¿Vigilar y castigar?, por Elder Cuevas Calderón
¿Vigilar y castigar?, por Elder Cuevas Calderón
Elder Cuevas-Calderón

Semiotista, profesor e investigador de la Universidad de Lima

Propongamos el siguiente escenario. Frente a un hombre sospechoso de robar en el trabajo, cada tarde cuando abandona la fábrica, los vigilantes inspeccionan la carretilla que lleva. La fiscalización es larga. Revisan hasta el mínimo detalle. Sin embargo, nunca encuentran nada. Después de tiempo el hombre deja de ir a trabajar y con esta ausencia los vigilantes comprenden el modus operandi. ¿Qué robó ese trabajador? Extrañados se preguntaban una y otra vez qué pudo ser si día a día la inspección de la carretilla era tan exhaustiva que resultaba imposible cualquier fechoría. Finalmente, descubren lo sucedido: lo que el trabajador estaba robando eran las carretillas. Esta reflexión que hace Slavoj Žižek es tal vez la mejor metáfora para poder entender lo que nos sucede con las cámaras de vigilancia pero principalmente con la inseguridad ciudadana. 

Ya sea en las calles, centros comerciales o incluso dentro de nuestras propias casas, nos estamos empezando a colmar de cámaras de todo tipo. Parecemos estar obsesionados con tener registro de todo lo que nos rodea. Inspeccionamos y tratamos de ver donde nuestros ojos no llegan a hacerlo. Digamos que hoy Argos Panoptes –el gigante griego que todo lo ve– ha sido secuestrado por las agencias de seguridad para vigilar al rebaño del mundo. Sus ojos están en cada rincón de nuestra vida cotidiana. Sin embargo, la metáfora del trabajador se repite. 

La paradoja de nuestro tiempo es que tenemos ojos por todos lados, pero parecemos estar obsesionados en buscar solo las señales de violencia más evidentes. Perdemos de vista lo trascendental que está frente a nuestros ojos. Nos quejamos de la inseguridad ciudadana, demandamos más protección, mayor vigilancia, pero a la vez olvidamos que la inseguridad no solo concierne a la mayor o menor presencia de crímenes, también implica la violencia cotidiana y la precariedad de nuestra convivencia. En otras palabras, pensamos solo en los crímenes como el núcleo de la inseguridad ciudadana cuando esta también comprende los accidentes y negligencias de tránsito, el acoso sexual callejero, la desconfianza en las autoridades hasta la debilidad de la cohesión social. 

Así, inspeccionamos la carretilla sin cesar, escudriñamos en ella y no encontramos nada más ya que tomamos como inseguridad ciudadana solo aquello que ante nuestra retina se presenta como una violencia subjetiva, aquella que es directamente visible, practicada por un agente que podemos ver al instante. Pero como podemos advertir de la lección al principio de este artículo, estamos cometiendo el mismo error que los vigilantes, ya que al concentrarnos en este tipo de violencia se dejan inadvertidas otras prácticas más complejas de detectar. 

Si la violencia subjetiva se experimenta en contraste de la perturbación del estado “normal” y pacífico de las cosas, la violencia objetiva –la más complicada de advertir– es lo inherente a este estado de cosas “normales”. En ese sentido, este tipo de violencia es invisible puesto que sostiene la normalidad del nivel cero contra lo que percibimos como subjetivamente violento. Cuando devolvemos la mirada sobre la criminalidad que colma las noticias, estamos naturalizando actos de violencia aun más violentos de los encontrados a diario. En ese sentido, lo más violento –por citar un ejemplo– de la lamentable agresión a Cindy Contreras no solo radica en el brutal ataque que recibió sino en el frío registro de la cámara de seguridad que a pesar de su uso como prueba judicial se convierte en un testigo silente y cómplice de la inherente naturalidad de la agresión. Lo ríspido de esto no es la indignación frente a lo ocurrido sino la naturalidad con la que una agresión es representada. En breve: “Otra mujer agredida”. 

De ese modo, ¿tal vez sea nuestra nula conciencia ciudadana la madre de nuestra violencia objetiva? Tal vez por allí deberíamos empezar nuestro plan contra la inseguridad ciudadana. No obsesionados con la criminalidad sino en deconstruir la violencia objetiva que crea todos los escenarios de inseguridad.