(Ilustración: Giovanni Tazza).
(Ilustración: Giovanni Tazza).
Carmen McEvoy

Historiadora

En el mundo de los descuartizamientos –con video incluido– y donde mueren recién nacidos por la ausencia de incubadoras, levanta la moral descubrir que todavía existen destellos de humanidad en el Perú. Acá me refiero específicamente a un hecho que no ha recibido la suficiente cobertura de los medios porque simplemente no excita las pasiones y, en consecuencia, no vende como el historial de un presidente ladrón o la confesión de un feminicida. Hace algunos días, dos suboficiales de la comisaría de Monterrey caminaron más de 40 minutos cargando sobre sus espaldas a dos ancianas deshidratadas que requerían urgente atención médica. Debido a que las octogenarias provenían del centro de Churap, un poblado de la región Áncash donde no entran los autos, la misión de llevarlas al hospital Víctor Ramos Guardia de Huaraz fue de vida o muerte. En un medio donde el egoísmo y la indolencia forman parte de la tendencia, la nota periodística –que probablemente pasó desapercibida– subrayó que la acción de los dos servidores públicos fue “voluntaria”. Es decir, que la voluntad al servicio de una causa noble en una coyuntura tan desquiciada –como la que diariamente padecemos– hizo la diferencia.

“El acto más importante que realizamos cada día es tomar la decisión de no suicidarnos”, sentenció hace varias décadas el extraordinario escritor Albert Camus. Ante un mundo absurdo que parece ir rumbo al despeñadero, rendirse es evidentemente la salida fácil. Es por ello que la voluntad de seguir apostando por la vida y la felicidad se convierte para los vitalistas –como lo fue Camus– en una suerte de acto revolucionario. Sin embargo, esta voluntad de seguir vivos no consiste tan solo en la búsqueda del bienestar propio. Para el autor de “La peste”, quien murió en un absurdo accidente automovilístico, el escape de la melancolía y la desesperación pasa por una vida plena, en la cual la efímera felicidad mundana debe considerar, también, a la del prójimo. Sin mencionarlo directamente, la propuesta camusiana alude a la vieja noción del “bien común”, aquello que los primeros republicanos consideraban, con todas las limitaciones de la época, el objetivo fundamental del proyecto que inauguraron con ilusión. Y que ahora, en un escenario de adendas, coimas millonarias y de ‘codinomes’, parece esotérico, iluso e incluso hasta una reverenda idiotez.

En un libro notable, “La voluntad encarcelada”, José Luis Rénique observa cómo la voluntad posee una densa historia local que Sendero Luminoso utilizó a favor de su proyecto destructivo. Tradiciones nativas de larga data con lenguajes y categorías mentales propias conformaron el insumo para que –en el terreno de la cárcel– las huestes de Abimael Guzmán apelaran a una teórica superioridad ideológica y política. En breve a lo que consideraron sus valores (entre ellos la disciplina) para imponer una insania voluntarista desde el encierro. Definiendo, de esa manera, a “la prisión como la metáfora” del Perú. Ahora que son un puñado de expresidentes, entre otros muchos delincuentes, los prisioneros de su ambición desmedida, ¿será posible imaginar una voluntad constructiva desde la libertad? Una ‘voluntad libre’ en manos de los que, a pesar de las tentaciones del atajo fácil, actuaron honestamente y por ello no sufren la angustia de perder ese bien supremo con el cual damos inicio (“Somos libres, seámoslo siempre”) a la letra de nuestro himno nacional.

La gran recepción que ha tenido la convocatoria de Voluntarios del Bicentenario –veinte mil inscritos en tan solo cinco días– permite afirmar que existe un espíritu de servicio que corre paralelo al viejo paradigma del sálvese quien pueda. Un modelo que, gracias a la labor de jueces, procuradores y fiscales, está siendo castigado y además estigmatizado públicamente. “La voluntad es la que da valor a las cosas pequeñas”, decía Séneca, y eso ha venido ocurriendo desde hace décadas en nuestro país, donde miles de peruanos han ofrecido su tiempo y esfuerzo en servicio de los demás. Dentro de ese contexto, lo que intenta Voluntarios del Bicentenario es articular y centralizar todos los esfuerzos dispersos, y hacer visible la existencia de una voluntad solidaria en estos tiempos de desaliento y frustración. El objetivo es la construcción de una red humana para unir hogares y barrios de todo el Perú, desde donde surgirán los nuevos agentes de cambio socializados, desde los 16 años, en valores ciudadanos que, como la lucha por la igualdad y contra el racismo, el respeto a la diversidad o la preservación del medio ambiente, se inculcan y fortalecen en el quehacer cotidiano. Cualquier revolución existencial, señaló Václav Havel luego de su dura experiencia carcelaria, esencialmente proviene de la reconstrucción de los vínculos sociales. Es decir, de la renovación de las relaciones comunitarias tendientes a un “orden humano” que ningún sistema político puede llevar a cabo per se. Ofrezcamos nuestro tiempo y talento para construir las bases de una república de la que podamos sentirnos orgullosos; su futuro está literalmente en nuestras manos.

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*La autora preside el consejo consultivo que guiará la agenda conmemorativa por el bicentenario de la independencia.