(Ilustración: Raúl Rodriguez)
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Gonzalo Zegarra

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“Quiero comprender que algo les fastidia, pero no sé qué”. Esta frase del fugaz ex primer ministro Ántero Flores-Aráoz se ha vuelto tristemente célebre porque era obvio desde un inicio de la crisis política el rechazo de las marchas juveniles hacia el gobierno de Manuel Merino, el Congreso y la conducta general de la clase política.

Así lo han confirmado las encuestas posteriores, que nos permiten ahora saber, además, que la generación del bicentenario no buscaba la reposición de Martín Vizcarra (solo el 28%), a pesar del abrumador rechazo a la vacancia (90%). Y si bien los sondeos revelan que la juventud sí ve con buenos ojos un cambio constitucional, también muestran que aprueba la economía de mercado, aunque con mayor intervención estatal. Ello no necesariamente es contradictorio; sospecho que la intervención deseada apunta a una mayor eficacia regulatoria y fiscalizadora antes que a un dirigismo trasnochado.

Hay, pues, una insatisfacción con el ‘establishment’ posfujimorista de crecimiento económico sin institucionalidad, y no debería sorprendernos. Entre mis artículos antiguos encontré uno del 2014 que se titula: “Contra el modelo peruano” donde concluía que no se trata solo de crecer, sino de ser un mejor país para vivir. Creo que a eso aspiran nuestros jóvenes.

Pero eso no se logra con una aplicación puramente literal de las normas, solamente.

Lo constitucional es condición necesaria –e irrenunciable–, pero no suficiente para la convivencia. Se requiere algo más; a saber, actitudes constructivas que nos conduzcan a la realización de aquello que Jorge Basadre llamó “la promesa de la vida peruana”. ¿Puede predicarse tal cosa de un mecanismo que –incluso si hubiera sido regular– engendraba un ínfimo proyecto político de personajes e intereses que, en el mejor de los casos, encarnaban la medianía más ramplona y oportunista y, en el peor, una alianza casi explícita con el mercantilismo, la informalidad, la sedición, la corrupción y hasta el crimen organizado?

La izquierda paleolítica (no solo hay dinosaurios en la derecha) nos quiere hacer creer, por su parte, que basta con cambiar la Constitución y abolir la economía de mercado para lograr mágicamente esa convivencia mejor. Su pretensión, sin embargo, carece de evidencia local –se ha reducido pobreza como nunca– e internacional: no existe país en el mundo que merezca ser tomado como ejemplo que funcione sin una economía de mercado (con sus matices).

Ambos extremos, pues, con su simplismo y/o maximalismo, nos alejan del proyecto común de una convivencia fructífera, esperanzadora y que inspire ilusión sobre el futuro, que es lo que persigue la generación del bicentenario. No es, por cierto, la primera. Dice Gonzalo Portocarrero en su libro “La urgencia por decir nosotros” que “aún no somos nación pero es dominante la aspiración a serlo”. Voy a pasar por alto la discusión académica –muy del siglo XX– sobre si existe identidad nacional o no, para centrarme en la aludida aspiración.

¿Cuántos países, siendo cuna de civilización pero además receptores de “todas las sangres” del mundo, como el Perú, pueden dar cuenta de un sistemático y milenario patrón unificador? El arqueólogo inglés John Rowe dividió nuestros períodos culturales precolombinos en “horizontes” e “intermedios”. Los horizontes suponen una hegemonía o unificación, y comenzaron hace 3.500 años con Chavín. Si bien hubo conquistas violentas, y también una recurrente dialéctica de disolución –los períodos “intermedios”–, esta configuración histórica me parece indicativa de una ancestral voluntad integradora que hoy encarna a su propia manera la generación bicentenaria al exigir mejor representación y rechazar la componenda y el autoritarismo como manifestaciones disolventes de la convivencia.

Habrá quienes encuentren ingenuidad en ese anhelo, pero su persistencia –lejos de cualquier historicismo– sugiere que el Perú, como todo emprendimiento humano, es una creación constante, incremental; un ensayo-error motivado en esa búsqueda de la patria que describía el poeta cubano Reinaldo Arenas en su “Introducción al símbolo de la fe”:

“Sé que más allá de la muerte/ está la muerte,/ sé que más acá de la vida/ está la estafa./ Sé que no existe el consuelo/ que no existe/ la anhelada tierra de mis sueños/

ni la desgarrada visión de nuestros héroes./ Pero te seguimos buscando, patria,/ en las traiciones del recién llegado/ y en las mentiras del primer cronista […] / Te seguimos buscando, calma,/ en el infinito gravitar de nuestras furias/ en el sitio donde confluyen nuestros huesos […] / en el impublicable ademán de los adolescentes […]/ en la soledad perpetua/ y en el desesperado rodar hacia la muerte/

te seguimos buscando/ te seguimos/ te seguimos”.

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