“La Constitución gaditana sentó varios principios que las ‘cartas magnas’ de las naciones americanas han mantenido hasta hoy, aunque sea nominalmente”. (Ilustración: Rolando Pinillos Romero).
“La Constitución gaditana sentó varios principios que las ‘cartas magnas’ de las naciones americanas han mantenido hasta hoy, aunque sea nominalmente”. (Ilustración: Rolando Pinillos Romero).
Carlos Contreras Carranza

Historiador y profesor de la PUCP

Entre los historiadores, no pasa hoy por moneda franca las tesis que proclaman el carácter decisivo de un hecho singular, al punto de que pudiéramos afirmar que, de no haber ocurrido, toda la historia posterior habría sido distinta. Tal fue uno de los puntos que tocó el debate entre la historiografía romántica del siglo XIX (inclinada a resaltar el dramatismo de ciertos momentos y personajes) y la historiografía positivista (que tendió a enfocar la naturaleza colectiva de los grandes procesos y las estructuras, de manera que resultaba imposible que un solo episodio o una sola persona pudiera contrarrestar su fuerza). Existen casos, sin embargo, que tientan a desafiar el credo positivista, como ocurre en la historia de la independencia americana con la insurrección del coronel Rafael del Riego, de cuyo triunfo se cumplen 200 años en estos días.

En Cádiz, al sur de España, el gobierno de Fernando VII había reunido a lo largo de 1819 un gran contingente de tropas reclutado en toda la península para marchar sobre América y restablecer el dominio borbónico sobre las provincias en donde habían triunfado brotes autonomistas. Cuando estaban a punto de embarcar, el coronel Del Riego, al mando de 1.600 hombres, se rebeló contra sus jefes (de hecho, apresó al general que dirigía la expedición) exigiendo que el rey restituyese y jurase la Constitución de 1812, que un autogolpe del monarca había suspendido seis años atrás, junto con el funcionamiento de las Cortes.

La Constitución de Cádiz era el gran logro del liberalismo español. Un documento que había reconocido la nacionalidad española a todos los hombres libres de la península ibérica y los virreinatos americanos, incluidos los indios, y había creado instituciones de gobierno como las diputaciones provinciales, y reforzado otras, como los cabildos y las propias Cortes, que pasaron a incluir representantes americanos, aunque sin correspondencia con su tamaño demográfico. La Constitución gaditana sentó varios principios que las ‘cartas magnas’ de las naciones americanas han mantenido hasta hoy, aunque sea nominalmente, como la soberanía nacional (es decir, que el poder reside en la nación), la separación de poderes, la representación política proporcional, pero manteniendo la independencia de criterio de los representantes, y la unidad jurídica, descartando los fueros especiales.

En los años anteriores hubo varios intentos de jefes militares para restablecer la Constitución. En España, curiosamente, el liberalismo entró por los pliegues de los uniformados y halló en las “sociedades secretas” de las logias masónicas un vehículo eficaz. Fueron los oficiales del Ejército español, incluyendo a José de San Martín, quienes difundieron el liberalismo y la masonería en América. A tal punto de que algunas interpretaciones de la independencia americana las concibieron como el resultado de una conjura de la francmasonería contra la monarquía católica.

Volviendo al levantamiento de Del Riego, después de su “pronunciamiento” del 1 de enero de 1820 desde el cuartel sevillano de Cabezas de San Juan, recorrió al mando de su regimiento los pueblos de Andalucía, incitándolos a la rebelión pero sin mayor resultado. El movimiento habría fracasado de no haber brotado ecos en otras partes de España, como Galicia, Aragón, Cataluña y la propia capital del reino: Madrid, que atemorizaron a don Fernando y lo llevaron a jurar la Constitución y publicar su vigencia un 10 de marzo, como hoy, hace dos siglos. Volvieron entonces a debatir las Cortes, a realizarse elecciones para gobernantes locales y representantes, y el ejercicio de la libertad de imprenta. Pero todo ello duró solo tres años, puesto que en 1823 el absolutismo contraatacó y volvió a suspender la Constitución. Del Riego, que había sido tratado poco antes como un héroe, fue acusado de traición y murió ahorcado en una plaza de Madrid.

En América las consecuencias de la insurrección de Del Riego fueron abrumadoras, sobre todo para el Perú, aunque haya habido una comprensible resistencia de la intelectualidad local a aceptarlo, por el deseo de enfocar los resortes internos antes que externos de la emancipación. San Martín pudo organizar su expedición libertadora con la seguridad de que ningún ejército ni escuadra española vendrían a auxiliar al virrey. Privado del control del mar, para cuyo dominio los libertadores contaron con el apoyo británico, este quedaba en una situación de aislamiento, cuya secuela más segura era la desmoralización de sus hombres.

Un personaje de nuestra política propuso hace poco en sus memorias que, como señal de gratitud, debía erigirse aquí una estatua o bautizarse una avenida con el nombre de Del Riego. Pero en verdad, él no tuvo como propósito la independencia de América. Probablemente pensó más bien que con la restauración de la Constitución esta se pasmaría. Y sus hombres, más que movidos por el liberalismo, lo siguieron para no ir a luchar en un territorio lejano en una guerra que quizás no comprendían. Además de la independencia, el levantamiento de Del Riego dejó otra secuela en América: el ‘pronunciamiento militar’ como la forma práctica de promover un cambio de gobierno. ¿Quién dice entonces que un hecho no puede cambiar la historia?