Diego Macera

La no se trata siempre de gestas heroicas relacionadas con grandes ideas como la igualdad, la libertad y la justicia. Quienes arropan sus discursos con estas banderas, sin otra cosa que ofrecer, más bien suelen estar escondiendo un trasfondo de banalidad con tintes populistas. La mayor parte del tiempo, la política del mundo real debería tener más que ver con resolver los problemas cotidianos de la población –salud, agua, educación, seguridad, etc.– que con promesas revolucionarias.

Esta pequeña política, sin embargo, no sustituye la necesidad de las grandes ideas. Cuando, por ejemplo, se escuchan preocupaciones por la carencia de líderes políticos capaces de causar entusiasmo en un hipotético escenario de adelanto de elecciones, el lamento debe ir más allá de la falta de predictibilidad en el resultado de los comicios. Lo lamentable, en el fondo, es que el país no tiene representantes que puedan encarnar narrativas profundas, ideas sobre el mejor futuro para el país, sobre la relación entre el Estado y el ciudadano, que trasciendan el pleitecillo mediático del día a día. En cierto modo, los políticos han renunciado a hacer política.

La política, más bien, se ha vuelto el terreno de los ‘quick win’. “En un ambiente político tan difícil, ¿qué idea buena, bonita y barata se puede aprobar sin demasiada resistencia?”, piensan algunos realistas y bienintencionados. Cuando el ambiente político se torna aún peor, se aspira simplemente a preservar lo avanzado. Estos esfuerzos son, sin duda, necesarios, pero no deben de ser todo.

Por ejemplo, desde una agenda liberal, el capital político necesario para emprender una verdadera reforma laboral, o de pensiones, o de reducción de empresas públicas, o de cualquier tema tabú, es uno que hoy no existe y debe trabajarse, con ideas, a largo plazo. De lo contrario, simplemente no sucederá. Por otro lado, una agenda liberal reactiva, que se perciba como anquilosada e inmediatista, solo orientada a defender y nunca a proponer, tarde o temprano terminará perdiendo. Desde la izquierda política, la falta de norte y de ideas inspiradoras es mucho más obvia luego del triunfo de su candidato en las elecciones presidenciales del año pasado.

No hay que ser ingenuos: este esfuerzo toma tiempo y fracasos en el camino. Muy posiblemente, al inicio, cualquier propuesta integral que plantee soluciones de raíz será percibida como imposible. Y quizá lo sea. Pero ¿de qué están hechas las narrativas políticas más exitosas sino de ideas que al inicio parecían irrealizables y que, con el paso del tiempo, fueron ganando adeptos en base a su solidez y perseverancia? Hoy, eso ni siquiera se intenta. La doctrina del ‘quick win’ y de lo ‘políticamente posible’ se ha comido la política para ver al país bajo un prisma diferente, para intentar algo nuevo, para hablar de reformas en serio, aunque tomen años de convencimiento.

Las agendas de corto y largo plazo se construyen en paralelo. De un lado, con capacidad de reacción ante la coyuntura y el aprovechamiento de oportunidades cuando se presentan, y, del otro, con una visión de horizonte que aspire e inspire. La política profesional, a fin de cuentas, no se trata solo de gestión pública y sectores productivos; se trata también de encandilar, de hacer pensar, y de poco a poco construir consensos alrededor de ideas que hasta hoy parecían imposibles. Los políticos oportunistas usan las preferencias de la población; los políticos profesionales las moldean.

Diego Macera es gerente general del Instituto Peruano de Economía (IPE)

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