"Uno se pregunta cuál habría sido el destino de muchos de nosotros sin la compañía de los animales en casa durante la cuarentena" (Ilustración: Giovanni Tazza).
"Uno se pregunta cuál habría sido el destino de muchos de nosotros sin la compañía de los animales en casa durante la cuarentena" (Ilustración: Giovanni Tazza).
Alonso Cueto

Confinados, asustados, enmascarados. Esa ha sido nuestra vida durante muchos meses, desde que se inició el gran evento del siglo. No nos recuperaremos de quienes hemos sido durante la pandemia y la cuarentena. Ahora que parece que vamos volviendo lentamente a la normalidad, hay mucho que no es normal. Desde hoy tenemos que tener un certificado de vacunación para entrar a un espacio público, averiguar cuántos requisitos se necesitan para viajar a algún sitio y evitar aglomeraciones, aunque estemos vacunados.

Recuerdo bien los primeros meses de encierro. El lema de entonces era “Yo me quedo en casa”. Solo se podía ir a la farmacia o al mercado. Para muchos, especialmente para quienes vivían solos, la compañía de un animal doméstico se hizo esencial. Cada uno habrá tenido sus preferidos. Me atrevo a pensar que la identidad de cada uno de nosotros puede rastrearse por su relación con perros, gatos, peces, aves o hámsteres. Me ha gustado siempre la frase de Milan Kundera, según la cual los perros son “nuestro vínculo con el paraíso”. También recuerdo la de Jean Cocteau: “Amo a los gatos porque se vuelven el alma de la casa”. Lo mismo que la de Julio Verne: “Los gatos son espíritus llegados del cielo”.

Arturo Pérez-Reverte ha escrito hace pocos años una novela llamada “Los perros duros no bailan”. En ella, Negro, el perro protagonista, cuenta su historia. Negro es un antiguo luchador de peleas caninas que busca a dos amigos desaparecidos: Teo y Boris, el guapo. En una entrevista, Pérez-Reverte ha dicho que él se considera un hombre duro, pero que se siente desarmado ante la mirada de un perro: “No hay nada más conmovedor que la mirada de un perro leal. Ni nada más triste que la mirada de un perro abandonado o torturado”. En su novela corta “Un hombre y su perro”, Thomas Mann se maravilla del modo cómo su perro Bashan confía en él. Bashan pone su vida enteramente en las manos de su dueño. Luego, este se siente impresionado de su soledad, cuando está lejos de su . En “Tumbuctú”, de Paul Auster, el perro Mister Bones, que pertenece al poeta vagabundo Willy Christmas, es el narrador. Sabiendo que Christmas va a morir (parte al otro mundo que llama Tumbuctú), ambos viajan como El Quijote y Sancho en busca de una nueva casa para el perro. Cuando uno lee este libro, se convence de todos los pensamientos y sensaciones que transcurren por la cabeza peluda del narrador. Ambos forman una pareja inolvidable.

Ya que no hablan, los seres humanos los hemos hecho hablar, imaginándolos como nosotros. Cipión y Berganza, los dos perros ideados por Cervantes, hablan muy bien y de todo en el Hospital de la Resurrección de Valladolid.

Las relaciones con las mascotas son domésticas y también íntimas. Les hacemos confidencias. Contamos con su presencia. Nos sentimos conmovidos por su fidelidad. Clarice Lispector dijo en una entrevista que la sonrisa de los perros se transmite por “los ojos que se vuelven más brillantes”. En uno de sus poemas, Unamuno afirma que su perro le preguntaba con la mirada “¿A dónde vamos?”.

Uno se pregunta cuál habría sido el destino de muchos de nosotros sin la compañía de los animales en casa durante la cuarentena. Su mirada nos recuerda una luz esencial, la vida en estado puro. La presencia silenciosa de un animal en el cuarto nos hace sentir seguros de algo. La soledad es cada vez más grande en todas partes del mundo. Felizmente, las mascotas aún no lo saben y se dedican a seguir con nosotros el tiempo que puedan.

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