(Ilustración: Víctor Sanjinez).
(Ilustración: Víctor Sanjinez).
Gonzalo Zegarra Mulanovich

A Teresa, mi mamá

“Floro” llamó Carlos Meléndez hace poco en este mismo Diario a la aspiración de ciertos intelectuales y políticos –como el presidente PPK– de reconducir la vida nacional con valores republicanos (“”, 23.9.17). Afirma el politólogo que no existiría un sustento en el sentir popular que haga viable y fructífero tal proyecto. Basta observar el comportamiento habitual de los peruanos en el tráfico o las redes sociales para estar tentados a darle la razón. Pero nuestra convivencia podría esconder otros sentimientos populares que sí sugieren la existencia de un germen republicano aún inexplorado e inexplotado.

Una encuesta de1999 elevó al gran almirante a la categoría de “Peruano del Milenio”; esto es, el peruano más admirado de todos los tiempos. Se dirá que han pasado 18 años de eso, pero el año pasado seguía siendo el héroe más buscado en Internet, con más de 14 millones de resultados en Google. En redes sociales, el 8 de octubre los protagonistas de la crispación política y cultural vigente suelen evocar todos con igual admiración a nuestro héroe. Resulta razonable, por tanto, afirmar que Grau no es un ícono solo para las élites liberales, sino un verdadero referente nacional transversal a todas las ideologías y clases sociales. Un pasaje del libro Historia de la República de Enrique Chirinos Soto, político cazurro y trajinado, afirma que no hay pueblo del Perú, por más remoto, donde no haya una plaza o calle con su nombre. Aunque me queda mucho por recorrer del país, lo he comprobado también en mis viajes.

¿No encarna acaso Grau la síntesis de todas las virtudes y acciones republicanas? Fue diputado por el partido civilista, cuya cabeza, Manuel Pardo, lideró lo que llama “la utopía republicana”. Como marino no solo fue brillante –las “correrías del Huáscar” son un caso de estudio–, sino que además desplegó el heroísmo que todos conocemos. Su proverbial caballerosidad se manifestó de manera visionaria en público y privado. Salvar, como salvó, a los sobrevivientes enemigos lo convierte en precursor de los derechos humanos. Las demostraciones de cariño por su esposa e hijos que revelan sus fotos y cartas eran inusuales en la era victoriana, para no mencionar su célebre carta a la viuda de Prat, el enemigo vencido.

Su vida no fue cómoda ni fácil: aunque su familia materna era ilustre y pudiente, el ser hijo extramatrimonial lo privó de muchos privilegios, y acaso determinó que su padre (que era extranjero) lo embarcara como grumete cuando era apenas púber. Pudo así recorrer –como poquísimos peruanos de su tiempo– prácticamente el mundo entero (hasta la China) y le tocó afrontar todo tipo de peligros y conflictos. Todo eso le valió, en vida y antes de su heroico sacrificio, una distinción social que hoy podríamos calificar como una “meritocrática”, mucho más republicana que la de –por ejemplo– nuestros dos primeros presidentes (Riva Agüero y Torre Tagle), que tenían títulos nobiliarios españoles.

A su muerte, las muestras de congoja y admiración –algunas verdaderamente conmovedoras-llegaron de todo el mundo, como solo podía ocurrir con un héroe cosmopolita con valores universales. Ni siquiera el historiador chileno Benjamín Vicuña McKenna, usualmente mezquino hasta la miserabilidad con todo lo peruano, escatimó elogios hacia él.

Por ello no sorprende que sigamos admirando a Grau, sino que esa admiración sea teórica y distante. En su “Imitación de Cristo”, el alemán Tomas de Kempis proponía que el verdadero cristiano no solo debe contemplar a Cristo, sino intentar ser como él. Los peruanos no deberíamos solo admirar a Grau, sino imitarlo. ¿Acaso no mejorarían nuestra convivencia y la situación general del país si cada peruano se preguntase cómo actuaría Grau en su situación?

Para empezar, habría menos accidentes de tránsito. No puedo dejar de pensar en cuánta corrupción, impunidad, persecución judicial o periodística, censuras ministeriales (o amagos de ellas), amenazas de disolución política, entre otros absurdos incidentes nos ahorraríamos.¡Cuánto más cerca estaríamos de cicatrizar nuestras heridas y reconciliarnos tras la violencia interna provocada por el terrorismo y los errores cometidos al combatirlo! Y ni qué decir de la energía que hoy gastamos en nuestras inverosímiles guerritas culturales, desde el lugar para la misa del Papa hasta la “ideología de género”. ¿Cómo intervendría Grau en esas desavenencias? Él, que elogiaba y hasta salvaba a su enemigo, ¿avalaría las bajezas que presenciamos en esta crispación política? ¿Cómo sería un Grau ‘tuitero’? Creo que jamás insultaría ni denigraría, ni negaría a nadie el derecho a decidir su destino. Discreparía con altura y respeto, tratando de convencer, y eventualmente se rendiría con humildad ante la evidencia concluyente si llegaran a presentársela. Se disculparía por cualquier error o exceso.

Esos son los valores y las acciones que necesitamos para convertirnos en una verdadera república. ¿Es utópico? No lo creo. Recordemos que hay peruanos –como nuestros heroicos bomberos voluntarios– que incluso hoy, en medio de toda esta degradación, se comportan como Grau. Las crisis sacan lo peor, pero también lo mejor de las personas, y así ocurrió en la Guerra del Pacífico. Si más peruanos hubieran actuado como Grau, tal vez no hubiéramos ganado, pero la devastación hubiera sido menor. Igual ahora. Por eso, hoy que se cuestiona el aumento del presupuesto del Ministerio de Cultura y los rubros a los que este se destina, creo que una buena inversión (también del Minedu) sería aprovechar la admiración y conexión emotiva ya existente con Grau y fomentar que más compatriotas lo imitemos. No necesariamente en su sacrificio heroico –tal vez eso es mucho pedir– pero sí en su respeto republicano por el prójimo, sin importar cuán distinto sea o piense.