que produciría el efecto contrario) se torna tenue. A fin de cuentas, nadie ignora que se trata de medidas de alcance temporal, dado que es virtualmente imposible que la economía retome la senda del crecimiento con tasas de interés que están unos 20 puntos por encima de la inflación si estas se prolongan por tiempo indefinido.

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