Carmen McEvoy

Mientras la evidencia colectada eficientemente por el equipo de servidores públicos, dirigidos por la fiscal Marita Barreto, se acumulan en seis investigaciones, el primer magistrado de la nación inventa una realidad paralela para injuriar a un poder de ese Estado que no logra jefaturar. Haciendo gala de un desconocimiento absoluto de las bases jurídicas de la despreciada República bicentenaria que prometió refundar, el presidente , que despertó las esperanzas de millones de compatriotas desatendidos en sus necesidades básicas, nos propone “desenmascarar” la “patraña” de una labor fiscalizadora, establecida en la Constitución, y que ahora, para su desgracia, toca a su círculo más cercano.

Es así como en un relato que muestra el negacionismo de una administración, cuya tempestuosa inauguración ocurrió en un teatro a media luz, el maestro rural no duda en acusar al Ministerio Público de comprar colaboradores eficaces e incluso de fabricar evidencia con la finalidad de agraviarlo.

En un momento en que, como muy bien lo señala Fernando Vivas, “las emociones” han sido “convertidas en actos de ” no sorprende que los validos de este caudillismo, a la defensiva, recurran a la vieja estrategia de la victimización. Además de convertirse en receptora de simpatías e incluso de lástima, la falsa “víctima”, amenazada por fuerzas ignotas y “oscuras”, es usualmente infantilizada por sus “protectores”, porque si volvemos al caso que nos concierne, el presidente Castillo no exhibe ni una pizca de responsabilidad personal por la tormenta política a la que, en medio de una crisis económica en curso y otra alimentaria en ciernes, nos somete, y mucho menos el sentido del deber que obliga a hablar con la verdad. Y esto sin dejar de mencionar lo que ocurre en el Congreso y con la titular de dicho poder del Estado que parece sometida a los designios de quien popularizó el plagio y la frase “plata como cancha”.

“La primera víctima cuando llega la guerra es la verdad”, es una frase memorable pronunciada por un senador estadounidense durante la Primera Guerra Mundial, que puede ser complementada por esa otra de Winston Churchill: “la verdad es tan preciosa que debería ser protegida por un guardaespaldas de las mentiras”. Para nadie es una novedad que desde hace varias décadas los peruanos habitamos un mundo mentiroso además de binario, donde los enemigos políticos, cada vez más degradados, son incapaces de asumir su responsabilidad en esa corrupción que ha ido gangrenando los nódulos de un Estado implosionando. Es por ello que la Fiscalía de la Nación debe exhibir la probidad, la transparencia, la disciplina y la firmeza que una coyuntura como la actual demanda. Y es que sofistas omnipotentes se han instalado en Palacio de Gobierno. Cabe recordar que, al sofisma se le conoce como falacia de argumento o razonamiento falso, formulado con el objetivo de engañar al adversario. Si a este modelo se le añade la noción de “hubris” tenemos una muralla virtual construida con el objetivo de contener, mediante palabras huecas, lo inevitable. Porque la tragedia, que tarde o temprano llega para los atrapados en las redes de “hubris”, se va forjando muy lentamente, mediante una combinación de arrogancia, negligencia, desmesura y desprecio por la inteligencia ajena.

Nada mejor que volver a la razón, a la comunidad de memoria, a la solidaridad, a la palabra sanadora y a una serie de valores, entre ellos el conocimiento, para combatir la frustración y la terrible pena que nos embarga. La urgencia de esta estrategia, ante el espectáculo de un sistema político farsante, tiene que ver con aquello que Rebeca Jiménez, especialista en neuroinmunología, ha denominado, para el caso venezolano, el síndrome del desmantelamiento emocional. El agotamiento físico y mental que produce la lucha por la sobrevivencia ocasiona un daño psicológico, social y económico tan grande que es posible incluso aceptar las reglas del juego vigente, aunque sean perversas. Si el predominio de la ley, en el que Manuel Lorenzo de Vidaurre cifraba la sobrevivencia de la República, debe ser nuestro objetivo, lo es también la búsqueda de sentido como sociedad. Viktor Frankl recordaba que “nada en el mundo ayuda a sobrevivir, aun en las peores condiciones, como la conciencia de que la vida tiene un sentido”. Y cómo no hemos de encontrarlo si provenimos de una cultura tan rica y vital como la nuestra que lo único que requiere es liderazgo y honestidad.

Carmen McEvoy es historiadora

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