Diego Macera

No es fácil para la mayoría de los analistas leer hoy con objetividad la serie de que mes a mes toman el pulso a la actividad productiva. A diferencia de otros momentos de nuestra historia, cuando la gran mayoría de variables o bien eran rotundamente negativas o bien iban en mejoría, ahora la situación a primera vista parece más mixta, y eso posibilita que existan narrativas distintas según cuál sea la audiencia de turno o cuál sea la postura política que se quiera transmitir. ¿A quién creerle?

Para interpretar las cifras con mayor claridad, conviene separarlas entre aquellas que recogen el impulso de los últimos meses para llegar hasta hoy de aquellas que responden más bien al futuro. En ese marco, la encuesta de expectativas de marzo del BCRP es especialmente útil para ilustrar el punto. En tal mes, cinco de los seis indicadores vinculados a la situación actual mejoraron con respecto a febrero. Entre estos, se cuentan la situación del negocio, el nivel de ventas y el nivel de producción, por ejemplo. Sin embargo, cuando se les pregunta a los encuestados por sus perspectivas para los siguientes meses en términos de contratación de personal, demanda de productos y otros puntos similares, la sensación fue peor en marzo que en febrero: 10 de los 12 indicadores se deterioraron. Las proyecciones de la a tres meses se ven especialmente negativas y llevan ya un año deprimidas.

Otros datos duros respaldan la misma división presente-futuro. Si uno quisiera pintar una imagen positiva, utilizaría los siguientes indicadores actuales. La demanda de electricidad en marzo del 2022, por ejemplo, fue un 3,3% mayor que la del mismo mes en el 2019. La recaudación por impuesto a la renta creció 85,8% en marzo de este año, principalmente por regularizaciones de empresas. La de IGV también va bien. El PBI no primario –es decir, excluyendo actividades como agro, pesca y minería– subió 4,8% interanual en enero y febrero de este año. Así, tomada en conjunto, hoy la economía peruana produce más que antes de la pandemia.

Sin embargo, los problemas empiezan a asomarse en los indicadores que intentan leer las proyecciones para los siguientes meses. La expectativa de la situación familiar futura, recogida por Apoyo Consultoría, tuvo en marzo su punto más bajo de los últimos años, y eso incluye al nefasto 2020. Ello se refleja en las importaciones de los bienes de consumo duradero –como vehículos y electrodomésticos–, que ya van tres meses en rojo. Por su lado, las importaciones de bienes de capital –que anticipan cuánto quieren invertir las empresas– llevan cuatro meses en negativo, y marzo fue el peor mes.

La confianza en la economía peruana está dañada y los mercados internacionales también lo saben. S&P Global era la última de las tres grandes agencias a la que le faltaba rebajar la calificación de nuestra deuda soberana. Lo hizo hace poco más de un mes. La posibilidad de un sexto retiro de los ahorros previsionales de las AFP contribuyó a ello y también afecta desde ya a los bonos peruanos. El clima de conflictividad social y la paralización de grandes operaciones mineras, como Cuajone o Las Bambas, desalienta las nuevas inversiones, y el deterioro de la capacidad del Estado –copado de nombramientos partidarios antes que técnicos– solo deprime más la figura.

Esta división entre indicadores de coyuntura e indicadores de futuro quizá ayude a entender mejor la situación en la que nos encontramos. Cuando los primeros –hoy todavía con el vigor de la recuperación económica y los buenos precios internacionales– empiecen inevitablemente a tomar la triste forma que tienen ya los segundos, será muy tarde para revertir el destino.

Diego Macera Gerente general del Instituto Peruano de Economía (IPE). *El autor integra el directorio del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP).

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