"¿Cuántos de nosotros estaríamos de acuerdo con cumplir todo aquello que a ellos se les pide que hagan?". (REUTERS / Carlo Allegri).
"¿Cuántos de nosotros estaríamos de acuerdo con cumplir todo aquello que a ellos se les pide que hagan?". (REUTERS / Carlo Allegri).
/ CARLO ALLEGRI
Virginia Baffigo

Mucho se ha hablado acerca de todo lo que ha estado en juego para lograr que las vacunas contra el COVID-19 hayan llegado al estado en el que se encuentran hoy: en proceso de inoculación a escala poblacional en varios países. Se ha destacado que los científicos chinos lograran descifrar el código genético del nuevo coronavirus en tiempo récord y que grupos de científicos, expertos en búsqueda de soluciones diagnósticas o terapéuticas, reorientaran sus esfuerzos para lograr una vacuna nunca antes diseñada. Este último es el caso de las dos vacunas que contienen la estructura del ARN del coronavirus: la formulada por BioNtech y la ideada por Moderna, en asociación con los Institutos Nacionales de Salud de los EE.UU.

Se ha hablado también de las cuantiosas inversiones que los gobiernos han empeñado en este esfuerzo. Basta con decir que solo la iniciativa ‘Warp Speed’, del Gobierno Estadounidense, ha recibido un financiamiento de US$ 10.761 millones. Esto explica por qué los laboratorios han podido acelerar su trabajo, ya que estaban libres de preocupaciones sobre cómo costear cada una de las fases del proceso, una situación que, muchas veces, representa una barrera insuperable para los avances científicos.

Sin embargo, siendo todos estos elementos cruciales, nada se hubiera logrado de no haberse podido desarrollar la fase clínica de los ensayos con humanos.

De acuerdo con información procedente de los ocho laboratorios que se encuentran ya en dicha etapa, se ha logrado movilizar a 294.400 voluntarios desde el 16 de marzo, cuando Moderna dio inicio a la Fase 1 de su ensayo clínico en Seattle, Washington. Así, pasaron a la historia los nombres de Neal Browning y Jennifer Haller, los primeros voluntarios en ser inoculados.

A partir de esa fecha, hemos sido informados también de los casos de mielitis transversa que se produjeron en dos participantes del ensayo y hasta del deceso de un participante en Brasil (aunque luego se dijo que esta persona no había recibido la vacuna, sino un placebo). Cabe destacar que los protocolos de investigación establecen que el estudio debe ser doble ciego; es decir, que ni los profesionales de la salud, ni los voluntarios que intervienen en los ensayos conocen si están recibiendo la vacuna o no.

De manera excepcional, se ha hablado de la valentía, la nobleza y la solidaridad de los participantes. A través de estas líneas, me gustaría destacar el rol crucial de los voluntarios. Sin ellos, no se hubiese podido comprobar la efectividad y la inocuidad de las vacunas.

Ser voluntario es una elección. Es prestar oídos al llamado en nombre de la humanidad, respondiendo de manera categórica, con altruismo y entrega, y no por deber u obligación.

Precisamente, el altruismo lleva a los voluntarios a no esperar más recompensa que el bien común, aun a costa de exponer su vida. ¿Se imaginan la reacción de los voluntarios al leer el consentimiento informado antes de estampar su firma? Este documento contiene un largo listado de situaciones que potencialmente podrían presentarse bajo la forma de reacciones adversas o de eventos inesperados.

¿Cuántos de nosotros estaríamos de acuerdo con cumplir todo aquello que a ellos se les pide que hagan? Las obligaciones pasan por comprometerse a lo largo de un año con asistir a los controles, sacarse muestras de sangre, recibir llamadas telefónicas diarias, acudir al centro de investigación cuando se les solicite y ser responsables con el uso de anticonceptivos.

Así, estamos frente a un esfuerzo multitudinario de un inmenso grupo de seres humanos que nos ha regalado la salvación. ¿Cómo recompensar tanta entrega? Quizás podamos tener un pensamiento de gratitud hacia ellos. En el Perú, se están llevando a cabo dos ensayos que tienen previsto congregar a 9.500 voluntarios. Somos parte del grupo de 18 países a nivel global y seis en América Latina que está contribuyendo al desarrollo de las vacunas, aunque aún no tengamos aseguradas algunas de ellas. Que la mayor retribución al sacrificio de estos peruanos sea que nuestras autoridades realicen un mayor esfuerzo por protegernos del COVID-19.

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