El poder de la belleza, por Carmen McEvoy
El poder de la belleza, por Carmen McEvoy
Carmen McEvoy

Historiadora

“Vivo cercando el misterio de las palabras y las cosas que nos rodean”, escribió José María Eguren a escasos meses de fallecer. Poeta notable además de acuarelista, periodista, fotógrafo, inventor y bibliotecario, Eguren tuvo un encuentro temprano con la naturaleza. Fue ese “inmenso surtidor de sones finos y temerosos exhalados por miríadas de entes frágiles” el que marcó su concepción del arte y la literatura. De su infancia en Chuquitanta el autor de “La canción de las figuras” (1916) recordará las mañanas con aroma de madreselva y jazmín. De los años vividos en Barranco las eternas caminatas, el encuentro con atardeceres mágicos y esa tenue bruma que lo envolvía todo.

Eguren nació un día como hoy, 7 de julio de 1874, en Lima. Su infancia y parte de su juventud transcurrieron en las afueras de la capital peruana de donde su familia se mudó al bucólico balneario de Barranco. Problemas económicos y una salud precaria no amenguaron la creatividad y la bondad natural de quien ha sido descrito como “el pórtico de la poesía peruana”. Hombre sin hiel, al margen del poder y de los vaivenes de la contingencia, José María representa al artista total. Flaco, de ojos enormes, aire chaplinesco e inquietante pestañeo, Eguren experimentó tanto con las palabras como con las imágenes. Su verbo extraordinariamente musical y su rico universo mental, capacidad de observación y gran sensibilidad, lo convirtieron en el más original de nuestros poetas del siglo XX.

Expertos en la obra del único representante del simbolismo en el Perú señalan que la soledad y belleza del entorno natural perfilaron los años de su aprendizaje visual. Entre la belleza majestuosa de Chuquitanta y la niebla barranquina Eguren fue forjando una estética poblada de hadas, castillos, apariciones fantasmales, árboles parlantes, visiones infantiles y alegorías medievales. Andariego pertinaz, aunque siempre atento a cada insecto, ave o atardecer limeño que se le cruzaba por el camino y que plasmó en sus hermosas acuarelas o minúsculas fotografías, Eguren combinó una intensa creación artística con una vida simple y austera. 

Gran amante de la música clásica, la reflexión artística y la fotografía, a la que describió como una técnica capaz de reproducir “la estética del alma” y “la claridad del espejo luminoso del recuerdo”, Eguren es el poeta que todos los peruanos deberíamos leer en estos tiempos de crimen organizado, cinismo y desesperanza. Ello porque la obra del vecino más renombrado de Barranco nos acerca a lo mejor de nosotros mismos. La magnífica obra de Eguren, reconocida públicamente por José Carlos Mariátegui, se forjó en una etapa muy difícil, cuando la política peruana consolidaba ese aspecto farsesco e inútil que ahora la define. 

“La niña de la lámpara azul”, uno de mis poemas favoritos de Eguren, muestra cómo el creador de “Juan Volatín” cercó “el misterio de las palabras” y produjo esa invitación a lo mágico a la que se refirió en su momento Antonio Cisneros. En un pasadizo nebuloso esta niña “ágil y risueña” nos “habla de una vida milagrosa” señalando un “mágico y celeste camino” de luz. En este aniversario 140 de un peruano extraordinario mi deseo es que la poesía pura, inocente y bella de José María Eguren nos guíe a través de una noche que parece no tener fin.