"Mientras que todo ciudadano tiene un voto y es fundamento de la igualdad, la libertad del consumo depende de los ingresos y la riqueza". (Ilustración: Rolando Pinillos)
"Mientras que todo ciudadano tiene un voto y es fundamento de la igualdad, la libertad del consumo depende de los ingresos y la riqueza". (Ilustración: Rolando Pinillos)
Javier Díaz-Albertini

Sociólogo y profesor de la Universidad de Lima

‘Desigualdad’ es la palabra más común y recurrente para explicar los acontecimientos en Chile. Analistas, periodistas, políticos, artistas y ciudadanos de a pie han coincidido en describir una sociedad que crecía económicamente, disminuía su pobreza, pero al mismo tiempo marginaba a la mayoría de las oportunidades necesarias para alcanzar un bienestar básico y construir un futuro con esperanza. Pero ¿qué podemos esperar de una ideología política –disfrazada de ciencia económica– que desprecia al ciudadano común y ensalza la concentración de riqueza en unos cuantos?

Una de las diferencias fundamentales entre el liberalismo a secas y el neoliberalismo es que este último considera que la desigualdad no importa y es –en todo caso– positiva. No le importa porque postula que las fuerzas de mercado elevarán el nivel de vida de todos. Es positiva, nos dicen, porque estimula la competencia.

En una entrevista de 1981, el gurú del neoliberalismo Friedrich Hayek dijo: “... mi preferencia personal se inclina a una dictadura liberal y no a un gobierno democrático donde todo liberalismo esté ausente”. Bajo esta mirada, la libertad expresada en el voto no es tan importante como la manifestada en el consumo. Y esa es la finalidad: convertirnos en consumidores “soberanos” en vez de ciudadanos. Si no me gusta la programación de un canal, entonces veo otro. Si el colegio de mis hijos no es tan bueno, los matriculo en uno diferente. Y así paso mi vida ejerciendo mi “libertad” escogiendo hamburguesas, pastas dentífricas, planes de salud, paquetes turísticos, entre otros. El control y la regulación estatal –nos dicen– deben ser evitados a toda costa, ya que generan fricciones innecesarias y disminuyen nuestra libertad a escoger.

Enorme falacia. Mientras que todo ciudadano tiene un voto y es fundamento de la igualdad, la libertad del consumo depende de los ingresos y la riqueza. Y justo ambos se han estado concentrando como ningún otro momento en la historia del capitalismo. De acuerdo a los informes anuales de riqueza (Global Wealth Report), en los últimos diez años, el 1% superior controla casi el 50% de toda la riqueza mundial. Otros estudios destacan que las 26 personas más ricas del mundo tienen acumulado tanto como el 50% inferior.

Pero ahí no queda la cuestión. La desigualdad es uno de los aspectos principales que alimentan los conflictos sociales. Desde hace años, las ciencias sociales han documentado –una y otra vez– que la desigualdad –y no la pobreza– es lo que se encuentra detrás del descontento y el conflicto social. Esto ocurre –entre otras razones– por un fenómeno denominado “privación relativa”. Sucede cuando individuos y grupos consideran que su situación de vida se encuentra estancada o empeorada en comparación con lo vivido en el pasado, la situación de otros grupos sociales o sus expectativas futuras. De ahí que sea perfectamente lógico que –a pesar del crecimiento económico y disminución de pobreza– aumente la insatisfacción.

Un estudio reciente en nueve países de la Unión Europea muestra que a mayor privación relativa, es mucho más probable que las personas participen en formas “no convencionales” de hacer política. Es decir, son más propensos de ser parte de manifestaciones públicas, paros, huelgas y apoyar activamente a organizaciones antisistema. La investigación también muestra que ante una crisis económica, estos efectos se acentúan llevando a que sectores significativos de las clases medias adopten formas no convencionales de participación.

Es común que las personas se comparen con aquellos que están en mejor situación socioeconómica. En sociedades en las cuales existe igualdad de oportunidades, estas comparaciones alientan el esfuerzo y la movilidad social. Sin embargo, en aquellas con reducidas oportunidades, aumenta el sentimiento de privación.

Esto ocurre, por ejemplo, cuando el acceso a una educación de calidad pasa a ser exclusividad de una élite. Deja de ser un vehículo de esperanza y movilidad. No nos debe llamar la atención –entonces– la popularidad de la canción “El baile de los que sobran” en las recientes movilizaciones chilenas. Una parte de la letra dice: “a otros les enseñaron secretos que a ti no; a otros dieron de verdad esa cosa llamada educación”.