(ilustración: Jhafet Pianchachi)
(ilustración: Jhafet Pianchachi)
Carlos Novoa

La decisiDonald Trump de reconocer a Jerusalén como capital del Estado de Israel es un monumental error porque atiza el fuego en una siempre convulsionada región y hiere de muerte la posibilidad de un futuro acuerdo entre israelíes y palestinos. 

No había ninguna necesidad de promover una medida que, en la práctica, quizá nunca se concrete (el traslado de la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén puede demorar años). Más bien sí tiene un alto contenido simbólico por tratarse de un punto neurálgico de un conflicto que, aunque lejos de solucionarse, se hallaba congelado. 

Ahora, con esta medida populista de Trump, se abre la posibilidad de que los grupos extremistas como Hamas encuentren el escenario ideal para impulsar una nueva intifada o levantamiento palestino. 

Jerusalén es reclamada por el Estado judío como su capital eterna e indivisible. Los palestinos, que aún esperan un proceso de paz que termine por establecer un futuro Estado, también reclaman Al Quds (nombre de Jerusalén en árabe) como su próxima capital. 

Durante la década de 1990 se estuvo a punto de alcanzar un acuerdo de paz entre israelíes y palestinos y un punto clave de las negociaciones fue –precisamente– la situación de Jerusalén. En 1993 se firmaron los Acuerdos de Oslo y el tema de Jerusalén tuvo una propuesta de zanjamiento: la parte occidental de la ciudad iba a convertirse en la capital de Israel y la parte oriental en la capital del futuro Estado palestino. 

Ahora, esta innecesaria provocación de Trump colisiona con la posición de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) porque menoscaba la solución de los dos estados: el israelí y el palestino. Prueba de ello es que los países de la comunidad internacional (incluidos los aliados de Estados Unidos) mantienen sus embajadas en Tel Aviv o zonas aledañas. 

Fiel a su estilo, el presidente Trump prescinde de toda prudencia y diplomacia al imponer una medida con la que cumple una promesa electoral, pero que, al mismo tiempo, incomoda a la comunidad internacional –incluso a sus aliados árabes– que busca mantener un precario equilibrio en la convulsionada región. 

Jerusalén es una ciudad que va más allá de la soberanía de uno o dos países debido a su alta carga religiosa y cultural, sobre todo en la llamada Ciudad Vieja, de apenas un kilómetro cuadrado de extensión. El llamado Muro de los Lamentos se levanta sobre ruinas de lo que fue el Templo del Rey David, máxima figura de los judíos. Exactamente a la espalda de este muro se encuentra la Explanada de las Mezquitas, donde está la mezquita de Al Aqsa, el tercer lugar más sagrado de los musulmanes después de La Meca y Medina. Por si fuera poco, apenas a unos 300 metros de esa zona se encuentra la iglesia del Santo Sepulcro, escenario emblemático del mundo cristiano.

Esta concentración de distintas religiones en un espacio tan reducido es una razón suficiente para mover con sumo cuidado y criterio las piezas de este siempre complicado ajedrez, algo que el presidente de Estados Unidos no ha sabido ni querido hacer. 

Desde 1948, cuando se fundó el Estado de Israel, el estatus de Jerusalén siempre estuvo en cuestionamiento y la comunidad internacional la consideraba una ciudad internacional. Al ser una ciudad religiosamente recargada, se convirtió durante cientos de años en objeto de disputas, conquistas y reconquistas hasta llegar a su situación actual. 

Solo en 1967, tras el contundente triunfo israelí en la Guerra de los Seis Días, es que los israelíes empezaron a ejercer una soberanía de facto sobre Jerusalén, aunque sin reconocimiento internacional. Trump, con su decisión, rompe una vez más todo esquema y ahora toca esperar las consecuencias (nada auspiciosas, por cierto) de su exabrupto.

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