Puente de la Amistad conecta San Isidro con Miraflores. (Foto: Carlos Hidalgo)
Puente de la Amistad conecta San Isidro con Miraflores. (Foto: Carlos Hidalgo)
Angus Laurie

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El nombre del Puente de la Amistad arrastra una connotación de voluntad, de poder articular una ciudad dividida. Es un caso simbólico que muestra que dos alcaldes pudieron elevarse por encima de las políticas locales y pequeñas diferencias para construir algo para el bien común, y dieron prioridad a la ciudad sobre el distrito.

Con el puente terminado, el parque ecológico en el malecón de es el último eslabón necesario para unificar un gran corredor verde y la ciclovía que se extiende en la totalidad del malecón de Miraflores, a lo largo del malecón Bernales hasta la avenida Salaverry, y luego hasta el Centro Histórico.

A pesar de estar terminado hace meses, el parque ecológico sigue enrejado y sin acceso al público. San Isidro ha aclarado que no es un espacio público, sino un terreno municipal. Su intención es que se vuelva “un club vecinal”. En una entrevista con El Comercio, el alcalde de San Isidro insinuó que su acceso sería limitado. Quizás para el uso exclusivo de los vecinos del distrito.

Puede ser que, al desviar a los ciclistas por la avenida Del Ejército y pretender generar un ‘club para sanisidrinos’, la comuna esté actuando de acuerdo a los intereses de los vecinos que viven en esta zona. El alcalde de Lima, en cambio, ha pedido que San Isidro abra las rejas para permitir el acceso al parque, y, sobre todo, para garantizar la continuidad del malecón y su ciclovía para los peatones y ciclistas.

Más que ser un terreno de San Isidro, el parque ecológico forma parte de un sistema metropolitano territorial: la Costa Verde. Está ubicado frente al acantilado y dentro del ámbito político de la Autoridad del Proyecto Costa Verde (APCV). La idea tras la generación de la entidad era poder planificar en un solo ámbito estos espacios por su carácter e importancia metropolitana. El problema es que la APCV no tiene competencias ejecutivas, lo que permite que un alcalde distrital pueda actuar de forma desarticulada y, en este caso, en contra de los intereses y políticas del municipio metropolitana, para dar beneficios a sus electores locales.

Con 50 distritos en Lima y Callao, nuestra gobernanza se presta a esta situación en que se ponen los intereses de pocos sobre el bien común de la metrópolis. El sociólogo estadounidense Richard Sennett dice: “Si hiciéramos lo que la gente quiere, acabaríamos construyendo urbanizaciones enrejadas y segregaríamos a la población por raza, creencias o clase social. ¿Consideran que se deben apoyar esos prejuicios?” .

Quito tiene un solo alcalde y distrito metropolitano. En Bogotá, los burgomaestres locales son elegidos por el alcalde mayor de la ciudad y forman parte del organismo del distrito capital. Como estas otras ciudades, Lima requiere un sistema de gobernanza que permita pensar como una sola ciudad, donde la comuna metropolitana tenga la autoridad sobre los distritos. De lo contrario, no podremos avanzar y seguiremos con la discordia.